Los aeropuertos y los libros comparten algo muy especial: ambos representan puertas de embarque hacia destinos desconocidos que nos moldean y transforman desde las entrañas. Para hablar de estos apasionados viajes, de los literarios, pero también de los reales –los que despegan y aterrizan en cualquier lugar del mundo–, juntamos, en los aeropuertos Adolfo Suárez Madrid- Barajas y Josep Tarradellas Barcelona-El Prat, a dos de las voces más potentes de nuestras letras actuales: Karina Sainz Borgo (Caracas, 1982) y Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962). La conversación, fascinante y vitalista como sus protagonistas, nos va guiando por diferentes escalas como el poder terapéutico de la escritura, la importancia de los premios en la literatura o el potencial creativo de los aeropuertos.“La escritura no resucita vidas, ni resuelve problemas ni devuelve países. Leer o escribir no tienen nada de terapéutico”, afirma con rotundidad la escritora y periodista venezolana Karina Sainz Borgo, quien reside en España desde 2006. Manuel Vilas cree más en su poder de celebración: “No sé si la escritura es terapéutica; yo con ella quiero darle un servicio a la vida, iluminarla a través de las palabras y explicarla desde la literatura. En ese momento mi oficio tiene sentido. Cuando moralmente me siento bien. La vida en las páginas de mis libros sale enaltecida y exaltada. Y eso alcanza al corazón del lector”. Tú y yo amamos la literatura porque amamos la vida, por eso somos vitalistas”Manuel Vilas“Tú eres más celebratorio y yo soy más lóbrega, Manuel”, le dice Sainz Borgo. “Tú y yo amamos la literatura porque amamos la vida, por eso somos vitalistas”, apunta el autor de títulos como Ordesa (2018), Alegría (2019) o, más recientemente, Islandia (2026). “Lo somos, pero en direcciones opuestas”, contesta la creadora de obras como La hija de la española (2019), traducida a más de 30 idiomas, El Tercer País (2021) o Nazarena (2026). Para ella, lo terapéutico es aquello que conduce al equilibrio, “y yo creo en todo lo contrario. Como persona tremendamente obsesiva que soy, escribir me sube las revoluciones, me pone como una locomotora”, reconoce. Una confesión a la que su compañero de charla responde, irónico: “Yo equilibrado no estoy. Tú y yo somos amigos porque no estamos equilibrados”.Los premios literarios es otro de los temas que surgen en esta conversación en tránsito. Ambos escritores saben sobre ello porque han sido distinguidos con importantes galardones. En el caso de Karina Saiz Borgo, ha ganado el Grand Prix de l’Héroïne Madame Figaro por La hija española (2019), el Premio David Gistau de Periodismo (2023), el Premio Jan Michalski de Literatura por El Tercer País (2023) y el Premio Mariano de Cavia de Periodismo (2026). Manuel Vilas, por su parte, ha sido destacado, entre otros, con el Premio Jaime Gil de Biedma por Resurrección (2005) y el Premio Nadal de Novela por Nosotros (2023), además de haber quedado finalista del Premio Planeta por Alegría (2019). Soy muy feliz en los aeropuertos, me acuerdo de casi todos por los que he pasado en algún momento de mi vida”Manuel Vilas“Estos galardones tienen sentido si sirven para difundir la literatura y generar más lectores. Y para hacer que la vida del escritor sea más digna y agradable desde el punto de vista económico”, asegura Vilas. “Es cierto que confiere una tranquilidad que un autor normalmente no tendría”, coincide la escritora y periodista venezolana. “Creo que fue Manuel Vázquez Montalbán quien dijo, cuando ganó el Planeta, que había comprado tiempo para poder escribir. Para mí, la idea de los premios funciona como una especie de punto de partida para terminar un manuscrito o un primer borrador”, asegura. Vilas, quien cree que muchas veces son los lectores de un libro “el termómetro más cierto y seguro”, reflexiona acerca de ese valor de ejemplaridad que se les presupone a los autores cuando ganan premios. “La figura pública del escritor que tiene que ser bueno, amante de las causas buenas… Se les encorseta en esa imagen pública de ejemplaridad. Y es que, a veces, los premios son reflejo de los valores de la sociedad del momento y no tanto de los valores literarios que se generan con las obras”.Sobre esas otras puertas de embarque que nos hacen lanzarnos a viajes de todo tipo, esperados e inesperados, como son los aeropuertos, el autor oscense reconoce con entusiasmo que son no-lugares que le encantan. Además, confiesa que le fascinan las alturas y que siempre vive y escribe en lugares en alto, cuanto más, mejor. “Soy muy feliz en los aeropuertos, me acuerdo de casi todos por los que he pasado en algún momento de mi vida. La idea de embarcar e ir a otro lugar, de estar en tránsito, y, también, la contemplación de la gente que va y viene, es una especie de liturgia que me fascina. Son lugares misteriosos”.Admite Manuel Vilas que los aeropuertos son, para él, no-lugares que le encantanFélix ValienteDependiendo de cómo sea el aeropuerto, puedo hacerme a la idea de cómo es el país”Karina Sainz BorgoPara Karina Sainz Borgo, “tienen una calma artificial que me parece muy relajante”. Manuel Vilas, que se reconoce como frequent flyier de varias compañías, reconoce que no solo trabaja en estos lugares –“suelo meterme en las salas VIP a escribir, pero puedo hacerlo desde cualquier lugar”–, sino que también ha dormido en ellos en más de una ocasión. “En Chicago me ocurrió una vez; había caído una nevada espectacular y el avión no salió. Pero debo decir que dormí bastante bien”, afirma con sorpresa.Nuestros protagonistas coinciden también en la idea de que en los aeropuertos ocurren muchas cosas. Y resultan un fiel reflejo del país donde se localizan. “Para mí son como una especie de medidor. Dependiendo de cómo sea el aeropuerto, puedo hacerme a la idea de cómo es el país. Como buen lugar fronterizo, es un lugar tremendamente ilustrativo y donde existe mucha tensión”, asegura Sainz Borgo refiriéndose al flujo constante de miles de personas. “Es cierto: la imagen política del país se ve en el aeropuerto”, coincide Vilas. Y recuerdan la interesante sensación de viajar a través de aeródromos mínimos, muy pequeños “y desasosegantes”, incide la autora venezolana. “Esos aeropuertos son existencialmente devastadores”, aporta Vilas. Lugares donde “te preguntas si habrá una cafetería, porque ya es señal de que hay vida”, añade el autor. “Una cafetería es un signo de compañía, de que se reúnen seres humanos alrededor”, reflexiona su compañera. Y luego están los aeropuertos gigantes, “los de dimensiones ciclópeas como el de Doha o el de Chicago”, menciona Vilas. Sobre la posibilidad de que estos lugares puedan resultar lugares proclives a la creatividad, ninguno lo duda.Los aeropuertos me ofrecen momentos de adrenalina fascinantes”Karina Sainz Borgo“Si yo empezara una novela desde un aeropuerto partiría de mi mirada, de la contemplación de la gente”. La variedad de razas y tipologías, las vidas que se adivinan, las miradas que se cruzan… “Son lugares de ebullición”, reconoce el escritor. “Espacios donde tu estado emocional puede ser diferente al del resto”. Y rememora una ocasión muy especial: “Hice un viaje a China recién divorciado y me lo pasé penando y dolorido. Pero todo mi entorno era festivo, muy diferente”. A Karina Sainz Borgo, estos lugares le activan los cinco sentidos a la hora de crear, le ofrecen “momentos de adrenalina fascinantes”, confiesa. Por último, Manuel Vilas hace una propuesta sorprendente a la vez que interesante: “Hacer un turismo de aeropuertos: llegar a la ciudad, pero no salir del recinto”.CréditosMaquillaje y peluquería: Manu MorenoProducción: Chus Casarrubios