Hace casi diez años me crucé en Santiago con una de las primeras manifestaciones del entonces naciente Partido Republicano, hoy transformado en el principal partido del Gobierno de José Antonio Kast. Me llamó la atención que uno de los asistentes llevase una bandera con la Cruz de Borgoña, símbolo tradicional del ejército español durante el siglo XVI. En esa época, la élite política miraba con preocupación el surgimiento de nuevos movimientos a izquierda y derecha del espectro político. El proceso parecía reflejar el fin definitivo de la transición democrática iniciada en 1990, con su lógica de dos grandes coaliciones, y amenazaba con un retorno a los tercios políticos que habían caracterizado al sistema chileno antes de la dictadura militar.A mediados del siglo pasado, la Democracia Cristiana representaba cerca de un tercio de un electorado moderado, flanqueada por otro tercio de la izquierda agrupada en la Unidad Popular y por un tercio de la derecha tradicional. Aunque el manifestante republicano me confesó que ignoraba el significado histórico de la bandera, resultaba curioso que este supuesto retorno de los tercios estuviera animado precisamente por la insignia de los viejos tercios españoles.Una revisión de los datos, sin embargo, sugiere tomar esa tesis con cautela. En las últimas tres elecciones presidenciales la cantidad de candidatos se acerca más a la decena que al tres, y el segundo lugar de la primera vuelta rara vez supera un cuarto de los votos: Alejandro Guillier obtuvo 23%, Gabriel Boric 26% y José Antonio Kast 24%. En el Congreso, además, el número de partidos con representación se mantiene cerca de la veintena. Durante los segundos gobiernos de Bachelet y Piñera, el partido más votado concentraba cerca de un cuarto de los escaños y los cinco principales sumaban más de tres cuartos de la Cámara. En las últimas dos legislaturas, en cambio, el partido más votado apenas bordea un quinto y los cinco principales no alcanzan el 60%. Más que mitades o tercios, la política chilena parece haberse transformado en un archipiélago.Desde esa perspectiva, resulta llamativo que un estudio reciente de Panel Ciudadano insista precisamente en una segmentación tripartita de la opinión pública. A diferencia de las encuestas tradicionales, el estudio sigue a las mismas mil personas cada quince días durante tres meses. Sus resultados sugieren tres grupos relativamente estables: uno que aprueba casi siempre al Gobierno, otro que lo desaprueba de forma consistente, y un tercero que cambia de opinión.A primera vista, la tesis contradice todo lo anterior: si la política se dispersa en una veintena de partidos, ¿cómo va a ordenarse la opinión pública en solamente tres segmentos? La respuesta exige separar entre oferta y demanda. El archipiélago describe la oferta de alternativas políticas, mientras que los tercios describen a la demanda y cómo la ciudadanía se relaciona con quien gobierna. A su vez, el tercer grupo no es simplemente un punto medio. Cualitativamente, se parece poco a cualquiera de los otros dos. Mientras los extremos tienden a identificarse con posiciones de izquierda y derecha, este grupo evita definirse en un espectro ideológico y comenzó a participar con mayor intensidad del proceso político recién con el retorno del voto obligatorio. En temas valorativos tiende a ser más conservador que progresista. Sobre la economía, en cambio, combina una posición generalmente favorable al mercado con preferencias estatistas en servicios básicos. Cuantitativamente, por su parte, este tercer grupo es mucho más grande. Panel Ciudadano lo estima en torno al 40%, mientras que otros estudios sugieren que podría acercarse más bien al 50%. Y todo indica que ese grupo mueve la mediana de la opinión pública: detrás del repunte de la última encuesta CEP en la valoración de la democracia, del cambio de tono en materia de inmigración, o del desplazamiento de la conversación económica hacia una perspectiva más cotidiana, siempre parece estar ese electorado móvil. Es también, probablemente, el grupo que no eligió a Kast hace cuatro años, pero sí lo eligió ahora. Comenzaron aprobando su gestión en marzo, pero hoy mayoritariamente la desaprueban.En la célebre saga de Arturo Pérez-Reverte, el capitán Alatriste describe la disciplina de su legendaria unidad de infantería diciendo que los tercios nunca retrocedían; se desangraban donde estaban. En esta nueva versión de los tercios políticos chilenos, la definición de Alatriste solo parece describir a esa minoría relativa que hoy polariza la aprobación presidencial, y hace algunos meses protagonizaba la primera vuelta. Entre esos dos grupos hay un tercio más grande, o quizás cercano a la mayoría, que no se atrinchera ni se desangra: se mueve. Y al moverse, decide.
El país de los tercios
Mientras los extremos tienden a identificarse con posiciones de izquierda y derecha, el tercer grupo evita definirse en un espectro ideológico y comenzó a participar con mayor intensidad del proceso político recién con el retorno del voto obligatorio











