Los acantilados de Albuñol, en la Costa Tropical granadina, guardan entre sus paredes secretos que no todos conocen. A escasos metros de la carretera, la arena oscura y el Mediterráneo tropical crean entornos de desconexión y relajación: la Playa del Ruso y La Playilla. Ambas están custodiadas por paredes de roca y se caracterizan por su serenidad y su acceso caprichoso. La primera, marcada para siempre por la historia de un desertor soviético que encontró en ella su hogar. La segunda, un rincón íntimo y no muy conocido.

La Cala del Ruso

Aquí lo único que suena es el agua contra la roca. Pequeños manantiales se escurren sobre la superficie pedregosa de los impresionantes acantilados hasta encontrarse con el mar al llegar abajo. Durante su recorrido, el agua dulce libra una batalla constante contra el salitre mediterráneo, que también lucha por impregnarse en las formaciones calizas que custodian la Playa del Ruso. No hay sombrillas de colores, ni chiringuitos, ni el runrún de la música de fondo que persigue al bañista de costa en costa. Solo la inmensidad quieta del Mediterráneo.

Y no es difícil entender por qué el ruso eligió este enclave como hogar: aguas cristalinas y arena oscura en un entorno casi virgen, resguardado por enormes paredes a sus espaldas, que dotan a esta playa de una atmósfera sobrecogedora. Mide unos 200 metros de largo y unos 24 de ancho —dependiendo de las mareas—. Está ubicada en el municipio de Albuñol, en la Costa Tropical granadina, a escasos kilómetros de La Rábita.