DOMINGA.– Un balón rueda sobre la cancha con un sonido de cascabel que viene de su interior. Paulina, con uniforme lila, medias moradas, el número siete en la espalda y un antifaz sobre los ojos, lo conduce despacio mientras va tanteando el terreno con los pies. Frente a ella no hay una portería convencional: apenas un marco con una hilera de tubos verticales, de acero, que hace las veces de postes, y un tercero, tendido de lado a lado, que marca el travesaño.
Es un sábado de junio, 15:30 horas. Estamos en el entrenamiento de Chilangas FC, el equipo femenil de futbol ciego, en la cancha del Parque Moderna, en la alcaldía Benito Juárez. Wendy del Río, la entrenadora, golpea con una moneda el metal de uno de los tubos.
“¡Acá está el poste derecho!”, le indica en voz alta.
Pau, como se lee en su playera, se acomoda, toma impulso y dispara: ¡goool!
No hay festejo. El público que observa a pie de cancha permanece en silencio. Sólo se escuchan dos cosas: el zumbido de un dron que corta el aire como un insecto, y la voz de Sandy, compañera de equipo, que la guía de regreso a la fila de tiro.











