Rosmery Maturana prefiere que la llamen “Oscurita”, su nombre artístico. “Oscurita”, entonces, se acomoda en el centro de su cocina, revisa que la pava no esté hirviendo, ensaya una sonrisa de poster y empieza a corear por lo bajo un tema, como si estuviera esperando que alguna cámara la ponche. Es una canción que todavía no estrenó, de la que apenas tararea unas estrofas, pero lo suficiente como para despertar la curiosidad. Su anterior hit había dejado la vara alta -“¿qué tendrá ese león? con ese paquetón que trae nadie lo puede ignorar, ese paquetón acelera el corazón”- y a este, además, se le suma la fiebre mundialista.
Finalmente se decide -o hace el acting de que se decide-, saca su celular, le da play a una cumbia grabada con inteligencia artificial y empieza a cantar arriba. “Dale guasca, guasca, dale, con todo campeón, Argentina va cantando con la fuerza del corazón. Dale guasca, guasca, que retumbe la ilusión, la hinchada de la Pulga quiere otra Copa, otra emoción”. Luego lanza una larga risotada que retumba en el discreto departamento que tiene en Olivos.
“Oscurita” está francamente contenta. Estar en el centro de la escena, ser entrevistada, buscada, que se hable de ella, parece que la revitaliza. No es una metáfora: son las cuatro de la tarde del martes 9, y ella lleva afuera del hospital tan sólo unas horas. El día anterior había tenido un pico de estrés y tuvo que ser medicada. Como todo parece una historia de ciencia ficción -empezando por los audios que aparecieron con conversaciones subidas de tono entre ella y el Presidente-, “Oscurita” adjunta una foto como para comprobar que habla en serio. Se la ve en un ambo azul, la cara algo hinchada, y un suero que sale de su brazo. “Es que todo esto me pasa factura”, dice.










