El palacete de Cortiguera, una pieza singular del paisaje urbano santanderino relegada durante décadas a la degradación, ha encontrado en Okuda San Miguel un inesperado salvavidas. Donde las administraciones no han logrado consensuar un uso, el artista plantea convertirlo en el Museo del Kolor, un proyecto que ya ha logrado lo que parecía imposible: devolver el foco sobre un edificio olvidado.La escena que ha rodeado la presentación este jueves en Santander ya ha contenido esa carga simbólica. Los jardines, hasta ahora invadidos por la maleza, han aparecido limpios y abiertos, atravesados por las voces de un colegio cercano. Ha sido la imagen de un espacio que empieza a reactivarse después de 30 de abandono institucional, una situación que el propio Okuda no ha esquivado. “Me parece sorprendente que en el centro de una ciudad esté abandonado tanto tiempo un espacio así”, ha admitido.El origen del proyecto ha sido casi intuitivo, más cercano al impulso creativo que a la planificación estratégica. “Ha pasado por aquí y un amigo me lo ha enseñado. He sentido ese enamoramiento arquitectónico”, ha relatado. Esa primera impresión ha derivado en una llamada a su equipo: “Creo que aquí hay que hacer algo”. Dos años después, esa idea inicial se ha traducido en el esbozo de un museo que aspira a reunir la colección de arte contemporáneo internacional acumulada por el artista durante tres décadas. Pero el Museo del Kolor ―nombre provisional que, como reconoce el propio Okuda, “puede cambiar”― es todavía una construcción en proceso. No hay un proyecto museográfico definido, ni un plan arquitectónico cerrado, ni un calendario firme. “Esto ha sido la primera propuesta”, ha insistido el artista, que ha admitido que el resultado final dependerá de condicionantes técnicos y del propio edificio, protegido y sujeto a fuertes restricciones.La indefinición no esconde, sin embargo, la ambición de la iniciativa. Okuda imagina “un espacio cultural lleno de luz y color, con las puertas abiertas para todo el mundo”, con residencias artísticas, proyectos sociales y un intercambio constante. El relato conecta con su trayectoria: “Yo he empezado en fábricas abandonadas y en lugares que no han tenido vida, pero que para mí han sido grandes tesoros”. Cortiguera aparece así como una extensión lógica de ese origen, un nuevo capítulo en la resignificación de espacios olvidados.Donde el artista ha aportado narrativa y visión, la fundación que impulsa el proyecto, Coloring the World, introduce los elementos clave ―aunque aún incompletos― de su viabilidad. Según ha explicado su presidente, Óscar Sanz, el edificio se explotará mediante “una concesión de derecho de uso durante 25 años, con una posibilidad de adquisición en los tres primeros”. El proceso, en cualquier caso, será largo. La rehabilitación, cuyo coste se sitúa de partida en varios millones de euros, marca un horizonte que el propio Sanz define con cautela: “Nos planteamos el año 2030 como un objetivo”. Antes, habrá que afrontar estudios técnicos, obras complejas y una negociación constante con las administraciones. Ese largo plazo convive con una convicción clara: la intervención debe respetar el edificio. Construido entre 1888 y 1889, en pleno auge burgués de Santander, el palacio de Cortiguera nació como una iniciativa privada del ginecólogo Joaquín Cortiguera y Fernández Pelilla, que lo concibió como residencia y clínica en un momento en que la ciudad se consolidaba como enclave de la élite. El edificio, diseñado por el arquitecto Atilano Rodríguez, responde a un gusto singular: un “capricho” estético que se aparta de las corrientes locales al adoptar el estilo neoárabe o neomudéjar, inspirado en la tradición islámica peninsular. Más allá de sus incógnitas, el principal valor del proyecto es que ha desbloqueado un espacio enquistado durante años. Okuda no ha ocultado esa dimensión personal y simbólica: “Ha sido volver a mis raíces […] hacer algo tan maravilloso para todos”. Frente a la inacción acumulada, su iniciativa introduce un relato de oportunidad.