Los vínculos entre el arte tradicional y el cine se remontan al inicio de este último. Más allá de las formas de producción –industrial privada o nacional, incluso por esfuerzos individuales–, diseño de ambientes, vestuarios, incluso la apariencia de personajes fantásticos, produjeron verdaderos íconos culturales. Podemos citar dos ejemplos. En 1926 Fritz Lang filmó Metrópolis, donde el personaje del robot femenino fue producto de la creatividad del escultor alemán Walter Schulze-Mittendorff. Ya en 1978, Ridley Scott filma Alien, la primera de la franquicia, con la participación de más de doscientos artistas y artesanos, con el xenomorfo alienígena concebido por el artista suizo Hans Ruedi Giger (H.R. Giger). Ambas figuras hicieron posible la película, o mejor: fueron esencia de las mismas. En la industria cinematográfica es tradición el uso del storyboard, una historieta de los planos básicos de todo el film. Algo que permite convencer a los inversores del proyecto como gestionar la filmación de manera eficiente respecto al presupuesto. Incluso, a la manera de Alfred Hitchcock, derivar las escenas sin actores principales al trabajo de otros directores.

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