Para unos, una sensación agridulce. Para otros, una falta de identificación, un claro “ese no es mi equipo”. Pero en general, para el alrededor de 200 iraníes congregados a las puertas del estadio de Los Ángeles en la tarde del debut de su selección nacional (o su no selección, para la mayoría de ellos), esta era una oportunidad para hacerse escuchar, para demostrar su disgusto con el régimen y, para algunos, su enfado, también, con Donald Trump. Al menos para intentar hacerle llegar al presidente de Estados Unidos sus súplicas para que acabe definitivamente con los mandatarios en el poder y para que no negocie con ellos, como hacían ver cargados de banderas, con las caras pintadas y con carteles que mostraban los rostros de algunos de sus conciudadanos muertos. Este lunes, a las seis de la tarde, Irán debuta contra Nueva Zelanda, un partido menor de la fase de grupos si no fuera porque hasta hace nada estaban en una guerra con Estados Unidos, el país anfitrión, y porque el estreno tiene lugar en Los Ángeles, donde reside una enorme comunidad iraní en la diáspora. De hecho, algunas zonas de la ciudad californiana tienen tal cantidad de población que se hacen llamar Tehrangeles. Venidos de todo el condado, y también del más al sur, de Orange County, hombres y mujeres de todas las edades, con y sin entrada para el partido, portaban con ellos las banderas con el sol y el león, símbolos nacionales previos a la Revolución Islámica de 1979 que instauró a los ayatolás en el poder. La FIFA ha prohibido que se lleven dentro del estadio, en un pleito que ha llegado hasta la última hora del lunes y que finalmente ha hecho que ese veto se mantenga. Estados Unidos la ha apoyado con una sentencia en un tribunal angelino este mismo lunes. De hecho, varios efectivos del FBI dedicados a requisar bienes pululaban por esa fan zone, cargando con cajas y carpetas, haciendo reportes. Finalmente, en el estadio sí ha habido banderas prerrevolucionarias. Quien sí llevaba la que es la bandera oficial desde hace 47 años era Maryam, una vecina del condado de Orange y trabajadora en una farmacia. Junto a un compañero, la había colocado en el suelo y ambos la pisaban por sus esquinas, pero no solo ellos. Sucia, rota y ajada, por ella iban pasando muchos de sus compatriotas, también pisándola, fotografiándose con ella. Llevaban, mucho más grande, ondeando al viento, la anterior. Con ella, con sus cánticos y quejas, con sus fotos y protestas, muestran su deseo de que vuelva Reza Pahlavi, el hijo del shah depuesto hace casi medio siglo. Quieren que Trump les ayude, les dé el empujón final, pero tampoco tienen claro que esto suceda. “Estoy enfadada”, afirmaba Maryam, muy seria. “Estoy muy enfadada”. El partido es una excusa, porque para ella esos 11 hombres que saltarán al césped no son de los suyos. Pero aun así se han llevado aplausos de los presentes en la cancha. “Ese no es mi equipo. No es mi selección. Mis verdaderos futbolistas están en la cárcel. O quizá muertos, porque no lo sé, no hay internet, no sé ni cómo está mi familia, no sabemos nada”, afirma, seria. Sin saber que finalmente estarían presentes en el campo, Maryam se lamentaba de que la FIFA no aceptara la bandera del sol y el león dentro del estadio. “Pero nosotros no, no aceptamos la nueva”, afirmaba la mujer, que lleva una década en Estados Unidos y nunca ha regresado a su país. “No puedo, sería muy peligroso”. Ahora, con el anuncio de la firma de un acuerdo para el fin de la guerra, tiene un poquito de esperanza, pero no de confianza. “No sé qué hará Trump. No creo que los saque a todos ahora mismo”, lamentaba, con tristeza. La selección está muy lejos, concentrada en Tijuana, en la frontera, pero ya en México. No parecían sus conciudadanos echarles de menos. Ellos mientras cantaban el antiguo himno y llevaban antiguas banderas, unidas a las de Estados Unidos e Israel. “Democracia para Irán, alternativas para Irán”, gritaban los allí presentes, con gorras similares a las MAGA pero con MIGA: “Make Iran Great Again”, volvamos a hacer Irán grande de nuevo. “Alzad vuestras banderas”, pedían los organizadores, en una zona a apenas 30 metros del estadio, con puestos para comprar refrescos, camisetas —también con algunas de las caras de los muertos en la guerra— y algo de joyería.Dos elegantes vecinas de Maryam, también residentes en el condado de Orange, se mostraban más confiadas. Mahtab y Sitarih, que trae a su caniche en un carrito rosa, llevaban carteles con los rostros de algunos de los jóvenes muertos. Solo le pedían a Trump una cosa: que no negocie. El acuerdo de paz alcanzado el domingo les da esperanza, pero afirman que se necesita tiempo. Ellas tampoco tienen entradas para entrar en el partido, y no tienen muy claro cómo se van a sentir si los jugadores marcan. Sitarih, la más joven de las dos, que lleva un lustro en el país, asegura firme: “Es que esta no es mi selección”. Pero Mahtab duda, y reconoce que no saben muy bien qué pasará si hay un triunfo de esa selección que es suya pero no lo es. “Es una sensación agridulce”, reconoce Mahtab. ”Porque también juegan para el pueblo, y el pueblo también quiere alegrías en estos tiempos tan duros”.
La diáspora iraní protesta en Los Ángeles en el debut de su “no selección”: “Mis verdaderos futbolistas están en la cárcel”
Unos 200 iraníes asentados en el sur de California se concentran a las puertas del estadio donde su equipo juega contra Nueva Zelanda para pedir un cambio definitivo de régimen










