El joven futbolista Alberto Edjogo-Owono estaba pegado al televisor la noche del 25 de febrero de 2006. El Zaragoza recibía al Barça en La Romareda cuando el partido se detuvo de repente. Se armó revuelo y las cámaras enfocaron a un Samuel Eto’o fuera de sí, haciendo aspavientos y gritando “¡no más!” mientras amagaba con abandonar el terreno de juego, harto de los insultos racistas que le llegaban desde la grada.
Edjogo-Owono, hoy comentarista de fútbol en DAZN, a punto para retransmitir el Mundial 2026, recuerda cómo se levantó entonces del sofá al presenciar la escena. “Soy una persona sosegada, pero aquel día la sangre me hervía casi como nunca”, rememora. “Fue impactante ver por primera vez a un jugador que se plantaba, que decía alto y claro que no tenía por qué soportar esas vejaciones”, afirma.
Han pasado dos décadas desde aquel episodio, convertido en punto de inflexión en la persecución del racismo en el fútbol español. La legislación se ha endurecido, los protocolos son más estrictos y los futbolistas se sienten hoy más respaldados para detener, o incluso abandonar, un partido —aquel día, de hecho, Eto’o fue persuadido para seguir jugando—. Sin embargo, el racismo sigue enquistado en parte de las gradas, desde las más modestas canchas de barrio hasta las que atraen todos los focos en Mundiales y Eurocopas.
















