Cuando una nueva generación aparece, la premura por encontrar cierta novedad o renovación hace que la posibilidad de comprender su experiencia se vea condicionada por una clasificación a priori. Las autoras y autores jóvenes que comienzan a transitar las salas teatrales de Buenos Aires no tienen una característica específica, no es posible agruparlos con un nombre que dé cuenta de sus manifestaciones estéticas, pero el modo en que arriban al trabajo teatral desde la escritura dramática, la dirección y la actuación está diciendo algo sobre el pasado y el presente del teatro. Las decisiones procedimentales, las tradiciones sobre las que construyen su autoría, las discusiones que establecen al insertarse en la comunidad teatral generan una suerte de síntesis que permite identificar un diagnóstico, incluso un conflicto, un estado de las cosas que señala mecanismos agotados, instrumentos que es necesario revitalizar y tendencias que pueden inaugurar algún cambio.“Yo siento que la tradición ocupa en mí un lugar importante porque es el material con el que uno tiene que dialogar sí o sí, aunque no quiera hacerlo”, dice Valentino Grizutti, que presenta Chayka, una obra que escribió y dirige surgida del ciclo Reuniones de ArtHaus junto a su compañía Labrusca. “Parte de las cosas que más me influyeron no las vi. No vi las mejores puestas de Rafael Spregelburd, no vi al Periférico de Objetos, pero siento que algo de las incógnitas que subyacen en esas obras puede estar en mi trabajo. El teatro pasó en ese momento por una enorme ambición estructural y hay algo que me interesa retomar".Valentino Grizutti nació en el año 2001 y es el más joven de este grupo que sirve como recorte de una generación junto a Mía Miceli, Mora Monteleone y Julián Cnochaert. Hay un dato que une a las cuatro obras que estos artistas tienen en cartel: ninguna transcurre en la actualidad. Pampa escarlata, de Julián Cnochaert, sucede en la Inglaterra victoriana; y Oh, cabezas locas de las religiosas, de Mía Miceli, transcurre en un convento parisino en el momento en que estalla la revolución francesa.Los actores de Chayka, que están a punto de salir a escena para interpretar La Gaviota, de Chéjov, son personajes actuales, pero están tomados por los actores que estrenaron esa obra en San Petersburgo en 1896 y sufrieron los abucheos y la incomprensión del público, con un Chéjov abatido en la sala viendo cómo rechazaban su obra. La más cercana en el tiempo es La noche dos veces, de Mora Monteleone, que sucede en paralelo en una madrugada de abril de 1982, cuando se declara la Guerra de Malvinas, y en otro episodio ubicado diez años después, como si esa noche no pudiera terminar.“Es algo compensatorio en relación con lo que prevalece hoy en día”, interviene Mía Miceli. “Me voy bien lejos para alejarme de mí misma y ahí hay algo de adscripción a cierto tipo de teatro que trabaja con la ficción pura y dura. Busco poner a prueba que se puede volver a las historias sin fragmentación”.Existe entonces en esta decisión que no es casual, sino que tiene que ver con una lectura y una opinión sobre la escena teatral, un posicionamiento crítico con relación a la autoficción y el biodrama. "No quiero ver una obra con un micrófono y un proyector nunca más en mi vida”, declara Julián Cnochaert y Mora Monteleone agrega: "Crecimos viendo ese género ligado al yo, que era una novedad en su momento, pero a nosotros nos dejó de parecer nuevo muy rápido. A mí me interesa volver al drama, a las narraciones”.La escritura de estas obras tiene un nivel de exigencia que no es habitual en el teatro de estos días. No se observa tanto una preocupación por encontrar procedimientos nuevos, sino por construir una arquitectura narrativa compleja y arriesgada que implique cierta investigación, el armado de mundos distantes que es necesario invocar desde la puesta en escena y la actuación, y un lenguaje que se sustenta en la forma dialogada, pero que revela una preocupación por la sonoridad y la posibilidad de acceder a un modo de decir propio.“La estructura y la puesta en escena pueden ser más o menos lineales o fragmentadas, pero la apuesta por la ficción es un elemento en común. También ese irse hacia atrás es una experiencia estética de alto impacto, pienso en las obras de Mía y Julián, muy radicales en el modo de pensar el teatro y la actuación. Yo siento que el teatro hoy está tendiendo a abandonar esa zona de radicalidad formal y a perder esa experimentación”, señala Valentino Grizutti, que recibió el año pasado una mención especial de la Academia Argentina de Letras por su obra teatral Plot.“Creo que el pasado ofrece algo muy generoso para la actuación porque el grado de artificiosidad es muy inmediato”, señala Julián Cnochaert. Su obra Pampa escarlata se estrenó en 2020, en el Centro Cultural Rojas, cuando Julián tenía 23 años, y cada temporada regresa para contar la historia de Mildred Barren, una joven enfermiza, aburrida de la vida que el siglo XIX le deparaba a las niñas de la alta sociedad británica que se propone encontrar cierta aventura en las artes visuales. “La idea es producir un corte con la actualidad y la coyuntura, romper con las lógicas de comportamiento que se ven en los reality o en el celular”, retoma Julián Cnochaert. Suma: "Una actuación potente que tiene que ver con el cuerpo, con los ángulos, con lo que obligo a hacer al ojo del espectador. No solamente trasladarse a otro mundo sino ver algo inusitado, algo que solo se puede ver en una sala de teatro".InspiraciónLa literatura no es solo inspiración y estímulo, sino un pasaje hacia zonas que les permiten imaginar estructuras narrativas y crear instrumentos que les proporcionan condiciones de producción desafiantes. Además, la literatura es una elección profesional. Mora Monteleone es Licenciada en Letras, Julián Cnochaert estudia la misma carrera en la UBA, Valentino Grizzuti pasó por las aulas de Escritura Creativa en la UNA y Mía Miceli leyó la novela Las religiosas, de Denis Diderot, cuando estaba cursando Letras y ese material la impulsó a escribir Oh, cabezas locas de las religiosas, la obra que obtuvo el Premio Germán Rozenmacher a la nueva dramaturgia en 2024. “Me encontré con esta novela y me resultó muy atractiva la sonoridad de las palabras e inmediatamente quise llevarla a la actuación”, explica la autora de 28 años que ahora estudia Licenciatura en Actuación en la UNA."En la literatura, además de historias y de tramas, hay puntos de vista, hay una voz que ordena, una respiración”, comenta Mora Monteleone, que tiene 32 años y tomó como referencia la literatura de posguerra norteamericana para imaginar un thriller psicológico sobre la guerra de Malvinas que tiene como protagonista a una mujer. “En oposición a formas que me interesan menos de obras que surgen de procesos de improvisación, prefiero conectar con una voz. Yo busco una forma de ver una situación, pienso qué recorte hace o me propone esa voz, con qué situación identifica un autor eso que quiere contar”.Las construcciones dramatúrgicas de estas obras apuntan a un relato y a un lenguaje que motivan la creación de cuerpos escénicos que discuten con la forma mimética. En esta indagación puede encontrarse el sustento político de esta manera de hacer teatro.“En nosotros hay una búsqueda de pasar por lo literario pero yendo a lo específicamente teatral. No son obras donde el lenguaje parece un poema, son armados ficcionales donde lo que se busca es hacer teatro. Es lo literario pero son los cuerpos y la actuación”, afirma Valentino Grizutti.Justamente en ese modo de pensar la escritura teatral surge una reflexión que podría leerse como una intervención sobre el hacer teatral contemporáneo."La relación con el lenguaje tiene que ver con que en el sonido es donde se construye el verosímil del teatro", reflexiona Julián Cnochaert. “Un actor que es monótono, que no tiene conciencia de cómo la voz, los acentos, los núcleos de las oraciones generan sentidos, significados te arruina la experiencia de ver una obra por más que el texto sea magistral porque ahí se instala el elemento ficcional que hace posible la obra. Saber que hay un motivo por el cual es lapicera y no birome porque esa música del habla convoca al espectador a estar ahí, a ingresar a esa fantasía. Es difícil encontrar en una obra la palabra probidad y en la obra de Mía es una de las primeras palabras que suenan y ya estás en otro lugar. Por lo menos en mi caso hay algo de la densidad y el espesor que puede otorgar la literatura como fuente casi extractivista. Cuando escribí Pampa escarlata hacía listas robando palabras”.En una época donde abundan las obras explicativas, donde los elementos de la dramaturgia y la puesta en escena suelen ser ilustrativos, direccionados para que todo quede en el plano de la claridad, estas obras, sin ser herméticas, abren la narración a una zona desacostumbrada y sorprendente. “Nosotros conversamos mucho sobre la opacidad”, comenta Mía Miceli. “Yo me formé en el taller de Ariel Farace, que es un autor de 40 años y me decía que él creció mirando obras que no entendía. A mí, eso no me pasó, ¿qué opacidad está a nuestro alcance? Yo siento que el argumento, la trama son una forma de opacidad”.Valentino Grizutti se suma a esta idea que forma parte de sus charlas como amigos. "Yo creo que estamos en una epidemia del teatro frontal. Los lugares de investigación te llevan a zonas donde te das cuenta de que no sabes demasiado sobre lo que estás escribiendo". Y Mora Monteleone concluye en esta misma línea: “La opacidad no es un gesto contra el público, no explicar es también pensar en uno mismo como público, en lo que te gusta ver". PC