Si se cumple lo que dicen las últimas encuestas, Colombia parece lista para elegir dentro de una semana la propuesta de gobierno más retardataria y peligrosa de la historia reciente. Más grave todavía que la propuesta es el personaje en el cual han decidido confiar los colombianos: un abogado de mafiosos y estafadores, una caricatura del más grotesco machismo latinoamericano, un violento de palabra que ha amedrentado como ha podido a los periodistas críticos y ha amenazado con “destripar” a los oponentes. Desde luego que también es un arribista un poco ridículo, pero eso en realidad importa poco; más importante es el oportunismo risible de este personaje que ayer se declaraba ateo y hoy llora en las iglesias, que ayer defendía la adopción gay y hoy lanza comentarios homófobos: porque se ha dado cuenta, con mucha astucia, de que en este país no hay forma del desprecio que no gane votos. Abelardo De la Espriella nos ha sugerido en todos los tonos que eso de los derechos civiles y las libertades individuales no es cosa que le inquiete; que eso de la desigualdad social o de la construcción de un país más solidario no va con él. E igual de importante, aunque no lo parezca, es su evidente voluntad de entregarse sin condiciones al gobierno de Trump: el que ha incendiado el mundo deliberadamente, el cómplice de los autoritarios y el paraguas de los genocidas, el que asesina a ciudadanos inocentes a la vista de todos, el que se ha montado sobre el racismo metódico y una xenofobia cuyas principales víctimas son latinoamericanas, el que vuelve a considerar que América Latina es una colonia, el que interviene militarmente y quita dictadores para cambiarlos por títeres, el que gira alrededor de la destrucción sistemática del orden internacional. Sí: ése es el régimen que admira Abelardo de la Espriella, y eso dice mucho. Sus genuflexiones retóricas, su obsequiosidad ridícula ante cada palabra de Trump y ese gobierno que, por una vez, no es exagerado llamar fascista: eso también debería preocupar a todo el mundo, porque de ahí salen algunas de sus propuestas recientes. Por ejemplo, la argucia barata –pero tan elocuente, pues delata toda una manera de entender el mundo– de sugerir que Colombia debería retirarse de los organismos internacionales. Ahora bien: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? No hay respuestas fáciles, a pesar de lo que sugiere todo el tiempo el fanatismo colombiano. Se podría hablar de muchas cosas. Se podría hablar, por ejemplo, de la imbecilidad programática de las nuevas tecnologías, que han reemplazado cualquier asomo de razonamiento adulto por infantilismos en serie: no creo que sea exagerado lamentarse de que tantos ciudadanos formen su opinión viendo dibujos animados de tigres fornidos o de monigotes con camiseta de futbolistas. Pero hoy quiero hablar de la responsabilidad inmensa que les cabe a Petro y a su gobierno en la posible catástrofe. Primero, por lo más evidente: De la Espriella es un invento de Petro, que lo infló de diversas maneras y luego ya no supo qué hacer con él, igual que cierta izquierda argentina infló a Milei para poder cortarle el camino a la derecha moderada de Macri. Y segundo, porque lo que ocurre ahora, la manera como miles de colombianos se han lanzado en brazos de ese espejismo extremista que representa De la Espriella, es lo que está recogiendo la izquierda radical después de cuatro años de gobernar desde su burbuja de sectarismo, arrogancia, demagogia, incoherencia y desprecio. Así es. En cierto sentido, la campaña de Iván Cepeda es víctima de la versión de la vida colombiana que el petrismo ha construido meticulosamente durante cuatro años. Han sido cuatro años de dividir a los ciudadanos, de inventar un país en el cual el único pueblo es el petrista y lo demás es una élite de esclavistas y asesinos, de insultar y agraviar y descalificar a los contradictores. Yo tengo para mí que ese relato simplón fue la manera que Petro encontró para poner a la gente a hablar de otra cosa: otra cosa que no fuera la corrupción que se comía el país bajo sus narices, ni la grosera incompetencia de sus funcionarios mediocres, ni la presencia en su gobierno de maltratadores, misóginos o predicadores evangélicos que desprecian a los gays y rechazan el derecho al aborto. Petro fue construyendo lentamente un gobierno que sólo gobernaba para quienes son capaces de perdonarle todo: el clientelismo desbocado, la corrupción rampante o el fracaso tan sonoro de su proyecto de paz, una irresponsabilidad que nos ha devuelto a niveles de violencia que ya habíamos superado. Durante esos cuatro años, Petro se dedicó con admirable constancia a justificar la desconfianza que siempre le ha tenido una buena parte del centro izquierda (o la izquierda moderada o la socialdemocracia: como la quieran llamar ustedes). No hablo sólo del desprecio que ha demostrado por la experiencia y el conocimiento, ni de su tendencia a premiar con cargos a los incompetentes o a los que corren la línea ética. Hace cuatro años pensábamos que llegar al poder con semejante responsabilidad –el primer gobierno de izquierda de la historia colombiana, como repiten quienes no recuerdan a un tal López Pumarejo– podía meterle en la cabeza que una cosa es la oposición y otra el gobierno, y que un presidente lo es de todos y no sólo de los suyos. Pero no lo entendió. Nunca se le ocurrió que no fuera buena idea, en un país que intenta cerrar las heridas de una guerra larga, hacer con tanta frecuencia el elogio del M-19. Nunca se le ocurrió que no fuera buena idea, tras haber jurado junto a Mockus y Claudia López que nunca propondría una Constituyente, convertir una propuesta de Constituyente en el eje final de su mandato. Y desde luego nunca se le ocurrió que no fuera buena idea, en una sociedad tan desconfiada, gritar fraude después de la primera vuelta y decir que no reconocía los resultados de la votación. Escribo desde la frustración, por supuesto. Son frustrantes la miopía y el tribalismo de estos líderes que tenemos, y es frustrante lo fácil que ha sido para De la Espriella llegar a donde está sin nada verdadero que ofrecer. Me corrijo: ofrece espectáculo, chabacanería, miedo y odio, y todo ese alboroto de luces y sonido –y de ruido y de furia– sirve para disimular la vacuidad de su propuesta. ¿La “Patria milagro”? Sólo un país muy envenenado o muy ingenuo puede creer que eso tiene alguna posibilidad de traducirse en realidad. No: si algo enseña la vida política es que no hay milagros. Hay negociación, hay lentas reformas, hay renuncias y concesiones, pero no parece que ninguno de estos conceptos pase por un buen momento en la Colombia de hoy. No sé qué vaya a pasar en una semana, pero sí sé que vienen cuatro años difíciles. Ahora recuerdo un verso y una frase de una novela. La frase la dice Simón Bolívar en El general en su laberinto: “Cada colombiano es un país enemigo”. ¿No es así como quieren tantos que nos veamos? El verso es de Sánchez Ferlosio: “Vendrán más años malos y nos harán más ciegos”. Mucho me temo que el próximo gobierno le va a dar la razón.