Durante años, la ficción ha retratado la experiencia de tener hijos desde dos extremos: madres entregadas hasta el sacrificio o que se arrepienten de haberlo sido. La serie Yo siempre a veces, estrenada en Movistar Plus+ en abril de 2026 y producida por Los Javis, se mueve en un terreno menos transitado: el de las que aman profundamente a sus hijos y, al mismo tiempo, echan de menos partes de sí mismas. La historia ha reabierto una conversación que muchas reconocen fuera de la pantalla: qué ocurre con la identidad, el deseo, el cuerpo o las relaciones cuando llega un bebé. ¿Es posible seguir siendo la misma persona después de convertirse en madre?La psicóloga especializada en salud mental perinatal Iliana París, autora de Psicoterapia del parto traumático (Ed. Síntesis, 2026), explica que muchas mujeres atraviesan una profunda transformación psicológica durante el embarazo y el posparto. Se trata de un proceso conocido como matrescencia, que afecta a la forma de pensar, de sentir y de relacionarse con el mundo. “La identidad da un giro radical”, señala París. “Durante un tiempo, gran parte de la vida psíquica gira en torno al bebé y a la experiencia de la crianza, algo que puede generar desconcierto ante una misma”.Desde su consulta, la sexóloga y terapeuta de pareja Anna Sánchez asegura que esa sensación de no reconocerse es prácticamente el denominador común de muchas tras convertirse en madres. “A menudo surge el deseo de reencontrarse con la que yo era antes. Y ahí hay un punto clave: esa identidad previa no vuelve tal cual. La crianza transforma, y el proceso pasa más por integrar que por recuperar", afirma. Sánchez observa que muchas de sus pacientes llegan a consulta intentando reencontrarse con la persona que eran antes de parir. Desde su experiencia, la sensación de no reconocerse es una de las más frecuentes: ”Procrear no cancela las otras dimensiones de la mujer, pero sí las reconfigura". Según explica, a menudo aparece una búsqueda de identidad que les lleva a intentar recuperar a la persona que fueron. Sin embargo, ella considera que ese proceso pasa más por integrar una nueva versión de sí mismas que por recuperar la anterior.París explica que este proceso resulta desconcertante porque tener hijos suele asociarse a una felicidad plena y constante. Sin embargo, la experiencia real acostumbra a ser mucho más compleja. “La transición materna es un lugar donde habita el claroscuro, pero donde las emociones contrapuestas pueden convivir”. “El amor, la alegría o la ilusión pueden coexistir con el cansancio, la frustración, la ambivalencia o la sensación de pérdida”, añade.“Amar profundamente a un hijo y, al mismo tiempo, echar de menos aspectos de la vida anterior no son experiencias incompatibles”, sostiene París. La maternidad modifica la relación con el tiempo, el cuerpo, el descanso, la libertad personal y la propia identidad, según relata. “Reconocer que algo de la vida anterior se añora no significa querer menos a los pequeños de la casa; significa simplemente que convertirse en madre también implica atravesar renuncias, duelos y reajustes internos. Es una experiencia de amor profunda, pero también de entrega intensa”, añade.París advierte que vivir permanentemente en modo alerta tiene consecuencias que van mucho más allá del agotamiento: “Sostener durante largos periodos esta sobrecarga suele presentar más síntomas de ansiedad, irritabilidad, dificultades para dormir, olvidos frecuentes o una sensación persistente de cansancio”. “Cuando esta situación se alarga en el tiempo, el cuerpo y la mente terminan funcionando en un estado difícil de desactivar”, puntualiza. Más que recuperar a la mujer que existía antes de tener hijos, el desafío, en sus palabras, consiste en encontrar espacio para todas las versiones que conviven después: “La madre, la profesional, la pareja, la amiga o la mujer que sigue necesitando tiempo para sí misma. No para volver atrás”.La relación con el propio cuerpo tampoco sale indemne. Sánchez considera que muchas de las expectativas que las mujeres sienten como propias tienen, en realidad, un origen externo. “La llamada bounce back culture, esa presión por recuperarse rápido y volver a un estado previo, instala una narrativa profundamente poco realista y, en muchos casos, dañina”, señala. La especialista recuerda que el cuerpo no solo cambia: es un cuerpo que ha gestado, parido, sostenido y, en muchos casos, alimentado a otro ser humano. “Cuando la comparación constante se impone sobre esa realidad, aparecen la crítica, la frustración y la desconexión; el reto no pasa por volver atrás, sino por construir una relación más amable con el cuerpo que existe ahora”, agrega Sánchez. Cuando la comparación constante sustituye a esa realidad, pueden aparecer sentimientos de frustración, crítica e insatisfacción, según enumera la experta.El deseo también se transformaLos cambios que experimentan muchas mujeres no afectan solo a la relación con el propio cuerpo. El deseo también suele atravesar una etapa de reajuste. Sánchez rechaza las explicaciones simplistas y recuerda que los cambios en la sexualidad no responden a una única causa: “No es solo un cambio psicológico, sino también fisiológico y, sobre todo, multifactorial. El descanso, la red de apoyo, la corresponsabilidad, la relación de pareja o la propia vivencia del parto y del posparto influyen directamente en cómo se vive esta etapa”. La especialista insiste en que la disminución del deseo no debería interpretarse como un fracaso personal ni como una señal de que algo funciona mal en la relación. A su juicio, el deseo suele emerger en estados de regulación y conexión emocional, por lo que su ausencia durante determinados momentos de la crianza es, muchas veces, una consecuencia lógica del contexto que atraviesa la mujer.París pone el foco en otro factor que suele pasar más desapercibido: la distribución de los cuidados dentro de la pareja. “Cuando la mujer percibe que sostiene sola gran parte del peso doméstico y de los cuidados, su interés por la pareja decae", afirma. La psicóloga explica que la sobrecarga termina convirtiéndose en cansancio y reproches, dos elementos que, según resume, “no son buenos compañeros del interés sexual”.París cuestiona, además, uno de los mitos más arraigados sobre la maternidad contemporánea: la idea de que ellas pueden y deben poder con todo solas. “Hemos romantizado la entrega absoluta y convertido la sobrecarga en una especie de indicador de amor o de buena crianza”, matiza. A su juicio, muchas de las dificultades que atraviesan las mujeres no son únicamente individuales: “Afrontar la crianza no debería ser una prueba de resistencia ni una experiencia de supervivencia”. La psicóloga expone que criar sin apoyo tiene un elevado coste emocional y reclama más corresponsabilidad, conciliación y redes de cuidado: “Las progenitoras necesitan tribu, red, tiempo, descanso, corresponsabilidad y reconocimiento”. Mientras eso no exista, concluye, muchas seguirán creyendo erróneamente que el problema son ellas.
No reconocerte tras ser madre: por qué es un denominador común
La maternidad transforma la identidad, el deseo, el cuerpo o las relaciones. Más que recuperar a la mujer que existía antes de tener hijos, el desafío es encontrar espacio para todas las versiones que conviven después











