Por estas fechas, hace una década, la generación de quienes ahora tienen 27 años se estaba enfrentando a las Pruebas de Acceso a la Universidad (PAU). Jaime Redondo Yuste estudiaba en Leganés y aspiraba a entrar en Física y Matemáticas, la carrera de más difícil acceso en España desde hace 14 años. Ahora es investigador en la Universidad de Princeton. Mientras a su alrededor todos repasaban sus apuntes, Patricia Torres esperaba para hacer su examen en Tarragona leyendo novelas sentada en el suelo, convencida de que iba a ser química forense. Sin embargo, ahora está doctorándose en Neurociencias. Kamal Hammu Mohamed está haciendo el MIR en La Fe de Valencia, gracias a las clases particulares que tomó antes de Selectividad para poder entrar en Medicina. Y lo que Carlota García Barcala recuerda especialmente de aquel año es que hacía muchísimo calor en Las Palmas de Gran Canaria y que sus padres la acompañaban en su preparación para la PAU, como si de un proyecto familiar se tratase. La historia se ha repetido ahora, que ha opositado para conseguir un puesto como funcionaria pública.Entre todos los estudiantes que hicieron Selectividad hace diez años, cuando la tecnología para copiarse todavía eran las chuletas y las universidades no compraban detectores de nanopinganillos, estos cuatro se acercaron a la perfección en las evaluaciones, con las mejores notas de Madrid, Cataluña, Melilla y Las Palmas de Gran Canaria. Todos han seguido formándose, empujados por becas, algunos en el extranjero. Pero el éxito académico no siempre conlleva estabilidad cuando el ascensor social se estropea. Ninguno de estos cuatro alumnos brillantes ha podido comprarse una casa. Todos viven de alquiler y dos de ellos comparten piso con desconocidos. El informe más reciente del Consejo de la Juventud de España ha calculado que un joven debería consumir el 98,7% de su salario para pagar un alquiler en solitario y la edad de emancipación son los 30,2 años.Ahora, cerca de despedirse de la veintena, aún tienen dudas acerca de su futuro, pero saben por su experiencia que el esfuerzo da sus frutos. Jaime Redondo Yuste, el alumno perfecto de Leganés a PrincetonA Jaime Redondo le llamaban “el alumno perfecto”. Con un 14 en la Selectividad de 2016, entró directo al doble grado en Física y Matemáticas en la Universidad Complutense de Madrid sin demasiada presión. “Estudiaba, tenía una rutina, pero también encontraba los momentos para escapar con mis amigos y jugar a baloncesto”, recuerda.En la carrera se enamoró de la Física, y descubrió que aprender en compañía lo multiplicaba todo, algo que le ha acompañado hasta ahora. “Había gente que era mucho mejor que yo, sobre todo en Matemáticas, pero entre nosotros nos ayudábamos mucho”. Terminó el doble grado en 2021 con un 9,5. Tenía claro que quería dedicarse a la física teórica. El paso natural era un máster y un profesor lo empujó más lejos de lo que había imaginado: “Me empezaron a motivar, a pensar que yo podía hacer investigación de primer nivel, a salir del país, a conocer, y me lo creí”, dice con una sonrisa por videollamada. Así llegó a Canadá a un programa intensivo de 10 meses en el Instituto Perimeter de Física Teórica, uno de los momentos favoritos de su vida académica. “Éramos un grupo de 30 chavales de diferentes partes del mundo que casi vivían juntos. Compartíamos todo, no era nada competitivo y estábamos a los 22 años en uno de los sitios más punteros y especiales de física en el mundo. ¡Una locura!”.Esa experiencia le permitió poner el foco en la física de agujeros negros y ondas gravitacionales. “Al final, yo soy físico y, si quiero aprender sobre el universo, necesito algún tipo de información experimental, datos para comprobar mis teorías”. De allí fue al Instituto Niels Bohr de Copenhague de Dinamarca para hacer su doctorado dentro del grupo de investigación Strong: “No había reglas o costumbres preestablecidas; teníamos libertad desde que éramos estudiantes de primer año en el doctorado para proponer ideas, organizar eventos y, sobre todo, esta sensación de estar en el momento adecuado en el sitio adecuado, con gente con la que congenias bien. Todo un privilegio”, cuenta.Los tres años de doctorado pasaron de manera fugaz, pero bien gozados, relata este doctor en Física Teórica que es consciente de que, junto con sus buenas dosis de esfuerzo, también hay alguna de fortuna. “Hay mucha gente que le ha puesto el trabajo, las horas, y no todo el mundo llega. Hay una parte muy grande de suerte. Yo he tenido la fortuna de que en cada fase de este proceso me ha ido bien. Ahora está en la Universidad de Princeton, donde realiza una estancia postdoctoral de investigación como parte de la iniciativa de estudios de la gravedad. Con su salario de investigador, por ahora se paga un piso solo para él en Baltimore. Este fin de semana viajará a Kioto para pasar un mes investigando en el Instituto Yukawa de Física Teórica y regresará a Princeton a instalarse en Nueva Jersey.Patricia Torres, una judoka detrás del interruptor del ADNPatricia Torres recuerda la Selectividad como un trámite para el que llevaba dos años preparándose. Por eso, antes de hacer los exámenes, estaba tranquila leyendo en lugar de repasar, como el resto de sus compañeros, y aun así, sacó la mejor nota de Cataluña (un 9,8). No era algo raro para ella. Se había saltado segundo de la ESO porque devoraba los libros de Ken Follet debajo del pupitre en clase y luego sacaba todo 10.Eligió cursar el doble grado de Biotecnología y Bioquímica y Biología Molecular en la Universidad Rovira i Virgili (URV), para el que había solo 10 plazas. “Si me pude pagar la carrera fue gracias a la beca del Ministerio de Educación. Me independicé por haber ahorrado todo lo habido y por haber”, aclara Torres. Tenía muchos intereses, pero no lo dudó: “Soy de ciencias”. Pero también era deportista, competía a escala nacional en judo. Lo hizo desde los 12 años hasta mitad de carrera y fue campeona de torneos nacionales e internacionales. “Mi objetivo era poder compaginar los estudios con el deporte de alto nivel”, explica esta investigadora de 27 años, pero el deporte profesional “no fue compatible” con su formación, lamenta.Gracias a sus ahorros pudo hacer un máster en Ciencias del Sistema Nervioso. Se mudó a Alicante para investigar en el Instituto de Neurociencias CSIC-UMH mientras cursaba, y ahora está haciendo un doctorado en Neurociencias con una beca de la Generalitat Valenciana. Allí alquila un piso con otras dos personas. De lo que más disfruta es del trabajo en el laboratorio, donde ha hecho cultivos celulares, cirugía en el cerebro de ratones y pruebas de conducta para evaluar cómo estos animales aprenden o si tienen memoria. “Siempre me ha gustado mucho trastear”, confiesa.Su proyecto de tesis doctoral está dedicado a la epigenética. “Es como un sistema de interruptor de encendido y apagado de ciertas partes del ADN”, explica. Concretamente, busca desarrollar una herramienta terapéutica de ingeniería epigenética para humanos que, sin necesidad de modificar la secuencia del ADN, haga que una zona esté más o menos activa, lo que podría tener aplicaciones al generar mejoras cognitivas en personas mayores.Lo que más extraña Torres de su vida adulta es su casa. Planea volver a Tarragona cuando termine y no sabe a qué quiere dedicarse. Echa especial de menos a su abuela, con la que vivió algunos años: “Sé que nunca me va a faltar el plato de comida en la mesa y que siempre me las voy a apañar. Lo que me pesa es estar lejos de ellos”. Kamal Hammu Mohamed, el médico que conoce España a través de su formaciónKamal Hammu Mohamed, mejor conocido por sus amigos como Kemel, recuerda a la perfección el día que le notificaron que había sacado la nota más alta de Melilla: “No me lo podía creer. Cuando le conté a mi familia, todos estaban muy felices. Mi madre, sobre todo”, rememora por videollamada con pasión y añoranza. El 9,650 que obtuvo en la Selectividad de 2016 le permitió una plaza en Medicina en la Universidad de Granada. De aquellos años de estudios, recuerda la presión, pero también las válvulas de escape: “Mis amigos estaban en las mismas y eran bastante aplicados. Cuando tienes otras personas que se implican contigo, eso lo pone más fácil”. Los primeros años en Granada fueron duros por la carga teórica. Lo mejor llegó con las prácticas hospitalarias, hasta que el cuarto año lo truncó la pandemia, que le hizo terminar la carrera en modo semipresencial.Después vino el MIR, un examen con 210 preguntas a contestar en cinco horas que pone a prueba todos los aprendizajes de la carrera que hace. “Te vuelves un poco loco”, confiesa Mohamed. Él lo pasó en el primer intento y consiguió una plaza como internista en el Hospital de La Fe en Valencia, un centro que le gustaba, aunque lo que más le cautivó fue la oportunidad de conocer otra ciudad, hablar con personas distintas y conocer otras culturas. Comparte piso, y lo solventa con su salario de 2.000 euros, entre el pago por ser residente y las guardias.La especialidad en Medicina Interna no es la más popular entre sus colegas, pero él, cuanto más la conoce, más convencido está de que es lo suyo: “Al final, lo que yo quiero es estar con los pacientes, ayudar a las personas y, aunque sea un área sacrificada, me siento muy satisfecho”. Ahora está en el cuarto año de residencia, con turnos matutinos entre semana y guardias cuatro veces al mes. Su familia lo visita de vez en cuando. Usa las tardes para pasear, salir con amigos e ir al gimnasio. Dice tener una vida bastante tranquila.Kemel se plantea mudarse al terminar la residencia para conocer otras partes de España, pero no tiene grandes certezas sobre el futuro. Reconoce que no le gusta mucho planear, sino vivir en el presente con una convicción clara: si vas tranquilo y le “echas las horas”, todo irá bien.Carlota García Barcala, la abogada multifacéticaCarlota García Barcala se enterará este mes de cuál será su próximo paso y su primer puesto como funcionaria. Desde que sacó la mejor nota en la Selectividad de Las Palmas de Gran Canaria (13,96), ha hecho de todo. Ahora, a sus 27 años, la abogada está en prácticas en la Subdirección General de Coordinación Jurídica, donde trabaja en la “elaboración y afinamiento normativo” del Ministerio para la Transformación Digital y de la Función Pública. “Siempre he tenido vocación de servicio público, lo traigo desde casa”, cuenta. Su madre es enfermera y su padre militar, vinculado al Servicio de Búsqueda y Salvamento Aéreo, y ambos son gallegos.Cuando se publicaron las notas de la Selectividad y la llamaban de las radios, su padre decía: “Esto simplemente es un paso más, estamos muy orgullosos, pero tiene todo un recorrido por delante”. Se mudó a Salamanca a estudiar Derecho con una beca de excelencia y se recibió con honores. Después se fue a Países Bajos donde hizo un máster de Justicia Penal Comparada en la Universidad de Leiden. Al volver, opositó para el Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado (CSACE) en Madrid, donde vive de alquiler con su pareja, que es policía nacional, en un estudio pequeño. De momento se quedan donde están para poder ahorrar. Él cubrió el coste mientras ella opositaba y sus padres le echaron una mano hasta que empezó a cobrar su salario. “En lo más inmediato, queremos disfrutar de lo que los dos hemos conseguido finalmente”, afirma García Barcala. Él es asturiano, y a veces charlan de que se ven viviendo en el norte. Dice que nunca ha tenido claro querer ser madre, pero tampoco está cerrada a ello, y cree que el funcionariado ofrece “muy buenas oportunidades de conciliación”.La canaria empezó a hacer crochet para distraer la cabeza mientras se preparaba para Selectividad. También forma parte del grupo de jóvenes del Museo Thyssen-Bornemisza. Dibuja desde pequeña, últimamente más con carboncillo. Como muchos otros que se acercan a la treintena, también incorporó salir a correr. Pensando en el futuro, tiene ganas de seguir formándose y no descarta viajar para representar a España en alguna institución internacional, aunque, como a otros de su generación, también le tira su tierra. “Me gustaría tener algo que me permitiera moverme, pero también echar raíces y estar cerca de los míos”.