La bomba de relojería libanesa hace tiempo que se ha detonado y sus consecuencias ya no permiten mirar hacia otro lado. La guerra entre Israel y Hezbolá, el rearme de la milicia chií, la progresiva ocupación de las tropas israelíes en el sur del Líbano y la incapacidad del Gobierno libanés para instaurar el orden han situado al país en un estado al borde del colapso. Desde el año 2024 —tras los ataques del 7 de octubre— la situación se ha agravado aún más en el país. El Líbano ha sufrido una oleada de ofensivas israelíes casi constantes que se han intercalado con altos el fuego precarios, violados y que han empujado al país a entrar en un estado de supervivencia. Mientras los ataques aéreos regresaban tanto en el sur como en Beirut, la capital, la misión de la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas para el Líbano (UNIFIL) ha pasado de puntillas, incumpliendo todos los objetivos que se había marcado desde su creación en 1978 (la más longeva hasta la fecha), hace prácticamente medio siglo. Principalmente, "confirmar la retirada de las tropas israelíes del sur del país, restaurar la paz y ayudar al Gobierno del Líbano a asegurar el retorno de su autoridad efectiva en la zona", tal y como publica el Ministerio de Defensa español, que lidera la misión desde el año 2022. El resultado, sin embargo, ha sido totalmente contrario. En los últimos años, la guerra entre Hezbolá e Israel se ha intensificado y las tropas israelíes han seguido avanzando por el sur del Líbano hasta el punto de cruzar más allá del río Litani. Una frontera natural que el propio Gobierno del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, había fijado como límite de la ofensiva terrestre y como línea hasta la que, supuestamente, llegarían sus tropas. Para la ONU, sin embargo, este territorio debería haber sido una zona desmilitarizada, con la única excepción de las Fuerzas Armadas Libanesas. "En lugar de eso, Hezbolá se ha armado hasta los dientes en esa zona y ha violado repetidamente la integridad territorial de Israel mediante el lanzamiento de cohetes, drones y otras incursiones", asegura Brett Schaefer, investigador sénior del American Enterprise Institute (AEI), especializado en la ONU, tratados multilaterales y misiones de paz. Asegura que estas acciones han provocado sucesivas respuestas militares israelíes y se han llevado a cabo "a pesar de las objeciones del Gobierno libanés y de gran parte de la población del país". "El fortalecimiento de Hezbolá está directamente relacionado con la ineficacia que ha resultado ser la misión ya tras la guerra en el año 2006, cuando el Consejo de Seguridad amplió los 2.000 efectivos hasta 15.000", explica. Pero este aumento no fue suficiente. "Desde esa fecha hasta hoy, UNIFIL ha sido incapaz o no ha querido hacer cumplir su misión", afirma. "Hay ocasiones en las que UNIFIL ni siquiera puede patrullar porque Hezbolá se lo impide", asegura. "Y aun así, no elevan estas interferencias con la firmeza necesaria ante el Consejo de Seguridad", critica. También cuestiona las limitadas capacidades defensivas de la misión, ya que los cascos azules únicamente pueden emplear la fuerza en defensa propia o para proteger a la población civil. De hecho, la misión tampoco ha tenido la capacidad de defender a la población libanesa. Solamente desde el pasado mes de marzo, alrededor de 3.000 personas han muerto en los ataques. Algunos, dirigidos directamente contra las bases de los cascos azules dentro de la línea azul. El último se produjo hace apenas cuatro días cuando un casco azul serbio falleció y otros dos militares españoles resultaron heridos tras el impacto de varios morteros. Desde la reanudación de los ataques, al menos otros cinco cascos azules han muerto como consecuencia de estas ofensivas. Ninguna de estas acciones ha tenido respuesta por parte de la ONU, más allá de su condena internacional. Por ello, la propia población tampoco confía en la UNIFIL, al no haber logrado salvaguardar la vida de los civiles libaneses ni detener la violencia. Según señala Al Jazeera, la opinión varía más según la zona en la que la misión está desplegada o según la nacionalidad de los contingentes. En las zonas chiíes, el sentimiento de desconfianza hacia los cascos azules está aún más arraigado. Muchos habitantes los consideran incapaces de ofrecer protección efectiva e incluso perciben a algunos contingentes europeos "demasiado próximos a los intereses de Israel", una visión alimentada por la inacción de la misión ante los ataques de Tel Aviv. Ante el total incumplimiento de sus objetivos, la misión ha fracasado, evidenciando una crisis en la Organización de las Naciones Unidas que ya es imposible ignorar. Por ello, el Consejo de Seguridad de la ONU —presionado por Estados Unidos (miembro permanente)— ya no vio motivos suficientes para seguir renovando la misión y votó en el año 2025 para prolongar su mandato por únicamente un año más, hasta el 31 de diciembre de este año. Una agonía visible que culminará con la retirada "ordenada y gradual" de alrededor de 10.000 militares. Después, la responsabilidad del mantenimiento de la seguridad traspasará al Ejército libanés. Unas Fuerzas Armadas que en estos años tampoco han tenido la capacidad suficiente para evitar el rearme del ala militar de Hezbolá o defender al país por la falta de armamento pesado y defensas, además de la profunda división que existe de por sí en la sociedad libanesa unida al colapso económico. Partiendo de esto, todos los escenarios son posibles. Estados Unidos ya ha asegurado que realizará entrenamientos a las tropas libanesas para evitar que Hezbolá continúe fortaleciéndose. Sin embargo, con la entrada de Washington en este proceso —que también ha sido clave para que el Gobierno libanés alcance un acuerdo con Israel, unidos por el objetivo de querer desarmar a Hezbolá— podría abrirse un nuevo panorama en el que Israel se quede permanentemente en el país o incluso que siga avanzando. En un comunicado conjunto publicado el 3 de junio, tras la cuarta reunión trilateral de alto nivel entre Estados Unidos, Israel y Líbano, acordaron avanzar en la aplicación del alto el fuego mediante la creación de zonas piloto bajo control exclusivo del Ejército libanés y libres de cualquier actor armado no estatal. El documento establece, además, que la consolidación de la tregua pasa por el cese total de los ataques de Hezbolá (no de Israel) y la retirada de sus combatientes del área situada al sur del río Litani. Además, Israel pasa a tener un papel clave y se compromete a trabajar conjuntamente con el Líbano para "resolver las cuestiones pendientes" y "avanzar hacia un acuerdo integral de paz y seguridad". El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, dio incluso un paso más allá y aseguró que la milicia chií no es solo enemiga de Israel, sino también de Estados Unidos y del Estado libanés. Esta sintonía no debería extrañar si se tiene en cuenta el hartazgo del Gobierno libanés de Hezbolá. "Israel y el Líbano están alineados en un punto: ambos quieren ver a Hezbolá desarmado”, señala Schaefer, aunque insistió en que "eso requiere voluntad política real para ejecutar ese objetivo". Algo que hasta este momento no se ha aplicado. "La solución definitiva es que el Gobierno libanés asuma su responsabilidad y ordene a sus Fuerzas Armadas enfrentarse a Hezbolá", insiste el analista. "Deben desarmarlo por la fuerza y recuperar el control del territorio", añade. Mientras eso no ocurra, advirtió, la situación no cambiará: "Hezbolá ha dejado claro que seguirá siendo una organización armada con capacidad de lanzar acciones provocadoras contra Israel", añade. Una grieta que evidencia un problema mucho más grande UNIFIL no ha sido el único caso en el que una misión de la ONU ha fracasado. En África, concretamente en Sudán del Sur, la misión de la ONU no ha conseguido restablecer la estabilidad. En la República Democrática del Congo las Naciones Unidas tampoco han conseguido impulsar un proceso de negociación entre las partes enfrentadas ni garantizar una paz duradera. En el Sáhara Occidental tampoco ha logrado llevar a cabo el referéndum para votar la autodeterminación del pueblo saharaui ,que lleva años demandándolo. Schaefer asegura que la razón tiene que ver con el propio sistema de paz de Naciones Unidas. "La ONU tiene una larga historia de desplegar operaciones que no necesariamente conducen a la resolución del conflicto", sostiene. "Lo mismo ocurre en Chipre o en Cachemira, donde directamente los conflictos están congelados más que resueltos", indica. Aun así, "sería incorrecto decir que todas las operaciones de paz son fallidas", apuntó, recordando casos como Liberia, Costa de Marfil o Timor Oriental, donde la ONU "facilitó transiciones políticas exitosas antes de retirarse", afirma. Pero aquellos éxitos pertenecen a otra época y el sistema internacional que permitió esas operaciones ya ha dejado de funcionar. En un momento de constante violación de las normas internacionales, de cuestionamiento de las instituciones que trataban de dar garantías a los procesos de paz y del regreso de la fuerza bruta, las Naciones Unidas cada vez tienen un papel más limitado para imponer sus resoluciones, mediar en los conflictos o directamente evitarlos. Una situación cada vez más cercana a un punto de no retorno de lo que la sociedad occidental conocía en tiempos de paz y que ahora languidece.