Último de los diez conciertos de Bad Bunny en el estadio Metropolitano de Madrid. Muchas quejas. Las de Sofía, 25 años, que esta noche suma su cuarto recital: “Esto se acaba, qué pena. Todos queremos más, aunque la verdad es que ya no me queda dinero. Pero esta noche va a ser la mejor”, dice minutos antes de comenzar el espectáculo mientras se reúne con unas amigas. Alguna lleva la ya famosa pava, el sombrero de paja puertorriqueño. También quieren que esto continúe los responsables de los puestos callejeros: “Nunca pensé que vendería tantas banderas puertorriqueñas”, dice la sevillana Soledad. 640.000 entradas despachadas en una decena de llenos, a las que se suman los 110.000 de los dos días en Barcelona. Y comenzó el concierto con La mundanza y llegó Callaíta y Benito saludó esta noche final: “Hay un dicho que cuenta: ‘Que lo mejor se deja para lo último’. Ustedes van a hacer el mejor show de los diez”. Fueron dos horas y 50 minutos de gran espectáculo con la sorpresa del invitado, el canario Quevedo, que interpretó Columbia con la estrella y luego tres canciones más en solitario para terminar con su famoso Quédate. Se consumó otra enfebrecida fiesta de una residencia madrileña histórica que dejó las siguientes conclusiones...Retrato de una generación. No fuimos conscientes hasta años después del impacto del célebre concierto del diluvio de los Rolling Stones en 1982 en el Vicente Calderón. También debió pasar un tiempo para significar con precisión lo que ocurrió con Michael Jackson en 1988 en el mismo recinto o con los recitales de Bruce Springsteen en 1981 o 2002 en Barcelona. Debemos esperar un poco para contextualizar los 12 recitales de Bad Bunny en España en 2026, pero es probable que alcancen la trascendencia de los antes citados. Tampoco procede aquí comparar musicalmente a unos con otros. Lo relevante es que el paso del puertorriqueño por España ofrece un certero retrato generacional. Disfrutamos de una foto con mucha información sobre la música de hoy en una reunión propiciada por el ídolo musical del momento para miles de jóvenes que disfrutan de los ritmos enraizados en el Caribe y pasados por la depuradora del pop comercial. Veinteañeros y treintañeros españoles, mexicanos, colombianos, peruanos, puertorriqueños, ecuatorianos… con tres cosas en común: las ganas de pasárselo bien, el castellano como principal forma de comunicación y una defensa de la tolerancia que se puede considerar como un ejercicio de valentía en tiempos tan dogmáticos. Bad Bunny, el hippy boricua. “Mientras uno está vivo uno debe amar lo más que pueda”. Este fue uno de los lemas que más trascendió en el Metropolitano, leído en la pantalla gigante del escenario principal o escuchado de la boca del protagonista. No estamos ante un mensaje ni novedoso ni demasiado elaborado. Algo simple, obvio, naíf. Y también efectivo y sanador en los tiempos tan irritantes que vivimos. Durante su residencia madrileña el estadio del Atlético de Madrid se convirtió en el paraíso del perreo y del amor para 64.000 personas por jornada, una centrifugadora de energía donde Benito predica sobre el amor como un hippy sin melena y sin un porro en los labios. El puertorriqueño se ha convertido en adalid de algo, no se sabe muy bien de qué, pero es un no sé qué que reparte buen rollo y respeto. No ofreció discursos políticos desde los estadios españoles, porque parece un hombre que apuesta más por la acción, y ahí se encuadra su desafío a Donald Trump en la Super Bowl. Solo predica sobre el amor, el vivir el momento, el abrazo en lugar del rechazo. Porque a veces las cosas son más sencillas de lo que parecen. La Casita: demasiada polémica. La Casita, como es bien sabido, ofreció abundante juego y uno intuye que muchos de los artículos escritos al respecto los firmó gente que no asistió al concierto. Parece que para opinar basta con ver vídeos por redes sociales, esa trampa a la que, lamentablemente, se acude cada vez más desde los medios. Caramba, si se va a pontificar sobre algo quizá debiera sustentarse con la presencialidad. Porque vivido en el estadio no parece tan dramático lo que ocurre en este escenario donde el protagonista se pasa buena parte del espectáculo. Está feo eso de contratar a un ojeador, el ya célebre Jeremy, para que invite a chicos y chicas con buen aspecto, signifique esto lo que signifique, pero el músico tomó nota y realizó algunos cambios para que aquello no pareciera el vídeo Too Funky, de George Michael. Con esos retoques, la Casita no es más que un recurso escénico que funciona perfectamente dentro del espectáculo. Un espectáculo de estadio sin necesidad de salir volando por encima de los espectadores. La tendencia consiste en complicarlo cada vez más. Pocos conciertos de estadio de las estrellas jóvenes (y no tanto) del pop y el rock donde no utilicen la tecnología para convertir el recinto en un parque de atracciones, con plataformas que suben y bajan y arneses amarrados a los cuerpos voladores de los artistas. En la gira Debí tirar más fotos, no. El planteamiento resulta relativamente sencillo, con dos escenarios, algo de fuego (eso sí) y poco más. Y, sin embargo, atiende a un espectáculo de estadio colosal donde todo cuenta. Por supuesto, y en lugar destacado, el carisma de Bad Bunny para cautivar al público, y estos espectadores tomándose la noche como la fiesta del fin del mundo, integrándose dentro de la trama como parte de ella y no como figurantes. Algunas pegas, que también existen. Nunca puede ser perfecto un concierto donde el protagonista no ofrece su mejor canción. O una de sus tres mejores. Efectivamente, solo Bad Bunny sabrá por qué nos hurtó la posibilidad de escuchar en directo esta plegaria contra el expolio imperialista, base de su discurso actual, llamada Lo que le pasó a Hawaii. La interpretó en su residencia en Puerto Rico, el público que más siente esta letra, pero se la dejó fuera en España. Otra mácula: el parón que realiza en la Casita saludando a los espectadores más próximos a ese escenario. Unos 15 minutos de choques de manos y charla con algunos de los asistentes. Demasiado tiempo. Se podría solucionar en dos/tres minutos. Hijos enseñando a perrear a sus padres. La resiliencia de los veteranos del rock y el pop permite deleitarse con una imagen enternecedora: padres cumpliendo el sueño de ver a sus avejentados ídolos mientras pasan el brazo por el hombre a sus hijos veinteañeros. En los conciertos de Benito ocurrió lo contrario: el hijo convenció a los padres para vivir juntos un acontecimiento que recordarán para siempre. “Yo estuve en la residencia de Bad Bunny en Madrid, y me llevé a mis padres”. Impagables las imágenes de los jóvenes enseñando a sus progenitores a perrear. La bandera de Puerto Rico como símbolo en contra del abusón. El estadio Metropolitano y sus aledaños viven todo el año envueltos en los colores rojiblancos, los del propietario del estadio, el Atlético de Madrid. Así que durante la residencia de Benito no desentonó la bandera de Puerto Rico: franjas horizontales rojas y blancas, con la incorporación de un triángulo que contiene una estrella blanca de cinco puntas. Se despachaban en los puestos callejeros y se ondeaban en las gradas. Las agitaban orgullos puertorriqueños, que a tantos kilómetros de su tierra vivieron unas noches de desborde emocional. Muchos lloraban, claro, y en la grada se vieron pancartas con mensajes como: “Benito, Puerto Rico no es chiquito. Tú lo hiciste infinito”. Pero también portaban los estandartes espectadores de Sevilla, Albacete, A Coruña, Bogotá, Quito o Ciudad de México. Un sentimiento identitario poderoso. Porque lo que subyacía entre los espectadores iba más allá: la insignia del país caribeño significaba haber vivido rodeado de apagones, precariedad, corrupciones políticas y opresiones, y que levante la mano quien se libre de alguna de estas tempestades. Instrumentos tradicionales de allá como el cuatro, el güiro o los tambores, y gente con pavas (sombrero de los campesinos puertorriqueños) en la cabeza ofrecieron una imagen de comunión alrededor de una parte del mundo como pocas veces se vivió en Madrid.
Último día de Bad Bunny en Madrid: se recordará como el de los Rolling Stones de 1982 en el Calderón
El puertorriqueño cierra sus doce conciertos en España y deja un retrato generacional que se rememorará como esos momentos cruciales del “yo estuve allí”









