Para que una mujer reciba la misma atención médica que un hombre, tiene que presentar los mismos síntomas que él. Esa fue la conclusión a la que llegó en 1991 la cardióloga estadounidense Bernadine Healy al acuñar el llamado síndrome de Yentl, un concepto que describía cómo las pacientes eran atendidas, diagnosticadas y tratadas más correctamente cuando encajaban en patrones clínicos definidos a partir de cuerpos masculinos. PublicidadMás de tres décadas después, aquella observación sigue siendo igual de útil para explicar un problema que va mucho más allá de las enfermedades cardiovasculares. Esto es, la tendencia de la investigación científica y médica a tomar el cuerpo masculino como medida universal. Una lógica que ha contribuido a invisibilizar síntomas y generar importantes lagunas de conocimiento sobre la salud de las mujeres.Con el objetivo de corregir parte de ese desequilibrio histórico, el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades ha presentado este lunes -junto al Ministerio de Sanidad e Igualdad- el programa Somos. Contamos: fin de la discriminación de las mujeres en la investigación de la salud. La iniciativa prevé triplicar la inversión pública destinada específicamente a la salud de las mujeres hasta alcanzar cerca de 18 millones de euros anuales. Además de reforzar la investigación en ámbitos que durante años han recibido una atención insuficiente, como determinados dolores crónicos, las enfermedades autoinmunes y tiroideas, la salud cardiovascular y mental, la menopausia o la salud hormonal. "No se está atendiendo al 100% de la humanidad"Pero, ¿cómo es posible que estos puntos ciegos sigan aún tan presentes en la investigación si hace tanto que han sido identificados? Para Paula Nieto, fundadora de InGenias, más allá de la financiación, el desafío es transformar la metodología. "La incorporación de la perspectiva de género no es más que entender que la humanidad está compuesta también por mujeres", explica a Público. Una premisa aparentemente sencilla que, en su opinión, sigue sin llevarse a cabo. Al menos, no lo suficiente. "Incorporar mujeres significa incorporar sus realidades, sus vivencias, sus experiencias y también sus enfermedades concretas".Nieto recuerda que la falta de esta mirada inclusiva afecta, como no puede ser de otra manera, a patologías específicamente vinculadas a la salud sexual y reproductiva, pero también a la comprensión de enfermedades que no repercuten igual a mujeres que a hombres, o a la evaluación previa a emprender tratamientos y recetar medicamentos. "No se está atendiendo al 100% de la humanidad", resume. Y advierte de que esa ausencia tiene consecuencias muy evidentes: "Muchas más mujeres mueren y además viven con peor salud".PublicidadLa escritora Caroline Criado Perez lleva años documentando este fenómeno. En La mujer invisible sostiene que buena parte de la ciencia se ha construido sobre la premisa, al menos tácita, de que los cuerpos femeninos son una variación de los cuerpos normales, normativos, que son por supuesto los de los varones. La autora recuerda cómo las mujeres han sido sistemáticamente excluidas de ensayos clínicos y estudios biomédicos, en parte como consecuencia de las restricciones impuestas en Estados Unidos a finales de los años setenta para evitar posibles daños sobre embarazos. Medidas que terminaron generando vacíos extremadamente nocivos para ellas. Criado Perez afea que incluso cuando las mujeres participan en los estudios, los resultados no siempre se analizan de forma diferenciada por sexo. Con lo cual, de poco sirve."La regla se puede considerar como un signo vital de la mujer"Para explicar hasta qué punto estos sesgos aparecen incluso en investigaciones muy recientes, Paula Nieto alude al caso de la covid-19. Durante la pandemia, señala, numerosas mujeres comenzaron a sentir alteraciones en sus ciclos menstruales. Ya fuera tras contraer la infección o tras ponerse las diferentes vacunas. Esta cuestión apenas ocupó espacio en el debate científico, sanitario ni mucho menos socual durante los primeros años de aquella emergencia. Pero recientemente ha sido analizada por la ginecóloga Miriam Al Adib, que ha llevado a cabo un estudio a partir de una muestra de más de 17.500 mujeres.PublicidadLa investigación de Al Adib ha concluido que aproximadamente la mitad de las mujeres menstruantes tuvieron cambios en sus ciclos, especialmente tras la segunda dosis de las vacunas; mientras que el 40% de mujeres no menstruantes también experimentó sangrados inesperados u otras alteraciones. Nada de esto había sido investigado antes."Las hormonas sexuales femeninas están altamente interconectadas con el resto del sistema endocrino, y también con el sistema nervioso e inmunológico. De ahí que tras la menstruación exista una estrecha coordinación neuroinmunoendocrina y por eso la regla se puede considerar como un signo vital de la mujer (...) Por tanto, los ensayos clínicos no pueden estar basados de manera exclusiva en un modelo masculino, pues nuestros sistemas no funcionan igual", subrayaba Al Adib, en declaraciones para el Servicio de Difusión de la Cultura Científica de la UEx. Este caso es uno de los tantos que, a ojos de Paula Nieto, retrata cómo la salud femenina continúa ocupando un lugar secundario. Precisamente, uno de los ejemplos que recoge Caroline Criado Perez en su libro es el de fármacos cuyos efectos se estudiaron mayoritariamente en hombres y que posteriormente han mostrado respuestas diferentes o mayores efectos adversos en mujeres, entendidas nuevamente como una suerte de "hombres pequeños" o variantes de los cuerpos masculinos.Las enfermedades no solo afectan a los cuerposLo preocupante, como sostenían las expertas que este lunes han participado en la presentación de Somos. Contamos: fin de la discriminación de las mujeres en la investigación de la salud, es que este sesgo atraviesa prácticamente todo el proceso de producción del conocimiento. "Desde la generación de la idea ya estás pensando en cómo es el problema en hombres", señalaba durante la presentación María Teresa Ruiz Cantero, catedrática de Medicina Preventiva y Salud Pública. Las preguntas de investigación, los criterios diagnósticos, los ensayos clínicos e incluso la interpretación de los resultados tienden a construirse, de este modo, sobre una experiencia parcial que después se presenta como universal.Carme Valls-Llobet, endocrinóloga y una de las pioneras en el estudio de la salud de las mujeres en España, denunciaba que esta falta de conocimiento ha derivado históricamente en "infradiagnóstico" y "medicalización", en enfermedades que tardan años en identificarse y en síntomas que, en ausencia de una explicación clínica adecuada, terminan siendo tratados sin abordar necesariamente su origen. El cansancio y el dolor, recordaba, siguen siendo dos de los principales motivos de consulta entre las mujeres. Pero han sido considerados malestares que forman parte más o menos inevitable de su experiencia vital, en lugar de una señal que exigía mejores respuestas sanitarias.Quizá ningún ejemplo ilustre mejor esta dinámica que la endometriosis. La ginecóloga Alicia Hernández Gutiérrez recordaba que esta enfermedad afecta aproximadamente a entre un 12% y un 15% de la población femenina, pero "lo hemos banalizado y lo hemos normalizado", resumía. Una experiencia que, según apuntaba Karina Escobar Manero, presidenta de la Plataforma de Organizaciones de Pacientes, acaba desbordando el ámbito estrictamente sanitario. Y es que convivir años con síntomas sin respuesta repercute también en el empleo, en las relaciones sociales, en la autonomía y, en general, en la calidad de vida. Pues cuando una enfermedad se invisibiliza, rara vez sus efectos se quedan únicamente en el cuerpo de quien la sufre.
Por qué la investigación médica estudia más a los hombres que a las mujeres
El Ministerio de Ciencia, junto a los departamentos de Sanidad e Igualdad, han presentado un programa para triplicar la inversión pública destinada a la salud de las mujeres hasta alcanzar los 18 m...







