La Feria del Libro de Madrid representa tradicionalmente la lucha del ser humano contra los elementos: el calor, las tormentas, el crecimiento de los magnolios circundantes. La cultura contra la naturaleza. Las altas temperaturas, de hecho, azotaron el primer fin de semana, aquel en el que el texto más leído en España fue probablemente el auto del juez Calama sobre las entretelas del expresidente Zapatero (el magistrado no fue a firmar a las casetas). Pero este año la amenaza fue más bien teológica: la histórica visita del Papa. En los días previos se dio el desconcierto: no se sabía si el problema iba a ser una avalancha de gente o más bien una feria desértica. Un librero, que debía ser algo claustrofóbico, me confesó sus temores de acabar atrapado en su caseta, rodeada por las masas: “¡Me va a dar un patatús!”. Al final, no fue para tanto. Sí afectó a la baja las ventas del fin de semana: “El Papa nos ha hecho mucho mal”, me dijo una librera. No siempre el representante de Dios en la Tierra (aunque sobre esto hay controversia) se identifica con el Bien en el mundo. Al sector del libro no le hace falta el Papa para obrar lo imposible: se confirmó el “milagro español del libro”. La Federación de Gremios de Editores de España (FGEE) informó durante la feria de que el sector va como un pepino, y no ha dejado de crecer desde hace doce años. La feria también presentó el domingo sus datos provisionales: 7,26 millones de euros de facturación y 430.845 ejemplares vendidos medidos hasta el jueves 11 de junio. No fueron tan milagrosos: son inferiores a los del año pasado. “Nada de lo que sucede en la ciudad nos es ajeno. A la espera de los resultados de este último fin de semana, a la espera de saber si ha habido remontada, los resultados recogidos reflejan las dificultades de una Feria en la que el fin de semana central muchos prefirieron evitar el centro de la ciudad para evitarse complicaciones”, dijo la directora Eva Orúe. El tema de la próxima edición, en la que la feria cumple 60 años en El Retiro, será el evanescente género de la memoria.Este año la feria trataba del humor, que falta hace, así que hubo humoristas como Eva Hache, Joaquín Reyes, o Ignatius Farray, y también autores con humor, como Jonathan Coe, Maitena, Mercedes Cebrián o Virginia Higa. En las charlas se abordó el humor desde todos los flancos posibles, hasta la extenuación, pero es que hasta los lectores fueron graciosos. “¿Está todo en venta?”, preguntó uno en una caseta. Cuando le dijeron que sí, se interesó por el precio de una pequeña estantería de madera que sostenía los ejemplares. Se oyen cosas así. “Mira, el Manifiesto comunista… Bueno, ¡hay que leer de todo!”, le decía un señor a su pareja. Una jovencita se acercaba a una caseta y pedía un libro de poemas de Charles Bukoswki, “¡pero que sea gordo!”. Otra aparece en otro lado: “¿Tienen ese libro que llama Crimen y castigo? ¡Solo tengo 10 euros!”. Un chaval pregunta por un “manual de criptozoología en español”. Otra confiesa que lleva “fatal el miedo a la muerte, de toda la vida”. Y el de más allá sentencia: “Si alguien te dice que la Tierra es plana, tú dile: sí, sí, claro, planísima, planísima”A través del rectángulo por el que ven pasar la vida los feriantes, desfila un megamix genético que es la humanidad entera. Gente con sombrero, gente que se hurga la nariz, gente aburrida, gente con tics nerviosos que repasa uno a uno todos los títulos disponibles, gente que se apoya en el mostrador a charlar toda la tarde como si aquello fuera un bar. Las casetas son lo contrario de la casita de Bad Bunny (otro célebre coetáneo de la feria): por aquí desfila todo el mundo con el cuerpo y la cartera que le han tocado. Los libros, por cierto, son un objeto de máximo lujo a un precio de 15 euros de media. Aunque en la feria también hay famosos, literarios y extraliterarios. A veces el paseo ferial parece unos de esos vídeos generados por inteligencia artificial que hacen mezclas inverosímiles de gente célebre: allí firma Luis García Montero, enfrente Sonsoles Ónega, allá Rosario Villajos, acá Fernando Aramburu, y este es Julián Hernández, el líder de Siniestro Total. La reina Letizia se pasó un día como reina, en la inauguración, con gran revuelo, y otro día de incógnito, vaqueros, gafas de sol, y casi nadie se dio cuenta. De repente se levanta un escándalo de gritos histéricos que colapsa el tránsito ferial. ¿Será el Papa? No, es el creador de contenido Iker Unzu, que desata el delirio de las fans. Hoy la fama está tan sectorializada que hay gente famosísima que poca gente sabe quién es. Los youtubers, los famosos, los presentadores de la tele, con sus nutridas colas, suelen generar la animadversión de los más letraheridos; pero es que la feria es del libro, no de la alta literatura. A otra gente lo que no le gusta son las marcas, que suelen mediatizar todos los aspectos de nuestra vida. Alguna de las librerías más combativas ha tapado el logo de Repsol, empresa patrocinadora, en las bolsas de papel con una pegatina. Desde al año pasado la cadena VIPS es la que ofrece los servicios de restauración y reparte sus revistas con insistencia. “Tiene el monopolio”, se queja una librera, “así que tienen precios de aeropuerto”. Eso sí: hay tortitas. La feria se acaba y muchos no son conscientes del milagro. “Es uno de los grandes monumentos de la ciudad, es increíble que durante 17 días haya tal cantidad de gente comprando libros”, me dijo un veterano editor catalán. “Y en Madrid parece que no se saca pecho”.
Así fue la Feria del Libro de Madrid 2026: “¡Me va a dar un patatús!”
El gran evento libresco ha registrado resultados provisionales peores que los del año pasado. La visita del Papa puede haber tenido algo que ver. Aun así, la afluencia de público durante dos semanas sigue siendo milagrosa












