En Idiocracia (2006), sátira salvaje que imagina la vida en Estados Unidos en 2505, tras siglos de disgenesia y embrutecimiento colectivo, el presidente del país es una estrella retirada de lucha libre profesional que preside una versión sádica e idiota de un espectáculo de gladiadores en un circo romano. La película, percibida en su estreno como demasiado ofensiva, fue un fracaso, pero su estatus cultural ha ido ganando peso en estas dos décadas para un creciente número de espectadores que le reconocen dotes proféticas, y por eso la recomiendan sin parar, especialmente, cada vez que Donald Trump ha ganado unas elecciones.La imagen de una jaula de artes marciales mixtas (MMA son sus siglas en inglés), instalada en el jardín sur de la Casa Blanca para un combate de ese violento deporte, celebrado con motivo del 80º cumpleaños del presidente de Estados Unidos, ha multiplicado estos días las referencias a la película en las redes sociales. Incluso llevó a Jack White, tal vez el rockero más influyente del país, a escribir en su Instagram que “Estados Unidos se ha convertido en la idiocracia plena”. Trump no tiene un pasado como luchador, pero sí un largo historial como promotor de la UFC (Ultimate Fighting Championship), liga que explota con gran éxito las MMA, mezcla de, entre otras disciplinas, jiu-jitsu, boxeo o muay thay. Programaba sus combates cuando estos no tenían reglas y el futuro presidente era propietario de un casino en Atlantic City. Este domingo, Día de la Bandera, hizo lo propio en la Casa Blanca con una velada que dio comienzo a las celebraciones del 250º aniversario de la Declaración de la Independencia de Estados Unidos. Fue un evento lleno de testosterona y a su mayor gloria, con el que quiso proyectar una imagen dinámica en mitad del debate sobre su estado de salud mental y física el día en el que estrenaba su novena década. Había serias dudas de que la meteorología no fuera a aguarle ese rito de paso con una “severa tormenta”, pero esta, que venía desde Virginia, pasó finalmente de largo.También fue una velada insólita en todos los sentidos, con los comentaristas de la UFC retransmitiendo desde una de las dependencias de paredes verdes y aire decimonónico de la Casa Blanca y el jardín meridional de la residencia presidencial ocupado por una estructura con un arco de casi 30 metros de altura, iluminado con luces LED, y una jaula llena de logotipos comerciales, entre ellos, el de Truth, la red social de Trump. Allí, los 14 luchadores se dieron durante cinco horas puñetazos, rodillazos y patadas con los pies descalzos. Trump salió del Despacho Oval con aire cansado poco después de las 20.20 (hora local, seis más en la España peninsular). Habían pasado algo más de dos horas desde que el presidente anunció que Estados Unidos e Irán han alcanzado un principio de acuerdo para acabar con la guerra. Se trata de un pacto que le va a costar vender como otra cosa que una capitulación para salir de un lío en el que se metió él mismo y que le ha traído graves problemas de popularidad en un año electoral. Lo acompañaba el consejero delegado de la UFC, Dana White, un viejo amigo. Ambos caminaron con el fondo de una música de fanfarria, primero, y de la canción de metal Let the Bodies Hit the Floor, a través de la galería de retratos presidenciales rumbo al lugar de la pelea. Les esperaban los 4.300 asistentes que habían sido invitados al espectáculo. Un destacamento de Guardias de Honor de Washington les dio la bienvenida enarbolando las respectivas banderas de sus cuerpos armados. El locutor dijo por los altavoces: “Den la bienvenida al presidente de Estados Unidos a UFC Freedom 250”, que es cómo se ha bautizado el show por la conmemoración del nacimiento del país, y un cantante llamado Zac Brown, vestido con un traje de rayas que le venía prieto, cantó el himno mientras 12 cazas Thunderbird efectuaron un teatral sobrevuelo en formación “super delta” sobre la Casa Blanca. La multitud empezó a corear “U.S.A, U.S.A!”, canto que los asistentes repitieron tras el segundo de los KO, y el presidente y White caminaron hasta el la primera fila, donde los esperaban la primera dama, Melania Trump, y otros familiares, mientras el locutor decía, recogiendo un sentir extendido: “He visto cosas surrealistas en mi vida, pero esta es la más surrealista”. La idea se vio reforzada tras comprobar que los luchadores, entre los que había estadounidenses, franceses brasileños y un hispano georgiano, Ilia Topuria, salían de un vestuario poco común: la Casa Blanca. Y al verlos emerger de la residencia se hizo inevitable no sentir la punzada del sacrilegio en un país que tanto presume, con su aire inocente de nación aún joven, de la supuesta excepcionalidad de sus instituciones. Todos ellos caminaron flanqueados por miembros de las Fuerzas Armadas, y un boxeador retirado, el británico Tyson Fury, lo hizo con una gorra que pedía que Trump sea primer ministro del Reino Unido. La cadena con la exclusiva de la retransmisión es propiedad de los Ellison, otros buenos amigos de Trump. Este domingo hicieron un buen negocio. La pelea solo se podía ver previo pago de los 8,99 dólares de la suscripción, o en cines que por todo el país la pusieron (con entradas a 27,99 dólares). En las gradas, se vio a David Ellison, el hijo, hablar con el presidente. También a Mark Zuckerberg, fundador de Facebook.Pantallas gigantesEl espectáculo lo siguieron unas 85.000 personas por las pantallas gigantes de la Elipse, un jardín contiguo a la Casa Blanca en el que Trump dio el mitin que precedió al asalto al Capitolio. Habían conseguido las entradas en una rifa, y muchos se acercaron al lugar con varias horas de antelación. Ahí estaban Mike y Doug, que venían de Pensilvania porque conocen personalmente, o eso dijeron, a uno de los luchadores, el pelirrojo Bo Nickal, que ganó su combate por KO y saltó de la jaula para presentar sus respetos a Trump. Luego dio las gracias al republicano, en una entrevista con White, por ser una “persona especial” y por haber “tenido los huevos para hacer esto”. Hubo más guiños MAGA (Make America Great Again), aunque ninguno tan ofensivo y fuera de lugar como cuando Josh Hokit, peso pesado y bocazas profesional, gritó tras ganar su combate: “¡Michelle Obama es un hombre!”.En un Downtown cortado para la ocasión, los espectadores enfilaron la avenida Constitution para acceder a la Elipse, formando una riada de gente poco común en la ciudad. Predominaban los hombres jóvenes con cuerpos de gimnasio y sin camiseta y no faltaron los aderezos habituales en las concentraciones multitudinarias en este país: esos individuos con megáfono y carteles que llaman al público a arrepentirse y a echarse en brazos de Dios y los que protestaban contra el espectáculo, como Joseph Tiernan, que sostenía, desafiante, un mensaje que decía: “Bienvenidos a la gran y bella capital de la nación, un lugar mucho mejor que los Estados republicanos de mierda en los que os ha tocado vivir”. Entre los asistentes, parecía haber más aficionados a la UFC que fans de Trump, aunque a menudo ambos atributos se confundan, como en el caso de Chase Lent, de 19 años, que había viajado desde Atlanta con su novia, Caroline Levin. Ambos votaron republicano en 2024, pero ahora están, aseguró él, desencantados “por todas las promesas que [su candidato] ha incumplido”.Una vez pasados los controles, les esperaban siete peleas, organizadas por categorías de peso y anunciadas por dos azafatas en minifalda, Chrissy Blair y Red Dela Cruzlas, conocidas como “Octagon Girls”. El más esperado combate fue también el más largo y sangriento. Lo ganó, pasada la una de la madrugada, el estadounidense Justin Gaetje a la campeón Topuria. Todas las peleas ofrecieron una coreografía violenta, con patadas en la cara y puñetazos y codazos a luchadores sangrientos caídos en el suelo. Es un espectaculo hace las delicias de una audiencia global. Todo indica que este domingo esa audiencia creció, gracias al insólito escenario y al interés que despierta todo lo que hace o dice Trump, la persona más famosa del mundo, que por esta vez no abrió la boca. Si este volvió a la Casa Blanca hace poco más de un año fue en parte por el apoyo de esta afición: los hombres jóvenes fueron decisivos en su triunfo electoral, y White le brindó toda su influencia para lograrlo. Este domingo le devolvió el favor, aunque algo sacó también en claro el presidente de Estados Unidos. Trump, que ya nos tiene acostumbrados a un oportunismo rayano con la corrupción, es accionista de TKO, empresa matriz de la UFC.