A los 88 años, en paz y en su casa de Londres, ha muerto David Hockney. Nació en Bradford en 1937, en una familia de clase trabajadora, pintaba desde los tres años y fue la estrella universitaria de su promoción. Británico de pura cepa, amaba los poemas de amor de Walt Whitman y vendió uno de sus primeros cuadros al fotógrafo y diseñador Cecil Beaton. Condecorado por la reina Isabel II, admirado por el rey Carlos III, hizo de la pintura de colores brillantes y luz radiante un universo glorioso de paisajes incandescentes, piscinas felices y retratos pop.Amaba la vida y fumaba sin parar, hasta se permitió firmar una publicidad en defensa del cigarrillo. Con el aspecto de un inglés respetable y formal, la sonrisa siempre en primer plano, Hockney fue, sobre todo, un hombre libre. Se declaró gay en los años tempranos sesenta, cuando el prejuicio, la historia y la ley condenaban la homosexualidad. Estudiante del prestigioso Royal College of Arts de Londres, nada ni nadie callaron la voz y la explosión de su pintura patentada en esa obra formidable que es The Bigger Splash (1967). Ya en 1961 su obra cosechaba admiradores, pintaba con acrílico y una base plástica que le otorgaba un toque superficial deliberado y colores más saturados. Era todavía un estudiante cuando decidió cortarse el pelo con el modelo taza llamando la atención de sus amigos cultivando esa mezcla de provocador y perfeccionista. Ese año viajó a Nueva York y al ver una publicidad de Clairol con la leyenda “¿Es cierto que las rubias se divierte más?” volvió a Londres teñido de rubio.David Hockney, en París, un paradigma del color, la alegría y la capacidad de reinvención