La vida, no digamos ya el fútbol, es un juego de equilibrio en el que conviene no quedarse corto ni ir demasiado sobrado cuando toca jugársela. Ocurre que esa contraposición de pesos ayuda a mantener en pie el invento sin que tire más de un lado que de otro. Y ese podría ser el único consuelo de quienes vayan a enfrentarse en este Mundial a Francia, una barbaridad de talento ofensivo que lograría descompensar cualquier juego de contrapesos.El invento en cuestión es una selección multicultural que refleja mejor que cualquier tratado sociológico lo que ha ocurrido en el país en los últimos 40 años, aunque los sondeos para las próximas presidenciales, en las que la ultraderecha dispone de una autopista hacia el palacio del Elíseo, se empeñen en negarlo con amenazas y soflamas racistas. Esa es la famosa nueva Francia, nacida también en los bloques de hormigón de las banlieues. Pero los bleus son también una probeta deportiva donde se mezcla el músculo, el talento, la velocidad y el hambre de un grupo de pistoleros que amenazan la ilusión del juego colectivo de España.Francia, bicampeona del mundo, se presenta con una de las mejores delanteras de todos los tiempos. Kylian Mbappé, pese a sus problemas en Madrid, sigue siendo el frontman del grupo. Después de un Mundial en Qatar donde a pesar de marcar tres goles en la final, esta terminó llevándosela Argentina, tendrá la oportunidad de resarcirse y demostrar que los problemas del Real Madrid son exactamente eso: problemas del Real Madrid.El problema de Mbappé, sin embargo, es también un talento sobrenatural para la mala suerte. Como si fuera una magia negra, los parisienses han ganado una Champions y se han plantado en otra final (al cierre de esta edición aún no se sabe si también la han ganado) desde que se fue del PSG. El Madrid, en cambio, que venía de ser el mejor equipo de Europa y estaba destinado a marcar una época imborrable con el francés, ha pasado dos temporadas en blanco.Mbappé será protagonista por galones. Pero estará acompañado en la vanguardia ofensiva por una nueva generación de jóvenes talentos. La lista la encabezan el estratosférico Désiré Doué (PSG), el bailarín Michael Olise, ese extremo del Bayern de Múnich que da la impresión de patinar sobre hielo cuando comienza sus eslálones entre los rivales, o el aventurero Bradley Barcola (PSG). Los tres amenazan su reinado, tan luminoso y meteórico como estéril en grandes títulos de club. Pero Francia, y ese es un caso aparte por su exotismo ético y estético dentro y fuera de la cancha, cuenta también con el actual Balón de Oro: Ousmane Dembélé.El exdelantero del FC Barcelona, uno de los fichajes más caros de su historia, transita esa categoría de jugadores indescifrables en todas las áreas. Ambidiestro, nadie sabe hacia dónde saldrá cuando encara; borroso en sus regates, pero también en su biografía, logró casarse sin que ningún compañero de vestuario lo supiera. Pero, sobre todo, sigue siendo inclasificable: media población —­especialmente en Barcelona— está convencida de que era un jugador caricaturesco que pasaba la mitad de los partidos perdiendo balones, mientras la otra ve en él a un genio incomprendido.Francia, favorita para ganar este Mundial junto con España y Portugal, o eso dicen las casas de apuestas y la inteligencia artificial, completa su arsenal ofensivo con Maghnes Akliouche (A.S. Mónaco), Marcus Thuram (Inter de Milán) o el genial y algo desaprovechado en el Manchester City Rayan Cherki, un jugador indescifrable y demoledor cuando saca el compás y el círculo entra en el cuadrado.El problema del artefacto francés, o la solución para quienes se enfrenten a él (Senegal, Noruega e Irak en la liguilla), es más bien el equilibrio en las otras líneas. Su escasa capacidad de generar juego en el medio del campo con jugadores como el madridista Tchouaméni o de construir desde el eje de la defensa, donde no abunda el talento creativo, contrastan con la explosiva pólvora de la delantera. Aunque, bien mirado, si ese fuera un problema real para los franceses, si no hubieran fiado todo al talento ofensivo, Didier Deschamps no hubiera seguido como entrenador este verano.