El dúo Cabello/Carceller expone en Tenerife una relectura de la historia protagonizada por las vidas de trans y otros expulsados del relato hegemónico, que regresan para poner en duda sus certezas

En nuestra época de fiebre memorialística, pocas operaciones están más consensuadas en el arte que el rescate de los cuerpos y voces que quedaron fuera de la historia. Todo muy necesario. Hasta que esa reparación empieza a funcionar con otro sesgo, otra forma de orden, trivial, masculino, que de nuevo deberá quedar sometido a cuestión. El trabajo de Cabello/Carceller está muy lejos de esa preocupación. Su ambigüedad cuidadosamente sostenida genera, incluso en sus momentos más manieristas, más respeto que sospecha.

Queda demostrado en las piezas reunidas en el TEA de Tenerife, bajo el comisariado de su director, Sergio Rubira. Su léxico visual, barroco y excéntrico, se alimenta de dos viejas parábolas que acompañan la imaginación de muchas mujeres artistas. Una es la cueva. No la caverna platónica, con sus sombras engañosas, sino una guarida secreta a la que se desciende para escuchar el saber oscuro enterrado en ella. La otra es el bordado, esa tarea inocente que mantuvo ocupadas las manos femeninas mientras otros fijaban la historia y que terminó siendo una práctica de resistencia a una cultura que fabrica olvidos con la misma dedicación con que levanta monumentos.