Diminutos drones kamikaze capaces de derribar a potentes aparatos no tripulados como los que está utilizando Irán contra Estados Unidos. Carros robots con diferentes funciones, desde desplegar una manguera que limpie el campo de batallas de minas a transportar a un herido hasta un lugar a salvo. Una ametralladora portátil que no necesita ningún hombre que la dispare. Gafas inteligentes que transportan a los altos mandos de las capitales europeas al frente de combate. Sistemas de guerra electrónica, con escopetas capaces de inmovilizar a los drones más escurridizos.
No es un videojuego ni una película de ciencia ficción. Todas estas tecnologías, las más punteras en la guerra moderna, ya están siendo ensayadas en el flanco Este de la OTAN, con un objetivo claro: que si a Vladímir Putin se le ocurre cruzar los límites aliados, el primer contacto con las líneas enemigas no sea un soldado de un miembro de la Alianza, sino una máquina. Es la creación de una verdadera franja disuasoria tecnológica en las puertas de la amenaza rusa. “Con la existencia de tantos sensores en el campo de batalla toda actividad es detectada y neutralizada. Esto cambia la manera de combatir y debemos adaptarnos”, asegura a sus tropas el coronel Alberto Quero, jefe del Centro de Fuerza Futura de la División de Planes del Estado Mayor del Ejército de Tierra.







