La bahía de Santander, el idílico espacio natural que hoy sirve de recreo a barcos y deportes naúticos, fue hace doscientos años uno de los tres puertos de referencia del comercio de esclavos hacia América, junto con Cádiz y Barcelona, con la implicación de la propia burguesía santanderina. Algunos de ellos se hicieron ricos y hasta fueron reconocidos con marquesados y condados. Antonio López, en cuya biografía ya pesa esta circunstancia, y otro cántabro, Juan Manuel Manzanedo. Bajo el barniz del éxito y la filantropía se ocultaron los negros cimientos sobre los que edificaron su fortuna otros nombres propios como Ángel Pérez (Ruiloba), Juan Madrazo (Marrón, Ampuero), Joaquín Gómez Hano de la Vega (Hazas de Cesto) y Pedro Martínez Gómez de Terán (Soto, en Campóo).
El relato histórico de la ciudad atribuye el florecimiento del Puerto de Santander a la exportación de harina, sin hacer referencia al tráfico de esclavos que no fue una actividad ocasional. En cinco años -entre 1815 y 1820- salieron de la bahía 17 barcos con esclavos.
En 1817, Santander se consideraba un puerto negrero de primer orden, de cuyos muelles salían periódicamente barcos cargados con mercancías que cambiaban por esclavos en África, desde allí atravesaban el Atlántico para venderlos en Cuba como mano de obra para las plantaciones de azúcar.










