Ocurrencias que se jalean —sonrisa más o menos condescendiente incluida— a un Joyce en literatura o a un Duchamp en las artes plásticas (por citar a dos de sus contemporáneos), en Arnold Schönberg provocan que muchos lleven rasgándose cansina y cínicamente las vestiduras desde hace décadas. Es como si se resistieran a aceptar a estas alturas lo que el propio austríaco denominó “la emancipación de la disonancia”, que él mismo ideó, auspició y ejecutó, incidiendo en que la “comprensibilidad” de esta última había de ser idéntica a la de la consonancia. Renúnciese a un centro tonal, elimínese toda jerarquía en la escala cromática, trátense las disonancias como si fueran consonancias: no cabe mayor democratización de la composición musical, sometida durante siglos a rígidas reglas y, en consecuencia, prohibiciones. Schönberg, al tiempo que se sentía heredero de una gloriosa tradición, y que tenía a Bach por poco menos que su padre espiritual, entendió que su revolución igualitaria era justamente lo único que podría perpetuar ese soberbio linaje secular austroalemán del que jamás quiso dejar de formar parte.El profeta Schönberg predicó su nuevo evangelio hace más de un siglo, pero sigue siendo aún objeto de críticas feroces y falaces, olvidando, además, que no hay uno, sino muchos Schönberg, tal como queda plasmado in nuce en este álbum que acaban de publicar los Berliner Philharmoniker con su actual director titular en su propio sello, dibujando una larga travesía que arranca en el siglo XIX (Noche transfigurada) y se dilata hasta el fatídico año de 1936 (Concierto para violín). Por aquel entonces, el vienés, que había tenido que abandonar precipitadamente Berlín pocos meses después de la llegada de Hitler al poder, ya se había convertido en una de las bestias negras del inane programa cultural del régimen nazi, que le concedería dos años después un lugar de privilegio en Música degenerada, la chapucera exposición perpetrada en Düsseldorf por el mediocre Hans Severus Ziegler, un oscuro funcionario que dio en el blanco, eso sí, en el subtítulo que figuraba en la cubierta del infame panfleto que escribió para acompañar la muestra: Un ajuste de cuentas (Eine Abrechnung). Pero con Arnold Schönberg no hay ninguna cuenta que saldar: hace falta simplemente entenderlo, a él y a su misión, que él revistió con frecuencia de tintes mesiánicos y en la que siempre conviven, en porcentajes cambiantes, los dictados de corazón y cerebro, una dicotomía que sirvió de título a una conferencia muy tardía, de 1946, y que se publicó inicialmente como parte de The Works of the Mind, un volumen editado por Robert B. Heywood para The University of Chicago Press el año siguiente. Las reflexiones de Schönberg, plagadas de ejemplos extraídos de sus propias obras, se cierran con un párrafo lapidario a modo de andanada: “Pero podría empezar a sospecharse de la sinceridad de unas obras que nos muestran incesantemente su corazón; que exigen nuestra conmiseración; que nos invitan a soñar con ellas con una belleza vaga e indefinida y con emociones infundadas y sin fundamento; que exageran debido a la ausencia de patrones fiables; cuya simplicidad es carencia, escasez y sequedad; cuya dulzura es artificial y cuyo atractivo se limita únicamente a la capa más externa de lo superficial. Tales obras demuestran únicamente la completa ausencia de un cerebro y revelan que este sentimentalismo tiene su origen en un corazón muy pobre”.Dos décadas antes, en 1925, Schönberg fue nombrado el sucesor de Ferruccio Busoni en la Academia Prusiana de las Artes en Berlín: palabras mayores. En la capital alemana dirigiría Wilhelm Furtwängler tres años después el estreno de sus Variaciones op. 31 a la misma orquesta que las toca ahora —con una perfección técnica entonces impensable— bajo la dirección de Kirill Petrenko, heredero de un puesto que ocuparon antes que él Simon Rattle, Claudio Abbado, Herbert von Karajan y el propio Furtwängler. El ruso encarna a la perfección en nuestro tiempo, dentro de su oficio, ese difícil equilibrio, inevitablemente desigual, entre corazón y cerebro. Estudioso incansable, perfeccionista a ultranza, alérgico a micrófonos y cámaras (al contrario que Rattle), con su carisma protegido por cien llaves (en contraposición a Abbado), cercano y humilde con sus músicos (en el extremo opuesto de Karajan) y celoso de no perder el control un solo momento (una actitud antagónica respecto de Furtwängler), estos discos revelan que la música de Schönberg debe de ser para él un territorio natural, propicio al análisis, a la transparencia (las notas que se corresponden con el apellido de B-A-C-H, perfectamente audibles en las Variaciones op. 31, al igual que la inmensa complejidad contrapuntística de la Sinfonía de cámara op. 9), a la milimétrica planificación dinámica (Noche transfigurada, que ilustra musicalmente un poema de Richard Dehmel sobre una pareja que camina en medio de la noche y que se escucha aquí en la segunda versión para orquesta de cuerda de 1943), al desentrañamiento paciente de su complejidad (el Concierto para violín, exigentísimo por igual para director, solista y oyente) o a la plasmación de su común ascendencia judía (la inconclusa La escala de Jacob). Parecen pintiparadas para Petrenko las palabras con que Balzac describe a Wilfrid, un personaje de Séraphita, una novela muy admirada por Schönberg, que llegó incluso a inspirar una obra escénica que se quedó en proyecto: “Su estatura era mediocre, como la de casi todos los hombres que descuellan por encima de los demás; tenía el pecho y los hombros anchos, y el cuello corto, como el de aquellos cuyo corazón debe estar cerca de la cabeza”. Aquel proyecto acabaría transformándose precisamente en el oratorio incompleto de Schönberg, y en Balzac leemos también: “De entre los seres superiores, tan solo los espíritus preparados para la fe perciben la escala mística de Jacob”. ¿Será Kirill Petrenko uno de ellos?Como es habitual, Berliner Philharmoniker Recordings presenta los tres discos y el Blu-ray de esta edición (todas las tomas proceden de interpretaciones en vivo realizadas entre 2019 y 2024, que pueden tanto verse como sólo escucharse) en un formato apaisado, con mucho que leer en el sustancial librillo que la acompaña y un diseño gráfico encargado en esta ocasión al artista estadounidense Peter Halley. El 29 de septiembre de 1927, Schönberg escribió en una hoja suelta: “Corazón y cerebro. Hace tan solo veinte años, el público aún escondía la cabeza del artista bajo la arena para poder ignorar su verdadero valor. ¿Será capaz él ahora de volver a mantener la cabeza alta? Difícilmente lo harán las verdaderas cabezas, por más que volviera la moda de las cabezas, que lo dudo. ¡De alguna manera, serán sin duda de nuevo los corazones los que hagan latir con más fuerza a los corazones!”. Lo cual se emparenta inevitablemente con lo que anotó Ludwig van Beethoven poco más de un siglo antes al comienzo del manuscrito de su Missa Solemnis: “Salida del corazón, ¡ojalá pueda volver al corazón!”.Arnold SchönbergBerliner PhilharmonikerDir.: Kirill Petrenko3 CD y 1 Blu-ray
Arnold Schönberg, corazón y cerebro
Los Berliner Philharmoniker y Kirill Petrenko invitan a recorrer los diversos avatares estéticos del compositor austriaco en un álbum modélicamente concebido y presentado











