Comillas es un pequeño pueblo de Cantabria, situado al borde del mar. Espacio turístico hoy, su historia cambia en el siglo XIX gracias a la figura del marqués de Comillas, un indiano que fue eje fundamental de la política española a finales de esa centuria. Pero el marqués, igual que muchos otros por la época, edificó parte de su imperio con la esclavitud, una historia que durante años se ha pretendido soslayar y que en los últimos tiempos se recupera con estudios y rigor.PublicidadSalió mala, esta primavera.Salió mala por el norte, porque llueve, y hace viento, y andan los árboles esnugados como a mitad de otoño. Salió mala porque hace frío y trae la mar colores grises, espuma rugiente. Salió mala y ves hojas verdes empapadas cubriendo adoquines deslizantes, posando, como en olvido, por las rejillas de cualquier desagüe. Hay hoy, en Comillas, turistas con ese aspecto que tienen los turistas cuando se ponen las nubes lloronas, con ese rostro un poco enfurruñado, rostro de no terraza, de pantalones húmedos. Pero ellos siguen. Entre carrejos estrechucos, umbríos, carrejos de musgo por juntas. También, claro, asomándose al Cantábrico, donde las casas tienen miradores para ver una concha de arena, donde llegaban, no hace mucho, marineros deseosos de pasarlo bien y olvidar simas. Hay siempre visitantes, sí, en la villa del marqués.El marqués de Comillas nació como Antonio López y López de Lamadrid en Comillas, allá por 1817. Era hidalgo (aquí todos eran hidalgos, no hay mérito en eso), pero bastante pobre (aquí todos eran bastante pobres, no hay mérito en eso), así que hubo de emigrar, como tantos, para labrarse fortuna y porvenir. A Lebrija, primero, más tarde hasta Cuba, pendencias mediante que lo obligan a salir por patas. Vamos, que se metió en problemas de navaja y cuchillo, y él repartía también, y hubo de andar huyendo por si las vendettas le llegaban a salpicar. Fue con catorce años al Caribe...Cuando retorna definitivamente a la península, ya en plena Restauración, es una de las mayores fortunas de España. Amigo de ricos y poderosos, confidente del rey. Grande de España, burgués, comerciantes, banquero, prohombre de los últimos coletazos europeos en Cuba, asesor borbónico, constructor de un nuevo régimen que tiene mucho de régimen antiguo. Eso que llaman “Restauración”, cuando vuelven los Borbones en la figura de Alfonso XII, pudo hacerse gracias al apoyo de políticos y pueblo, pero, sobre todo, gracias a las ganas que tenían burgueses e industriales para que volviese la tranquilidad tras el convulso reinado de Amadeo y la aun más convulsa Primera República. Y allí Antonio López pone pesetas para que los Borbones recuperen trono, y se convierte en apoyo fundamental de esos primeros años de Restauración.Él fue, quizá, el indiano más representativo. Pero su historia encierra, también, sombras.No en el aspecto económico, claro. Tampoco en lo que podríamos llamar filantropía sobre el terreno. "Sí, casi fomentó... él apoyó la construcción de carreteras, pequeñas fábricas para la transformación del pescado y, sobre todo, la llegada del seminario pontificio, con toda la importancia económica que ello tiene", me cuenta Miguel Ángel Aramburu-Zabala, catedrático de la Universidad de Cantabria que ha estudiado las huellas de los indianos en esta tierra. Y añade: "Incluso cuando hace que el rey vaya a Comillas eso significa una inversión económica. Todo eso cambió Comillas mucho, claro". PublicidadNada menos. Rompe el cielo, en Comillas, un camposanto que soñó Edgar Allan Poe, que se hizo dibujo en palabras de Bécquer. Uno con ángel vigilando ese inmenso azul que llega hasta Irlanda. Rostro dulce, gesto duro. Antigua iglesia ya abandonada, se restauró todo con obra de Lluís Doménech i Montaner. El ángel, representativo, se lo dejaron a Josep Llimona. A unos metros está el Palacio de Sobrellano, o el Palacio del Marqués, con planta de Joan Martorell y mobiliario (algo de mobiliario) a cargo de Antonio Gaudí. Un cachito modernista aquí en Cantabria. Una extensión del poder de don Antonio. Que manejaba perras, influencias y orientaciones artísticas. Que decidió destinos. Como tenía su centro de negocios en Barcelona, y como en Barcelona empezaba a extenderse eso que llamaron modernismo, pues modernismo metió en su villa natal. Y como su poder era inmenso se trajo a los nombres más prominentes (a los consagrados, a las promesas) para que revitalizasen el sitio, para que lo hicieran actual, sofisticado, un poco chic. Es así como decide, una persona, destino para todo el pueblo.Antonio López es, como dije, el más conocido de los indianos, esos huidos de la península, especialmente de su parte más septentrional, que hicieron las Américas para buscar futuro. La época dorada del indiano fue este siglo XIX, y allí destacan nombres como el marqués de Manzanedo (igual les suena su finca en Madrid... es la Puerta del Sol), el marqués de Mortera, el marqués de Argüelles, los Noriega o Luis Ibáñez de Posada. Hacían, por América, una labor de proselitismo por y para el terruño, una protección para con el acento que podemos ver hoy, mímesis secular, con las élites de la oligarquía financiera latinoamericana que viven en sitios como Miami o Madrid. Seguro que saben de lo que hablo...Pero esa es otra historia. La nuestra nos habla de esclavitud. No hubo negocios en los que no se enriquecieran los indianos. Que si entidades de crédito, que si compañías navieras, que si inmuebles (los inmuebles siempre rentan mogollón), que si fábricas e ingenios de azúcar. Y, claro, la esclavitud... "El marqués se dedica al negocio comercial, tiene una empresa de navegación". Esa empresa, la Compañía de Vapores Correos A. López (posterior Compañía Transatlántica), no solo transportaba personas y productos desde Cuba hasta Europa, sino que también ejercía como “empresa postal”, llevando cartas de puerto a puerto de la isla, y desde allí al Viejo Continente. Tan grande era su poder económico que, con el pasar del tiempo, hasta construyó su propio dique para hacer allí los barcos. En Puerto Real, estaba, y aun se puede contemplar hoy. Ah, y además de todo esto, tenía la esclavitud, que era negocio próspero entonces. “Practicaba practicaba compraventa de esclavos. Él se anunciaba en la prensa de Cuba con ello, así que no se puede negar. No sería seguramente compraventa al por mayor, como sí hacían otros, pero sí era algo de alcance más regional, y los vendía en su comercio", me dice Aramburu-Zabala. PublicidadEl pasado esclavista de los países es algo que incomoda bastante (con razón) y que se tiende a soslayar en las explicaciones (sin razón). En El legado de la esclavitud (Capitán Swing, 2025, traducción de Julia Gómez Sáez) Clint Smith nos habla del horror que sienten muchos (no todos) visitantes de Monticello, la finca familiar de Thomas Jefferson, al saber que allí hubo esclavos. Sí, en la casita del We, the people, del todos iguales...En España, huelga decirlo, fue igual, y hay idéntica amnesia. Forzados a prohibir la tenencia de esclavos en la península Ibérica allá por el desmembrar del absolutismo, continuó ésta con donosa salud en las Antillas, donde incluso vivió una edad de oro (edad de la vergüenza, más bien) al aprovecharse de su puesto como avanzada europea en tal ámbito. Tan es así que las presiones económicas bloquean diferentes propuestas para derogar definitivamente esa mácula. Los más ricos de la península, aquellos cuyas pesetas (antes reales) engordaban con la explotación al prójimo considerado animal, decían a politicuchos optimistas que nanai, que qué es eso de prohibir lo que bien está porque nos da ganancias. Y vemos amenazas por parte del marqués de Manzanedo y del marqués de Comillas, también Ortiz de Zárate y, pásmense, ese Antonio Cánovas del Castillo que resulta, a ojos de los escritores metidos a croniqueros históricos, prohombre mayor de España y reponedor de tranquilidad. Ya antes lo hizo O'Donnell. "En Cuba había muchos sectores económicos diferentes, claro", continúa Miguel Ángel, "no todo era el monocultivo, pero donde había esas plantaciones de azúcar, que era el gran motor económico, existían esclavos y proliferaba el tráfico de esclavos. Fue desapareciendo progresivamente, eso sí". Incluso la reina viuda de Fernando VII, María Cristina de Borbón, gustó gozosa de ingenios y perras goteando sangre humana. Como para prohibir tal chorro de billetes...La definitiva Ley de Abolición de la Esclavitud en todas las posesiones españolas se aplicó efectivamente, tras vacatio legis por encima del lustro, en 1886. España era el último país europeo en terminar con la trata de personas.Los grandes empresarios del país tendrían que invertir en otros asuntos... Algunas de estas familias, las que se enriquecieron con el comercio esclavo, aun siguen pimpantes en la vida pública española. Más son, aun, las que utilizaron mano de obra esclavizada en sus negocios del Nuevo Mundo, pues era casi impensable lo contrario allá por el XIX. "No es que fueran todos, ni mucho menos, pero sí que formaba parte de la cultura de la época", dice Aramburu-Zabala. Del marqués de Comillas, con el que empezamos, contaban que era hombre sin escrúpulos cuyo éxito en las plantaciones cubanas se debía al comercio de esclavos africanos. Ponderación que alguno dirá tendenciosa... hasta que la sabes realizada por Francisco Bru, cuñado del marqués. Vamos, que se veía como lo normal, como aceptable, como digno de un hombre hecho y derecho. Se veía como algo para aplaudir. Muchos de los que anduvieron por las Antillas en aquel tiempo tienen, en uno u otro extremo, relación con la esclavitud. Algunos utilizando esa mano de obra en ingenios de azúcar y trabajos de cualquier tipo. Otros, como Antonio López, convertidos en traficantes, haciendo ese triángulo del océano que llevaba sus barquitos, los barquitos de su naviera privada, desde la Península al Golfo de Guinea, después a Cuba para descargar desdichados y, más tarde, de vuelta a España, trayendo dulces y noticias del Nuevo Mundo. Más de un millón de personas fueron arrastradas contra su voluntad por buques españoles desde África hasta las Antillas en ese siglo XIX. Sumen, obvio, las que jamás llegaron a puerto y no pudieron quedar plasmadas en contratos de compraventa.Actualmente esa visión neutral para con el pasado esclavista está, claro, revisándose. Porque, aunque no esté bien caer en presentismos, si debemos caer en algunos el tema de la esclavitud aparece como idóneo. Vamos, que no está bien esclavizar semejantes, por mucho que fuese "tradición, costumbre y elemento normalizado". Así, la misma figura del marqués se pone en solfa, retirando estatuas y cargos honoríficos. Dejando también detrás, sin roce, instituciones y sagas que se fundaron bajo la sangre de otros con menos fortuna. Hasta en lo de repensar hay injusticias, suponemos. Bien poco le habría de importar a don Antonio, también te digo, porque él murió en loor de respetos inter pares y en olor (o casi) de santidad, pues el mismísimo papa de Roma le concedió bula para el perdón de todos sus pecados. Vamos, que pudo entrar sin mácula alguna a donde vayamos tras el último respiro.Siempre habrá clases.