El senador Iván Cepeda describió esta semana a su rival en las elecciones presidenciales de Colombia, Abelardo de la Espriella, como “irascible y agresivo”. El ultraderechista, por su parte, no ha escatimado adjetivos frente al aspirante de izquierda y sus aliados: “heredero de las FARC”, “payaso”, “bandido”. La semana que termina, la última con eventos en las plazas antes de la segunda vuelta del 21 de junio, no ha sido la excepción a lo que ha sido la regla desde el principio: una contienda definida por la intensidad del agravio y la escasez del debate para elegir al sucesor de Gustavo Petro, el primer presidente de izquierda en décadas.Si la tendencia venía de antes, el resultado de la primera vuelta del 31 de mayo terminó de configurar ese paisaje. De la Espriella sorprendió al ocupar el primer lugar con el 43,7% de los votos, mientras Cepeda obtuvo un esperado 40%. La derrota de Paloma Valencia, la senadora de la derecha tradicional que por dos meses ondeó la bandera de construir desde las diferencias, dejó sin oxígeno a las voces más mesuradas y dio más aire a la lógica de la descalificación del otro como combustible.Es una lógica que no solo se asemeja a lo que ha ocurrido en todo el continente y en todo Occidente, sino que tiene una historia propia, colombiana. El antiuribismo es una emoción profunda, como se vio en el estallido social de 2019 y 2021, cuando miles de jóvenes rechazaron al entonces presidente Iván Duque y a su mentor político, el expresidente Álvaro Uribe.Es un sentimiento que ha servido de motor a la movilización de Cepeda, un senador que no dudó en llamar “fascistas” a Uribe y al uribismo hace menos de un mes. Es una energía que mantiene: Cepeda denunció a De la Espriella ante la Fiscalía y ante la Corte Penal Internacional por presuntos vínculos con jefes paramilitares hace más de dos décadas, durante las negociaciones del Gobierno Uribe. También le ha reprochado públicamente haberse apropiado de símbolos patrios y de la camiseta de la selección de fútbol, prenda omnipresente en un país que vive el Mundial de Norteamérica.Del otro lado, el antipetrismo y el miedo a que Colombia repita el camino de Venezuela alimentan desde hace una década a amplias capas de la población, y De la Espriella los ha convertido en el núcleo duro de su campaña. El presidente Petro, que ha apoyado activamente a Cepeda, ha contribuido a elevar la temperatura desde su propio frente: ha acusado a quienes están en la orilla opuesta de defender la muerte sobre la vida, los ha llamado nazis, genocidas y esclavistas.Para esos electorados —el que se moviliza por la ira contra Uribe y el que lo hace por el miedo a Petro— el lenguaje agresivo funciona como galvanizador, según argumenta el sociólogo Mauricio García Villegas. Son bases que ya están convencidas, y lo que necesitan no es persuasión sino energía: la sensación de que hay algo qué defender y algo qué derrotar.Pero mientras ese tono se mantiene, ambos candidatos han venido haciendo algo diferente y casi silencioso: moderar algunas de sus propuestas. Los indecisos —junto con quienes se abstuvieron en la primera vuelta— son el segmento que, según los estrategas de las dos campañas, decidirá el resultado en una elección que se perfila apretada. Son pocos, pero suficientes.El cambio ha sido más visible del lado de Cepeda. Este jueves lanzó su programa oficial de gobierno, algo que no había hecho antes de la primera vuelta, cuando había circulado apenas un resumen de sus discursos en lugar de un documento programático. El contenido busca limar los ángulos más hostiles de su imagen: en línea con su declaración de aceptar los resultados de la primera vuelta —en abierto contraste con el presidente Petro— y con su gestión para convencer al mandatario de aplazar la convocatoria a una asamblea constituyente que generaba alarma en sectores de centro.En la derecha, algo similar ha ocurrido sin que De la Espriella haya renunciado al discurso de la seguridad ni al miedo a la izquierda. De manera directa o a través de su fórmula vicepresidencial, el exministro de Hacienda José Manuel Restrepo, la campaña ha explicado que la promesa de bajar las tasas de interés para compra de vivienda del 15 o 16% actual al 2% pasaría por un subsidio estatal, un mecanismo ya usado por gobiernos anteriores. Y la promesa de acabar con el conflicto en el suroccidente del país en 90 días ha sido ajustada: en la versión más reciente, el objetivo es capturar o dar de baja a diez cabecillas en ese lapso. Menos apocalipsis, misma valentía.La estrategia de fondo es la misma en los dos casos: sostener el tono encendido que mantiene vivas a las bases, mientras se suavizan en voz baja las propuestas que más asustan a quienes todavía no han decidido. Es una apuesta calculada sobre un electorado pequeño pero decisivo, el que no encuentra en ninguno de los dos candidatos un aliciente suficiente para ir a las urnas, pero que podría encontrarlo si las aristas más duras se liman lo suficiente. El problema, como siempre en estas ecuaciones, es que lo que convence a los indecisos puede decepcionar a los convencidos. Y en una elección tan cerrada, perder a unos para ganar a los otros puede ser tan peligroso como no intentarlo.