Vladímir Putin y Donald Trump están en horas bajas. Será fruto del azar o resultado de una semejante concepción del poder, pero ambos tienen motivos de preocupación sobre su futuro. Están hermanados en muchas cosas, pero la circunstancia que más les acerca es su actual fracaso en las guerras que ambos han emprendido, cegados por la confianza en la fuerza de sus respectivos ejércitos y el desprecio compartido por la diplomacia y la legalidad internacional. Las guerras suelen tener malos profetas. Nada puede darse por perdido mientras los contendientes conservan la voluntad de combatir. Soberbios planes suelen convertirse en papel mojado en cuanto los ejércitos entran en combate. Así le sucedió a Putin con Ucrania y le acaba de pasar a Trump con Irán. Los apostadores precipitados se han quedado sin blanca. Los ucranios no están perdiendo y los iraníes, tampoco. Ni rusos ni estadounidenses están ganando y, lo que es más serio, tampoco saben cómo ganar, ni tan siquiera cómo hacer una paz decente que no les devore a todos. Nadie saldrá bien librado. Los fuertes perderán al menos autoridad y prestigio, incluso posiciones en la escena internacional, además de sufrir la humillante ausencia de la victoria, y los débiles saldrán todavía más débiles, pero si no pierden les quedará el orgullo, que no es poco, tratándose de guerras existenciales en las que basta con sobrevivir, como muy bien reza el viejo dicho español: quien resiste gana. Si alguien sacará provecho es quien mire los toros desde la barrera, como Xi Jinping, también autócrata, quizás el autócrata perfecto por su estratégico desconocimiento de la desmesura, el pecado de hybris que los dioses griegos castigaban con la ceguera y la destrucción. Ambos, el autócrata titulado y el aspirante vocacional, creyeron en los poderes sin límites de sus respectivos ejércitos y de su propia inteligencia natural, pero tropezaron con los límites de la fuerza y con la inteligencia limitada de cada uno de ellos. Coinciden ahora en el bache, pero sus coincidencias vienen de lejos, incluso anteriores a la llegada de Trump a la Casa Blanca. Comparten un mismo talante personalista y autoritario, aunque en el ruso de profunda tradición despótica y en el estadounidense a contrapelo de la tradición democrática de su país. También exhiben idénticas pretensiones expansionistas e imperiales, animadas por instintos corruptos de calibre faraónico. Peores cuanto más ocultos y discretos en el ruso, pero más corrosivos en el americano, que exhibe su presidencia como el derecho a robar y a acumular todos los poderes en la democracia en uno solo. Nada es grande en las respectivas ideas nostálgicas que pregonan para recuperar el pasado idealizado de Rusia y de Estados Unidos, si no es una codicia insaciable y unas desenfrenadas habilidades extorsionadoras para hacerse con fortunas exorbitantes. Siempre han contado el uno en el otro. Putin ha rendido buenos servicios a Trump, especialmente electorales y de inteligencia, hasta el punto de ser investigado por jueces y policías cuando su socio no tenía mano sobre ellos, como sucede ahora. Y Trump ha rendido buenos servicios a Putin, en especial en la guerra de Ucrania, hasta retirar la ayuda financiera y militar a Zelenski, acosarle públicamente para que capitulara y expulsar a los socios europeos de la OTAN y de la UE de las hipotéticas negociaciones de paz. Ahora, en cambio, en mitad del bache, Putin no puede contar con Trump como mediador para el tipo de paz de los cementerios que quiere para Ucrania. El presidente de Estados Unidos se cansó de Ucrania y ahora ya está cansándose de Ormuz. No le ha ido mal al ruso la guerra de Irán. Además de desviar la atención internacional, ha concentrado el esfuerzo armamentístico en Oriente Próximo, en detrimento de Ucrania. Y el bloqueo del tráfico marítimo en el golfo Pérsico ha reavivado las exportaciones de petróleo ruso y le ha proporcionado dinero fresco para la guerra. Aun así, no ha bastado para los ánimos militares decaídos de Rusia ni para defenderse de los drones ucranios que penetran hasta la Plaza Roja. Putin creía que Trump sería el disparo definitivo para ganar la guerra en la mesa de negociación, pero a estas horas el gatillazo es irreversible.El mayor mérito compartido es su doble contribución al destrozo del orden mundial y a la siembra del caos mediante el uso siempre irracional y desmesurado de la fuerza en vez de la diplomacia y del diálogo multilateral. El desorden que está sembrando de guerras el planeta, arruinando organismos internacionales y rompiendo tratados y acuerdos se debe a Putin y a Trump al alimón. Con la penitencia que sufren ahora, esperemos que no sea momentánea, y hundidos como están en sus respectivos fracasos bélicos, solo China se salva de la carrera de sacos en la que han convertido la pugna por el liderazgo mundial. Para leer más:
Vidas y derrotas paralelas
Trump y Putin están fracasando en las guerras que han emprendido, lo que les hará perder autoridad y prestigio









