En la era del exceso y la aceptación social de la inmoralidad –desde algunos sectores, incluso con aires celebratorios– ha pasado por legítimo un hecho que debería provocar estupor: Elon Musk, tras la salida a bolsa de su empresa SpaceX, dedicada a la actividad aeroespacial en conjunción con la Inteligencia Artificial, se ha convertido en el primer billonario del mundo. "Billonario" siguiendo la acepción del neologismo en castellano; pues billionaire, en el diccionario anglosajón (mil-millonario), ya lo era. Se calcula que el magnate posee la misma riqueza que el 46% más pobre de la población: unos 3.800 millones de personas. La cantidad, nunca antes acumulada en las manos de un solo individuo en la historia de la humanidad, nos habla de un mundo con los niveles más altos de desigualdad –como ya analizara el economista Thomas Piketty–; de la falta de políticas fiscales redistributivas y la permisividad generalizada ante este hecho; de una injusticia estructural embadurnada con la falsa pátina de la meritocracia. Además de todo ello, esa cifra de sonoridad estrambótica, que obliga a construir otro lenguaje, apunta, sobre todo, a una nueva reconfiguración del poder mediante la acción de empresarios que trazan su propia agenda política, y la exhiben impudorosamente ante los ojos admirados de muchos.PublicidadSi uno se da un paseo por Hollywood, comprobará las enormes colas que se forman de ciudadanos de a pie deseando realizar un tour alrededor de las mansiones de famosos. La gente paga por contemplar, llena de fervor y encomio, la desigualdad en el estado inmobiliario: la misma que los ha condenado a unas existencias probablemente dificultosas. Las cuentas en redes sociales de estas celebrities se encuentran plagadas de fans procedentes de todas las clases sociales, también las más humildes. Y me gustaría recordar la anécdota de esa familia que acudió a un restaurante de lujo para sacarse fotos y reproducirlas en internet, sin revelar, por supuesto, que aquella cena iban a pagarla a plazos. No se trata sólo de que los grandes magnates, CEOs o "estrellas" cinematográficas o deportistas luzcan sus obscenas fortunas, sino de que han sabido construir subjetividades capaces de darles la enhorabuena y ambicionar destinos parecidos, a todas luces inalcanzables. Los valores de los ultrarricos se han transformado en hegemónicos; su marco de sentido parece ya ser el de todos, o casi todos, pues cada vez son más minoritarias las voces que exigen subirles los impuestos, dinero con el que podrían financiarse nuestros raquíticos Estados del bienestar. Por no hablar de la huella de carbono de estos multimillonarios, cuyo impacto apenas se cuestiona.Y, ¿qué hay de su programa político? Muchos son los que aplauden la militarización de las naciones, con puntos concretos del mapa donde la guerra no cesa. Sabemos de los peligros de la IA en cuanto a la seguridad nacional, el retroceso cognitivo que experimentamos a nivel global, la pérdida de la verdad y sus consiguientes consensos sociales; aun así, se sigue favoreciendo que la IA continúe en manos privadas, felices de lucrarse con ella. La destrucción medioambiental ligada a la actividad espacial y el proyecto último de fundar una colonia en Marte, según una visión post-humanista radicada en un extractivismo interplanetario, va calando en las conciencias de una manera que perjudica la supervivencia de la especie humana y otras, y nos despoja de no pocos aspectos que caracterizaron los procesos evolutivos, como la conexión con la naturaleza. Por último, el ideario de la Ilustración Oscura, validado por buena parte de la élite tecnológica, propone suprimir la democracia y sustituirla por una suerte de feudalismo corporativo donde las mayorías sociales estaríamos destinadas a ejercer de siervos de la gleba. Con este panorama, resulta aún más desolador la desorganización de las izquierdas mundiales, cuando no su connivencia con unos objetivos que persiguen la destitución de casi toda alma viviente.La acumulación, por tanto, supera el mero conteo bancario o bursátil; el problema más grave es que la palabra billonario, y el resto perteneciente al mismo campo semántico, conlleva una cosmovisión dañina desde la primera sílaba hasta el último cohete, pasando por una idolatría compartida incluso entre quienes sudan para llegar a fin de mes. Una mayor carga impositiva –el olvidado Tax the rich– supondría un freno incipiente para estas dinámicas perniciosas, aunque lo preciso, lo urgente, quizá sería una revolución cultural de calado ni siquiera imaginable.