A José Luis Rebollo empezó a atraerle la idea de hacer música siendo adolescente. Sus estudios ya estaban encauzados así que se las apañó como pudo para desarrollar aquel interés. “Tenía un magnetófono y cuando volvía del instituto siempre estaba haciendo ruidos y grabándolos”, cuenta desde su casa de Bilbao. “Desmontaba el magnetófono, toqueteaba los circuitos integrados y con esos cuatro cables hacía mis ritmos. Y claro, cuando descubrí a los Throbbing Gristle, dije, ¡ah! pues esto se puede hacer”, dice en relación a un referente de la música industrial.

Cuando comenzó a estudiar Bellas Artes entró en contacto con la pintura, la escultura, el dibujo, pero seguió intentando hacer música aunque “sin instrumentos”: “En casa no había ninguno y hasta que no tuve dinero, no pude ir comprándolos poco a poco”. En esta explicación se condensa la esencia de Palais, que no solo fue su primer trabajo sino un disco fundamental en la historia de la música electrónica en España.

Aparecido en 1996 y firmado como Madelman, en referencia a las figuras, el disco supuso la consagración de un autor que interpretaba a su manera estímulos de todo tipo a través de instrumentos electrónicos. Palais fue una de esas obras que no necesitan vender decenas de miles de copias para convertirse en un título fundamental. El suyo fue un aterrizaje perfecto. Apareció cuando en España se establecía la electrónica como una nueva escena: los clubes y los dj ganaban presencia, la tribu indie iba perdiéndole el miedo a los sintetizadores. Con solo dos ediciones, el festival Sónar había empezado a apuntalar Barcelona como punto de fuga de esta corriente, mientras que sellos como Cosmos –que lanzó el disco– y publicaciones como Disco 2000 contribuyeron a esa consolidación.