Alcalá de Henares no se puede entender sin Miguel de Cervantes. El abrazo entre la ciudad madrileña y el escritor es tan perenne como el que se dan Don Quijote y Sancho Panza en la icónica estatua de la calle Mayor de la localidad, escenario de innumerables fotos de los turistas que llegan a Alcalá atraídos por el manco de Lepanto. Al final de esa vía, adornada con soportales y salpicada de historia, había otra parada obligatoria para el visitante cervantino: un mural enorme que decoraba uno de los laterales de la llamada casa Tapón y que mostraba la lucha del ingenioso hidalgo con sus grandes enemigos: los molinos. Una obra que ya nunca más podrá verse, porque el Ayuntamiento de Alcalá de Henares ha decidido destruirla, culminando más de una década de inacción por cuidarla y restaurarla.

Pero antes de seguir, retrocedamos unos años en el tiempo. Nos colocamos en 2008, cuando Omar Duclós, intendente de la ciudad argentina de Azul escribió al alcalde complutense para que impulsara el hermanamiento entre ambas ciudades. ¿El motivo? El vínculo cervantino que había entre ambas. La localidad argentina, cercana a Buenos Aires, posee una de las colecciones privadas de ediciones de Don Quijote de la Mancha más importantes fuera de España, y quería sellar ese hermanamiento con la ciudad que vio nacer al escritor.