Alejandro Magnet terminó sus estudios de leyes en la Universidad Católica, pero no se recibió. Se hizo conocido, en cambio, por sus grandes méritos: como periodista, comentarista internacional y autor de libros fundamentales en su especialidad (y otros fuera de ella).En la década de 1950, escribió dos obras sobre Argentina: Nuestros vecinos argentinos y Nuestros vecinos justicialistas. Estos análisis en profundidad se cruzaron, años más tarde, con un dolor desgarrador: la detención y desaparición de su hija Cecilia y su marido, precisamente en Buenos Aires, víctimas de la dictadura.En palabras de otra de sus hijas, la periodista Odette Magnet:“María Cecilia Magnet Ferrero, mi hermana, era la mayor de seis hijos. Tenía 27 años al momento de su desaparición, junto a su esposo, el 16 de julio de 1976… Estudió Sociología en la Universidad Católica de Washington DC y, posteriormente, Economía en la Universidad de Chile. Su marido, Guillermo Tamburini, Willy, como le decía todo el mundo, era argentino, médico, militaba en el MIR. Tras el Golpe, se casaron en enero de 1974 en Buenos Aires. Mis padres murieron con una sola pregunta anidada en el alma, que retumbó siempre con la misma fuerza del primer día: ¿Dónde están?”.Hombre respetado y queridoNieto de vascos franceses, nacido en el sur de Chile, en Río Bueno, Alejandro Magnet Pagueguy se destacó por el nivel de sus análisis, plasmados en comentarios escritos y de TV, libros y una notable carrera diplomática.Cuando murió en 2009, ya retirado, su hija Odette le envió un emotivo mensaje: “No alcancé a llegar, papá, no pude despedirme en tu casa ni encerrarte en un abrazo. No pude desearte buen viaje ni darte las gracias, pero lo hago ahora, ante mis hermanos, tu familia, tus amigos, la gente que te quiere bien. No importa. Yo sé que tú me entiendes porque de ausencias y distancias también sabes. Con tu muerte has vencido a ambas y ahora sólo tienes que respirar profundo, y botar el ancla. Deja caer tus brazos cansados y entrégate confiado a la paz del Señor, que te espera desde hace mucho, desde hace mucho”.Fue un intelectual respetado y querido. En su tierra natal, ya se está haciendo justicia a su memoria. Oscar Francisco Villegas, director de Cultura de los Ríos, lo describe con sentimiento: “En su vida late una llama inquebrantable: la convicción de que las palabras y las acciones pueden entretejer puentes entre pueblos. Periodista, escritor y diplomático, supo traducir la complejidad del mundo en relatos y principios que inspiran a mirar más allá de lo inmediato. Su curiosidad insaciable y su ética de servicio dieron forma a una visión de humanidad compartida, donde la verdad se persigue con serenidad y la justicia se defiende con integridad”. Omite, eso sí, una faceta menos conocida: sus otros afanes literarios y su amor por la historia y la naturaleza del sur de Chile que describió con fina sensibilidad. Un ejemplo (de Amor de lluvia):“La mañana era rubia, agridulce, como de primavera, cual si de repente el año hubiese hecho una pirueta retrocediendo dos estaciones. Solo de cuando en cuando, un soplo de viento arrastraba por el suelo con un susurro, las hojas de color leonado y hacía caer revoloteando las últimas que quedaban en los castaños. Entonces, también, el sol se velaba un instante y toda la arboleda se podía triste. Era el otoño”.Otro (de La Espada y el Canelo):“En la fresca hondura de la quebrada, a la izquierda, resonó la risa burlona de un chicao. El silencio se trizó hasta el confín lejano de la selva y desde allí un impreciso rumor comenzó a fluir, modulado por el viento”.Más allá del conflictoEste último relato cuenta la historia del alzamiento mapuche de 1599. Su protagonista es Rodrigo Fernández, un niño de 10 años. En su mirada, la violencia apunta a lograr un entendimiento entre enemigos. Es, como dijeron sus editores, una “novela histórica escrita para los niños y jóvenes chilenos… un claro ejemplo del potencial de la novela histórica para abordar temas complejos y relevantes, como el colonialismo, la identidad cultural y la resistencia”.Alejandro Magnet apareció en el firmamento periodístico a mediados del siglo pasado. Era subdirector del semanario La Voz, del Arzobispado de Santiago. Estaba construyendo un sólido prestigio gracias a sus amenos comentarios internacionales. Lectores y televidentes (en Canal 13, obviamente en blanco y negro) coincidían en apreciar su lucidez, conocimiento y la calidad de su redacción. Su opinión llamaba fuertemente la atención en radio Cooperativa y en sus libros, el primero de los cuales fue la vida del Padre Hurtado. Quienes trabajaron con él en La Voz, en los semanarios Ercilla y Hoy y en las revistas Política y Espíritu y Mensaje o en la Editorial del Pacífico, valoraban su gentileza como persona y el alto nivel de sus análisis. Más tarde fue embajador, designado por el presidente Eduardo Frei Montalva en la OEA y por Patricio Aylwin en Perú. En Río Bueno, en septiembre pasado, se inauguró en su recuerdo la minibiblioteca comunitaria en su homenaje. “Se decidió nombrar esta Red como Alejandro Magnet en honor de nuestro escritor más destacado”, sostuvo la concejala Patricia Rojas Medina.Coincidencia políticaMilitante del Partido Demócrata Cristiano, pertenecía una generación de alto vuelo intelectual que se reunía en la librería del Pacífico, en el centro de Santiago. Junto a Magnet participaban Radomiro Tomic, Jaime Castillo Velasco y, desde luego, Eduardo Frei Montalva y decenas de otros prohombres de la vida política. Los unían sus principios democráticos, su fe religiosa y su amor por Chile. Por naturaleza, mantenía su yo más profundo bajo reserva. Por eso, nunca habló mucho de la trágica situación de su hija Cecilia y su marido, aunque el dolor lo afectó para siempre. Una de las últimas ocasiones en que apareció en público fue en la presentación de la novela “Arena Negra”, de su hija Odette. Se le vio afectuoso, como era su costumbre, pero era visible que ya se estaba preparando para el viaje final tras la muerte de Marita, su esposa de toda la vida.