Sebastian Brandt, jefe de mantenimiento del hospital Immanuel, en el frondoso y acomodado barrio berlinés de Wannsee, supo que algo iba mal en cuanto abrió la ventana de su casa, situada frente al hospital, y olió a gasóleo. Era el 3 de enero, una gélida mañana de sábado, y por suerte el hospital tenía pocos pacientes aquel fin de semana después de las fiestas navideñas. Al asomarse a la ventana, comprendió enseguida lo que ocurría: el generador de emergencia —una máquina enorme, ensordecedora y con varias décadas a sus espaldas, instalada en el sótano— se había puesto en marcha. El hospital había dejado de recibir suministro eléctrico de la red. Y Brandt entendió al instante que no iba a tener un fin de semana tranquilo.
Aunque un generador de emergencia permite mantener operativo un hospital, tiene sus limitaciones. Las intervenciones quirúrgicas deben suspenderse y, si bien estos sistemas se revisan de forma periódica, nadie sabe con certeza cómo responderán tras varios días funcionando sin interrupción. El depósito del generador del hospital Immanuel contenía unos 3.000 litros de gasóleo, y Brandt había calculado que consumiría alrededor de 550 litros diarios. Cuando el operador de la red eléctrica advirtió al hospital de que el apagón podría prolongarse hasta finales de la semana siguiente, Brandt salió de inmediato en busca de más combustible en la gasolinera más cercana que todavía seguía conectada a la red. Mientras tanto, recibió la noticia de que un hospicio cercano también iba a trasladar allí a sus pacientes.






