La Convención de las Naciones Unidas sobre el Genocidio aprobada en 1948 especifica cinco actos que constituyen este crimen cuando se cometen con la intención de destruir, totalmente o en parte, a un grupo. Los dos primeros abarcan los asesinatos en masa y los daños físicos o mentales de gravedad. El cuarto y el quinto tienen que ver con la interrupción de la continuidad biológica de un grupo. La tercera consideración (…) prohíbe “imponer deliberadamente al grupo unas condiciones de vida calculadas para provocar su destrucción física”. Es decir, las formas indirectas de matar, que no golpean frontalmente a los seres humanos, sino el entorno en el que viven. Para que las “condiciones de vida” sean adecuadas hacen falta edificios, hospitales, infraestructuras sociales, redes de alcantarillado y de suministro de agua, la red eléctrica y la agricultura. La destrucción o degradación intencionada de esas estructuras disminuye la capacidad de sobrevivir de una población y, por consiguiente, es una forma de aniquilación lenta y tortuosa.La idea de que el entorno construido determina las condiciones de vida de un grupo evoca la concepción de la arquitectura del movimiento moderno, que imperaba cuando el jurista judío polaco Raphael Lemkin acuñó y definió el término “genocidio” en su libro de 1944 El dominio del Eje en la Europa ocupada. (…) Lo definió como el acto que busca “la destrucción de los fundamentos esenciales de la vida de los grupos nacionales”. Tenía en mente cómo, para los nazis, los guetos judíos y los campos de trabajo forzado habían sido medios de exterminio lento e indirecto. Pero también era consciente de que ese modo de destrucción tenía un origen colonial. Aunque en todos los territorios colonizados se cometieron masacres directas, el método más frecuente para aniquilar a los pueblos indígenas ha consistido en las matanzas lentas e indirectas. Las poblaciones sometidas, despojadas de sus hábitats ancestrales, separadas de la tierra que las sustentaba y en la que practicaban sus rituales y encerradas en reservas, acababan aniquiladas y, por tanto, las mejores tierras quedaban a disposición de los colonos europeos.Dos años y medio después del 7 de octubre de 2023, la mayor parte de la Franja de Gaza —ciudades, campos de refugiados, escuelas, universidades, mezquitas, infraestructuras sanitarias, la agricultura, los pozos y el propio suelo— está destruida y contaminada por las bombas, la artillería, los proyectiles de los tanques y las minas. (…) La ola de destrucción se inició en los muros del perímetro de Gaza, avanzó hacia el interior y empujó a los palestinos hacia enclaves que el ejército israelí denominó “zonas seguras” y “zonas humanitarias”, aunque nunca fueron ni lo uno ni lo otro. Eran zonas costeras abarrotadas, como Al Mawasi, con sus áridas dunas de arena, que no tenían alojamientos, instalaciones sanitarias ni otros servicios, y sufrían bombardeos y ataques continuos. Las excavadoras convirtieron las fértiles tierras agrícolas del este de Gaza en un desierto monocromático de cemento gris triturado, mezclado con la tierra amarillenta de la zona. Ciudades enteras como Rafah, pueblos como Beit Hanun y campos de refugiados como Jabalia quedaron arrasados. Cuando los edificios caen bombardeados o destruidos por excavadoras, los restos —plásticos, cables, disolventes, aislantes, amianto— rezuman sustancias químicas tóxicas que entran en el suelo. Algunas bombas penetran bajo tierra antes de explotar y emiten metales pesados o metaloides —como uranio, plomo y arsénico— a gran profundidad. Muchas de estas sustancias tardan en descomponerse y forman parte del terreno durante décadas. Un paisaje que estaba habitado se convierte en lo que un antiguo general israelí, Giora Eiland, describió como un lugar “en el que ningún ser humano puede existir”.Lemkin comprendió que entre las condiciones de vida no solo había que incluir las infraestructuras que permiten la existencia biológica, sino también la continuidad social y cultural: los edificios religiosos, las escuelas, las bibliotecas y los lugares que forman el patrimonio. En Gaza, también han destruido sistemáticamente la mayoría de ellos. La Convención sobre el Genocidio de 1948 no incluyó el “genocidio cultural” que proponía Lemkin. (…) Las grandes potencias imperiales como Gran Bretaña, Francia, Bélgica y Países Bajos, que en aquella época estaban tratando de sofocar los levantamientos anticoloniales, querían que la definición de genocidio no pusiera límites a sus actividades. Los Estados nacidos de asentamientos coloniales —Australia, Estados Unidos y Canadá—, que habían destruido el patrimonio material, la cultura y la lengua de los pueblos indígenas, también se opusieron. Sin embargo, cuando hablamos de supervivencia de una nación, no se pueden separar la vida cultural y la vida biológica. En Gaza, la destrucción sistemática del medio ambiente —los campos, los recursos hídricos y el sector pesquero— eliminó las posibilidades de alimentarse de la sociedad. Los ataques contra las escuelas y las mezquitas hicieron que tuvieran menor capacidad de organizarse y ayudarse para mitigar los peores efectos de la escasez y, por consiguiente, contribuyeron a agravar la hambruna. La destrucción de uno de los dos ámbitos agudiza los daños causados en el otro.El 13 de octubre de 2023, seis días después del ataque de Hamás contra los asentamientos y las bases israelíes en los alrededores de la Franja, Israel ordenó la evacuación de la ciudad de Gaza y empujó a los palestinos del norte de la región hacia el sur, a la frontera con Egipto. (…) Muchos palestinos se acordaban de las consecuencias del desplazamiento masivo de 1948 y no quisieron abandonar sus hogares. Se quedaron entre las ruinas de la ciudad de Gaza a pesar de los bombardeos y de carecer de ayuda. Egipto estrechó la vigilancia de la frontera y se negó a dejar pasar a los gazatíes en su conjunto; solo permitió la entrada a quienes pudieran pagar unas sumas exorbitantes. Viendo que era imposible lograr su propósito, Israel intentó concentrar a los palestinos en una parte cada vez más reducida de la Franja hasta que llegara la siguiente oportunidad de desplazamiento. La destrucción total que llevó a cabo fuera de esos lugares tenía como objetivo impedir que regresaran a las zonas de las que se les había expulsado. (…)El “alto el fuego” actual entró en vigor el 10 de octubre de 2025. Tal como se estipulaba en él, Gaza quedó dividida en dos zonas por una línea amarilla y dejaba en manos del ejército israelí el control del 54% de Gaza. En diciembre, Israel ya había movido la línea hacia el oeste de forma unilateral, de manera que la superficie bajo su control pasó a ser el 58%. Eyal Zamir, jefe del Estado Mayor de Israel, dijo que la línea amarilla era la “nueva frontera” entre Israel y Gaza.En el grupo Forensic Architecture [colectivo interdisciplinar, entre el arte y el activismo, que ha investigado desde desapariciones en México hasta el uso de armas químicas en Siria] hemos descubierto un nuevo terraplén construido siguiendo gran parte del trazado de la línea amarilla, así como siete nuevos puestos avanzados de las fuerzas armadas. Uno de ellos se construyó sobre un cementerio. (…) En los últimos meses se han asfaltado tanto los recintos como las carreteras que llegan a ellos. Se han levantado postes eléctricos y se han iluminado las carreteras. (…) Da la impresión de que las bases ya no son las instalaciones provisionales que refleja el plan de alto el fuego de Trump, sino unos instrumentos de ocupación permanentes. (…)Al oeste de la línea amarilla, gobierna Hamás. Los supervivientes habitan entre las ruinas o en enormes campamentos. El frío invernal ha provocado muertes por hipotermia, especialmente entre los bebés. El verano, con temperaturas que superan los 40 grados, está a punto de llegar. En veranos anteriores ha habido niños asfixiados en casamatas hechas con láminas de plástico o con techos improvisados de hojalata, puesto que no se permiten las construcciones permanentes. Los charcos son criaderos de mosquitos; en los vertederos se amontonan las basuras; las aguas residuales corren libremente y hay roedores por todas partes. (…) Aunque se han restablecido algunos servicios médicos, gracias a los esfuerzos del personal sanitario palestino y las ONG internacionales, el sistema de salud casi no funciona. (…) Como Israel sigue controlando la cantidad de ayuda que puede entrar —se suspendió temporalmente en marzo cuando comenzó el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán—, todavía determina cómo son las condiciones de vida. Quiere que los palestinos se marchen o mueran poco a poco. Aun así, los vídeos de Gaza muestran a personas que cocinan en fogatas comunitarias, dan clase en escuelas al aire libre y presentan tesis en unas universidades que se han quedado sin sus edificios. (…)Mientras tanto, se proponen elaborados planes de desarrollo para ocultar la realidad de que la destrucción de la vida palestina en Gaza sigue adelante; la Franja es terreno fértil para unos políticos que, en realidad, son especuladores inmobiliarios. El 4 de febrero de 2025, durante el alto el fuego de dos meses declarado tras la segunda toma de posesión de Trump, el presidente hizo el anuncio inesperado de que Estados Unidos “iba a hacerse cargo de la Franja de Gaza”. Gaza, explicó, tenía “una ubicación estupenda…, al borde del mar, el mejor clima”, e iba a ser la “Riviera de Oriente Próximo”. Hasta entonces, Estados Unidos había pasado de puntillas por la destrucción del territorio. No por ninguna preocupación humanitaria, sino porque, al afirmar que Gaza era una “zona de demolición”, estaban diciendo que, para emprender su desarrollo urbanístico, era imprescindible una evacuación total. Iban a animar a los palestinos concentrados en la zona de la costa a marcharse a algún otro “lugar agradable”. Las promociones inmobiliarias forzarían el desplazamiento de la población que no había logrado el ejército israelí durante la guerra. (…)El alto el fuego de octubre de 2025 ofreció la oportunidad de poner el proyecto al día. (…) Jared Kushner presentó los planes arquitectónicos de la Junta de Paz en el Foro Económico Mundial de Davos. El Proyecto Sunrise plasmaba con detalle la idea demencial de la Riviera, con imágenes digitales de 180 rascacielos de lujo y, detrás de ellos, siete zonas de promociones residenciales y polígonos industriales, separadas por grandes carreteras que seguían el trazado de las vías militares construidas por Israel desde octubre de 2023 para dividir Gaza en secciones controlables. Más al este, estaría la zona de separación, disfrazada de terreno agrícola. (…) Para el Gobierno israelí, la reconstrucción ofrece una ventaja estratégica. Los grandes proyectos urbanísticos tardan años en completarse. Dado que Israel tiene el control absoluto de los puestos fronterizos y las terminales y de cada camión de cemento y material de construcción que entra en Gaza, puede arreglárselas para que el “proyecto” de reconstrucción se eternice. La imagen de unas torres de lujo construidas sobre fosas comunes, con decenas de miles de personas seguramente enterradas bajo los terraplenes, es la encarnación de la lógica del genocidio en el siglo XXI. Ahora, el Gobierno israelí espera, en palabras del exministro Ron Dermer, que “lo que no han conseguido dos años de guerra lo consigan las fuerzas del mercado”. Aunque contradiga el sentido común, es posible que sea la arquitectura la que consiga eliminar la vida palestina en Gaza. (…)En enero, los investigadores de Forensic Architecture detectaron unas obras en una zona de un kilómetro cuadrado, rodeada por varios puestos militares, en el lado de la línea amarilla controlado por Israel, justo al este de las ruinas de Rafah. Un documento filtrado del ejército de Estados Unidos reveló que aquel era el proyecto piloto de un programa denominado Comunidades Seguras Alternativas, que ofrecerá alojamiento a decenas de miles de palestinos —que antes hayan renegado de Hamás— en comunidades de viviendas modulares. (…) Este tipo de casas, y no las viviendas de lujo y una Riviera, es lo máximo a lo que pueden aspirar los palestinos con los planes de reconstrucción. Los residentes entrarían y saldrían del campamento vallado a través de unos puestos de control dotados de sensores biométricos. El plan también propone ayudas para “los residentes que deseen viajar al extranjero”.Ninguno de estos proyectos ha tenido en cuenta a los urbanistas y arquitectos palestinos, pese a que han presentado varios planes de reconstrucción. Uno de ellos, Phoenix Gaza Initiative, es obra de la Unión de Municipios de la Franja de Gaza, en colaboración con arquitectos palestinos de allí mismo y de la diáspora, y se basa en “las relaciones sociales y espaciales que persisten en Gaza”. Se reconstruirán, casa a casa, los barrios y campos de refugiados borrados del mapa —algunos de los cuales, como Rafah y Jabalia, son centros históricos de la identidad nacional palestina—, después de establecer con sumo cuidado la propiedad de la tierra arrasada. Durante el proceso, se alojaría a cada familia cerca del lugar en el que estaba su hogar demolido y las comunidades participarían en la reconstrucción.Los planes de reconstrucción impuestos a los palestinos con el propósito implícito de destruir la vida palestina en Gaza son la muestra de por qué Lemkin reservaba un hueco a la arquitectura en su concepción del delito de genocidio. Él sabía que la forma de organizar el espacio de un pueblo es una manifestación de su historia y su estructura social. “El genocidio tiene dos fases”, escribió. La primera incluye “la destrucción del modelo nacional del grupo oprimido”, lo que en Gaza se consiguió con los devastadores bombardeos de Israel. La segunda consiste en que el opresor impone su propio diseño; por ejemplo, estos planes de reconstrucción para Gaza. “Esta imposición”, escribió, “puede afectar a la población oprimida autorizada a permanecer o solo al territorio, después de expulsar a los habitantes y de que los ciudadanos del país opresor colonicen la zona”.