¿Qué es lo que realmente necesitamos aprender hoy? ¿Y si la respuesta no está en lo nuevo, sino en lo que siempre fue esencial? La semana pasada participé en un panel a propósito de la presentación de Decisiones que cambian la educación, el más reciente libro de Empresarios por la Educación. Una conversación rica y necesaria, con personas profundamente comprometidas con el futuro del aprendizaje en Colombia, alrededor de las acciones prioritarias y urgentes para la educación básica y media del país en temas como gobernanza, talento, evaluación y sistemas de información. Siempre coincidimos en el llamado a cuidar el sistema educativo y diseñar una arquitectura de decisiones que impulse la solución de los problemas estructurales. Pero en este, como en casi todos los espacios donde se habla de educación, seguía apareciendo una tensión que me inquieta: la preocupación por el futuro, las competencias tecnológicas, la inteligencia artificial y los nuevos perfiles que exige el mercado, mientras todavía no hemos resuelto lo de siempre. Y ahí está la paradoja. Lo que necesitamos para enfrentar el futuro es exactamente lo que no hemos terminado de resolver. Por supuesto que nos debe importar el futuro, pero sin lo esencial no hay talento que lo comprenda, lo cuestione ni lo conduzca: leer con comprensión profunda, entender contextos, hacer buenas preguntas, conectar ideas que parecen distantes, sostener un argumento, escuchar al otro. Esas capacidades no son del pasado, son la condición de posibilidad para entender cualquier futuro. Y son exactamente las que la educación lleva décadas descuidando mientras corre detrás de lo nuevo. Las cifras lo confirman. Los estudiantes colombianos no comprenden lo que leen. Tienen dificultades para resolver problemas matemáticos básicos. No porque sean menos capaces, sino porque los currículos se han llenado de temas y competencias nuevas mientras lo fundamental quedó desatendido. Hemos agregado sin resolver. Y atender ese rezago no es volver atrás. Es la condición para poder avanzar. Hay una lección poderosa aquí. Los medievales la conocían bien. La llamaban el trivium, tres artes que enseñaban a leer, pensar y comunicar. Le seguía el quadrivium con la aritmética, la geometría, la música y la astronomía. No como materias sueltas, sino formas integradas de ver el orden del mundo. La educación liberal más antigua ya sabía que el saber no se puede separar. Que sin lenguaje preciso no hay pensamiento claro. Que sin pensamiento claro no hay innovación genuina. Que un ingeniero que no sabe escribir no sabe del todo pensar. Edgar Morin, que murió el pasado 29 de mayo a los 104 años, pasó su vida entera advirtiendo exactamente esto: que la hiperespecialización nos ciega. Que producimos expertos brillantes en una porción del mundo, pero incapaces de ver el sistema al que pertenecen. Que separar para estudiar tiene sentido, pero que si no aprendemos a volver a conectar, producimos saberes huérfanos.Lo que Morin llamó pensamiento complejo no era complicación, sino todo lo contrario. La capacidad de ver el todo, de entender que los problemas reales no respetan las fronteras entre disciplinas, de comprender que el conocimiento verdadero exige contexto, relación y sentido. En su texto La mente bien ordenada, distinguía entre una cabeza bien llena, cargada de información sin conexión, y una cabeza bien puesta, capaz de organizar el saber, de encontrar los hilos que unen lo aparentemente separado. Esa inteligencia general, decía, es la que nos permite enfrentar lo nuevo, lo incierto, lo complejo. Y es precisamente la que dejamos de cultivar. La paradoja, entonces, aparece sola. En el momento de mayor revolución tecnológica, lo más urgente es aprender a pensar, conectar, comprender y preguntar. Eso es el trivio. Eso es lo que siempre ha sido básico y que abandonamos precisamente cuando más lo necesitábamos.En casi todos los espacios donde se habla de educación, la conversación nos lleva al mismo lugar. ¿Estamos preparando a los estudiantes para el futuro? ¿Para la tecnología? ¿Para lo que viene? Pero antes de responder estas preguntas, habría otras, tal vez, más urgentes: ¿Pueden nuestros estudiantes leer un texto complejo y entenderlo? ¿Pueden sostener una pregunta sin buscar la respuesta inmediata? ¿Pueden escuchar una idea distinta a la propia y dialogar con ella? Sin eso, cualquier competencia tecnológica que agreguemos será un edificio sin cimientos. Morin nos dejó sin terminar la tarea que él mismo identificó. Nos toca a nosotros. Y quizás lo primero sea cambiar la pregunta. No indagar solo por las competencias que necesita el futuro, sino por las capacidades esenciales que seguimos en deuda de cultivar. La respuesta, paradójicamente, tiene más de dos mil años.
Lo que siempre fue esencial
Los estudiantes colombianos no comprenden lo que leen, no porque sean menos capaces, sino porque los currículos se han llenado de temas y competencias nuevas mientras lo fundamental quedó desatendido












