A Adrián Bardón le gustaban las matemáticas desde niño. Se le daban bien. Durante el Bachillerato pensó en estudiar Física, después una ingeniería o Filosofía. Las letras también lo atravesaban, pero las opciones no le permitían conservar la otra mitad de sí mismo. “Sentía que si estudiaba Filosofía, iba a perder algo que me había acompañado toda la vida. Llevaba haciendo matemáticas desde los cinco años y de repente llegas a los 18 y tienes que abandonarlas para siempre”, cuenta este estudiante madrileño de 19 años. A cientos de kilómetros de allí, en el municipio granadino de Churriana de la Vega, a Ada Ortega le ocurría algo parecido, solo que desde el extremo opuesto. Por años, a esta joven de 18 años le atrajeron las humanidades, sobre todo la Filosofía; pero, cuenta, las personas de su entorno le advertían de las escasas oportunidades laborales de esa carrera. Ambos forman parte de la primera promoción del grado en Matemáticas y Filosofía de la Universidad de Córdoba (UCO), de cuatro años. Se trata de una titulación única en España que nació el curso que ahora termina con la ambición de romper la frontera entre las ciencias duras y las letras para formar a los profesionales del futuro. Para sus fundadores, el título responde a una demanda de perfiles híbridos en sectores científicos y tecnológicos. Profesionales formados en el análisis y la metodología de las ciencias, junto con la reflexión crítica de las humanidades. “Lo que hace falta es aprender a utilizar la inteligencia artificial con ética. En ese sentido, el papel de estos perfiles es fundamental y va a ser fundamental en los años próximos para fomentar su uso con rigor científico, ético y moral”, defiende Carmen Ruiz Roldán, decana de la facultad de Ciencias de la UCO.Fuera de España, la idea no es nueva. Universidades como Oxford, Yale o Stanford cuentan con programas similares. “Lo que hace este grado es reconocer algo que históricamente siempre estuvo unido”, comenta Rafael María Rubio, catedrático de la UCO y uno de los profesores responsables de la titulación. De acuerdo con él, se trata más bien de una división moderna. “Las matemáticas y la filosofía han dialogado desde sus orígenes. La lógica es un puente natural entre ambas”, detalla este especialista en Geometría y Topología con más de 20 años de experiencia. La propuesta ha tenido gran acogida. La facultad de Ciencias ofertó 60 plazas en su primer curso. Se matricularon 59 estudiantes. La única vacante, sostiene la decana, fue producto de cuestiones administrativas relacionadas con el sistema de adjudicación de plazas universitarias andaluzas y no por falta de público. Ruiz Roldán comenta que, incluso, hubo graduados universitarios y personas con otras titulaciones que intentaron acceder y se quedaron fuera. En 2025, año de su fundación, su popularidad se extendió rápidamente hasta varios puntos de España. Una parte significativa del alumnado de primer curso procede de fuera de Andalucía. Algunos se trasladaron desde Madrid, otros desde Canarias, Barcelona o Valladolid. Como Adrián, uno de los madrileños.Cuenta que descubrió la titulación de manera accidental durante un torneo de debate universitario. Escuchó a otro joven mencionar que iba a matricularse en este grado y se quedó con la idea rondándole la cabeza. “Cuando oí por primera vez que existía el grado, pensé que quien lo estaba contando se había confundido”, recuerda. Meses después, hizo las maletas.Ada, la estudiante granadina, recuerda que la primera vez que oyó hablar de la titulación fue en una de esas fiestas tradicionales donde las decisiones importantes de la vida se pronuncian entre ruido, gente y música. “Me enteré por un chiquillo en las hogueras de San Juan de mi pueblo. Un amigo suyo quería estudiar el grado”, cuenta ahora, en lo que ya es su facultad, un refugio de piedra y sombra ante el inclemente sol cordobés.El edificio parece resistir el tiempo con una mezcla de solemnidad y juventud: paredes habitadas por pinturas, diseños y grafitis. En ellas aparecen pensadores antiguos y rostros más modernos. Destaca un Einstein gris, de medio rostro descompuesto en vectores geométricos. A su alrededor, un fondo colorido despliega redes de conexiones, axones y dendritas; a su lado, cifras numéricas y letras del alfabeto latino.Ada y Adrián dicen, entre risas, que se han convertido en una especie de embajadores del grado y que su singularidad ha generado un inesperado efecto multiplicador. “Al final, cuando hablamos con nuestras familias y nuestros amigos, ellos también se lo cuentan a otras personas”, señala el joven. “¿Tu hijo qué estudia?”, cuenta que le preguntan a sus padres. Y la respuesta provoca inevitablemente una segunda pregunta: “¿Matemáticas y Filosofía? ¿Y eso qué es?”.Las asignaturas también reflejan la mezcla. La mitad de los 240 créditos corresponde a Matemáticas y la otra mitad, a Filosofía. Los estudiantes cursan Álgebra, Análisis Matemático, Geometría y Topología, junto a Historia de la Filosofía, Ética, Pensamiento Crítico y Estética. Pero también aparecen materias situadas en la intersección de ambos mundos: Lógica, Epistemología, Filosofía de la Ciencia, Filosofía de la Computación, Ética de la Inteligencia Artificial o Filosofía de las Matemáticas. Los docentes describen alumnos especialmente curiosos y con interés por ambas disciplinas. “No percibo estudiantes que rechacen una de las dos partes”, afirma Rafael Cejudo, catedrático de Filosofía. “Puede haber quien tenga más afinidad por las matemáticas o por la filosofía, pero existe una curiosidad genuina por entender ambas”, continúa este especialista en ética y filosofía política. “Como diría Platón en su Academia, que no entre nadie que no sepa geometría”.Antes de la creación de este título, al que se accede con un 5, Córdoba no contaba con un grado específico de Matemáticas ni con uno de Filosofía. Para muchos docentes, la puesta en marcha ha supuesto la oportunidad de impartir sus disciplinas en un contexto diseñado específicamente para ellas. “Los profesores están muy ilusionados con este proyecto y se nota”, afirma Adrián. “Hay una implicación emocional. No es un grado cualquiera para ellos”.Una necesidad en un mundo tecnológicoAunque desde la universidad defienden su creación con el argumento de que la sociedad y las empresas tecnológicas necesitan y necesitarán estos perfiles, muchos de los estudiantes no sueñan con trabajar diseñando, moldeando o testeando modelos de inteligencia artificial. Más bien al contrario. Les preocupa el modo en que muchas personas delegan procesos intelectuales en sistemas automáticos. “Hay gente incapaz de abordar una reflexión por sí misma”, lamenta Adrián. “No solo un problema matemático, también cuestiones personales o sociales”, reclama la alumna. “Yo estoy aquí porque me gusta hacer filosofía. Si las hace la máquina por mí, pierde la gracia. Por ahora no me ha interesado trabajar con IA”, dice Ada. Los profesores, sin embargo, consideran que es ahí donde reside una de las principales fortalezas de esta formación. Defienden la posibilidad de los graduados, poco habitual, de moverse simultáneamente en dos planos. “Podrán comprender el mundo cuantitativo y el cualitativo. Entender cómo funcionan los modelos matemáticos y al mismo tiempo analizar críticamente sus consecuencias”, subraya Rafael María Rubio.Las empresas tecnológicas reclaman profesionales capaces de comprender fenómenos sociales. Los investigadores trabajan en equipos multidisciplinares. La industria de la inteligencia artificial, de la que se espera que reduzca numerosos puestos de trabajo, recluta filósofos, un colectivo que tradicionalmente no se consideraba fácilmente empleable fuera de la academia. Pilar Llácer, doctora en Filosofía con especialización en Ética e Inteligencia Artificial, defiende que existe actualmente una revalorización de esta disciplina. “La eterna interrogante que se nos ha hecho a los filósofos es para qué sirve la filosofía. Sirve para algo esencial: saber pensar, desarrollar pensamiento crítico, sobre todo ahora, ante los desafíos de la inteligencia artificial”, señala. En esa línea, afirma que estos perfiles empiezan a abrirse paso en sectores tecnológicos: “Se están incorporando cada vez más, especialmente en un ámbito profundamente vinculado a la filosofía, como es el de la ética”.Dos de los principales laboratorios de IA, Google DeepMind y Anthropic, los han incorporado. Y en el caso de esta última, la filósofa escocesa Amanda Askell se ha convertido en uno de los rostros más reconocibles de la compañía. Para Adrián, su futuro y lo que haga en él aún es un misterio: “En cuatro años puede cambiar mucho la vida. Como esta es la primera vez que ocurre en España, quién sabe dónde estaremos cuando terminemos”.