El soldado irlandés John Timmins cambió los prados verdes de Baltinglass, a una hora de Dublín, la capital de Irlanda, por las bases militares que la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas para Líbano (Finul) tiene en las colinas del país árabe cercanas a Israel. Timmins, de 26 años, llegó el año pasado a esa región en conflicto inspirado por la tradición irlandesa de mantenimiento de la paz. También por la trayectoria de su padre, que cuatro décadas atrás militó en esta fuerza y patrulló las aldeas donde Timmins ejerce hoy de capitán del Batallón Irlandés-Polaco.“Hacemos un trabajo importante”, dice por teléfono desde la región meridional libanesa, convertida en el campo de batalla entre el ejército israelí y el partido-milicia libanés Hezbolá. Timmins contacta con EL PAÍS cuando amainan los bombardeos y sale del búnker de la posición UNP 2-45, una de las decenas que la Finul tiene en el sur y justo en el límite del vasto territorio (unos 600 kilómetros cuadrados) que Israel ocupa en Líbano. “Documentamos los hechos para que la ONU tenga ojos y oídos sobre el terreno y entienda qué es lo que sucede”, agrega.La manera de hablar de algunos libaneses revela el arraigo de esta fuerza de paz. En el sector donde operan los irlandeses, hay quienes aprendieron inglés con acento irlandés sin haber puesto un pie en Irlanda. Otros se manejan con el español en Marjayún, donde España aporta un contingente desde 2006. “Si no estás mirando, a veces no sabes si habla un libanés o un irlandés”, admite el capitán Timmins.Pero esos ojos y oídos tienen oficialmente los días contados. Tras haberla creado 48 años atrás, el Consejo de Seguridad decretó en 2025 el desmantelamiento de la misión, que debe producirse en enero de 2027. Si se cumple ese calendario, los 7.478 soldados de 47 países que actualmente engrosan el contingente —incluyendo 684 españoles— pondrán fin a una presencia de décadas, mientras el conflicto que la Finul se puso como objetivo ayudar a resolver sigue rugiendo.El sur de Líbano no escapa a las turbulencias desde 1948, cuando nació el Estado de Israel. El ejército israelí lanzó la tercera invasión sobre ese territorio en 1978, tras años de choques con los milicianos palestinos que luchaban contra Israel desde la zona. Ese año llegaron los primeros uniformados de la Finul, con la tarea de pacificar el área y supervisar la retirada israelí.Con el tiempo, Hezbolá —una milicia local edificada sobre el resentimiento por aquellas invasiones y con el apoyo de Irán— llevó a la ampliación del mandato de la fuerza de paz. Tras una breve guerra en 2006, la resolución internacional 1701 decretó el fin de las hostilidades y exigió que el ejército libanés fuera la única fuerza armada en el sur de Líbano, aparte de los cascos azules. La misión recibió el cometido de arbitrar el alto el fuego, colaborar con el despliegue de las tropas libanesas y garantizar el regreso de los desplazados.Esos objetivos debían estabilizar la zona fronteriza entre dos países sin relaciones diplomáticas. Ahora, la voluntad de Estados Unidos de recortar su aportación a la ONU y la presión de su aliado israelí desmontan la misión en un contexto similar al que propició su establecimiento en 1978: con una guerra en marcha sacudiendo un país ya frágil y mientras Israel controla militarmente parte de Líbano.“Para variar, tenemos buenas noticias desde la ONU”, dijo Danny Danon, embajador israelí ante la organización internacional, cuando se decretó la retirada. El Gobierno de Benjamín Netanyahu acusa a la Finul de fracasar a la hora de impedir el restablecimiento de Hezbolá en el territorio.“Esperanza”Dima de Clerck, historiadora franco-libanesa especializada en las guerras de Líbano, asociada al Instituto Francés de Oriente Próximo y coautora de El Líbano en guerra desde 1975 hasta hoy, ve con alarma la posible partida del contingente de paz. Asegura que a Israel le incomoda esa presencia porque la Finul es un testigo “de cada brecha, disparo y secuestro”, que aporta a la ONU una documentación que algún día podría utilizarse en la justicia internacional.“La Finul significa que esta tierra mantiene la esperanza de ser liberada”, detalla. Los libaneses querrían que la misión tuviera dientes para frenar, y no solo registrar, las agresiones israelíes, pero esta fuerza de paz carece de ese mandato. De Clerck, en todo caso, enaltece la contribución de la misión al sur de Líbano. “Han ayudado a la población a permanecer”, recuerda, mencionando la labor humanitaria en tiempos de guerra, como los actuales, o el refuerzo, junto con otros actores, de la agricultura, la educación y otros servicios básicos en momentos de estabilidad.El mayor de esos periodos ocurrió desde 2006 y durante 17 años, en los que ninguna escaramuza ni agresión —las fuerzas israelíes violaron el cielo libanés miles de veces— derivó en el estallido de un conflicto. Hasta el 7 de octubre de 2023, cuando Hamás atacó el sur de Israel y Hezbolá empezó a atacar a ese país para apoyar a su aliado palestino, en lo que definió como “un frente de desgaste”. “Muchos en Líbano pensaron que la disuasión mutua perduraría”, dice De Clerck. Hoy la ve como “un espejismo”, ante un supuesto “proyecto expansionista israelí” que cree que existe desde décadas atrás.“Durante aquellos años se hizo mucho trabajo para avanzar en el proceso de paz”, aseguró Andrea Tenenti, portavoz de la Finul desde 2006 hasta 2025, en una entrevista con el medio libanés L’Orient Today tras dejar el cargo. “Progresábamos hacia una estabilidad duradera, pero las bases eran todavía frágiles para soportar el conflicto de octubre de 2023”, lamentó.Timmins se unió a la misión de paz en noviembre de 2025, cuando regía, desde el año anterior, una tregua basada en la resolución 1701. Durante aquel periodo, la Finul pudo retomar su cometido original. “Apoyábamos al ejército libanés para establecerse en el sur de Líbano”, explica el irlandés, que entonces comandaba esas tareas desde la posición UNP 6-52, al sur de Bint Jbeil y justo en la frontera no oficial. Las fuerzas libanesas, afirma, “estaban incrementando su presencia para relevar la retirada próxima de la misión de paz”.Ese proceso avanzaba en paralelo al desarme gradual de Hezbolá. Beirut había decretado ese objetivo en agosto, impulsado por la frustración popular hacia el grupo proiraní, criticado por enzarzarse en aventuras militares a ojos de muchos desvinculadas del interés nacional libanés. El ejército inició el proyecto desde el sur, donde operan los cascos azules. El Gobierno libanés llegó a anunciar el desmantelamiento de la milicia en la región fronteriza, donde se requisaron 10.000 cohetes.Ese trabajo se cortó de nuevo en marzo de este año. Hezbolá disparó contra Israel —esta vez, en solidaridad con Irán—, argumentó que la acción respondía a las 400 personas que Israel había matado durante 15 meses de tregua respetados por la milicia, según la Finul, y de paso hizo descarrilar el proceso estatal para desarmarlo, al que siempre se había negado más allá del área meridional.Desde entonces, el regreso de la guerra abierta devuelve a los cascos azules a la labor humanitaria y a los viajes continuos a los búnkeres, mientras el ejército libanés —que no participa en el conflicto— se repliega hacia el norte. Timmins admite que el fuego cruzado limita su “libertad de movimiento”, y asegura que tienen que realizar tareas de “desconflicto” (información y coordinación con los combatientes en una guerra) antes de cada movimiento “para evitar confusiones”.Siete cascos azules han muerto desde marzo por incidentes que Israel y Hezbolá se atribuyen mutuamente. El pasado viernes, otros dos, de nacionalidad malasia, resultaron heridos por un ataque cerca de la localidad meridional de Haris. El Gobierno libanés, que pide que la comunidad internacional siga de algún modo presente en el sur aunque la Finul se retire, acusa a Israel de matar a 30 soldados del ejército libanés. El Ejecutivo alega que esos ataques, junto con la ocupación militar, imposibilitan el despliegue meridional y el arrinconamiento del grupo chií.Desde el 2 de marzo hasta el 9 de junio, la Finul ha contabilizado unas 53.700 trayectorias de disparo, explica desde su sede en Naqoura Tilak Pokharel, portavoz adjunto de la misión. El contingente atribuye unas 6.000 a actores no estatales, “presumiblemente Hezbolá”. Las otras 47.000, el 89%, al ejército israelí. Los datos, advierte, excluyen las detonaciones controladas con las que Israel arrasa aldeas en el 6% de Líbano que tiene ocupado.“Sin los cascos azules, habrá más impunidad”, lamenta De Clerck. Ese vacío llevará al “desastre”, según Tenenti. “Sin una misión imparcial” que impida las hostilidades, vaticinó el exportavoz al medio libanés, “los riesgos de escalada son simplemente demasiado elevados”.
Líbano afronta el final de la misión de la ONU mientras Israel ocupa el sur del país: “Sin los cascos azules, habrá más impunidad”
La fuerza de paz prevé retirarse a partir de enero y tras 48 años de presencia, pese a que la guerra continúa














