Al menos una vez a la semana, Hannah Murray tiene un pensamiento abrumador: “¡Gracias a Dios que ya no actúo!”. Puede estar subiendo las escaleras con una taza en la mano, o sentada en su escritorio abriendo el ordenador, sacando una cazuela del horno o paseando por la calle principal del pueblo del este de Inglaterra, donde vive ahora. El pensamiento llega acompañado de lo que ella describe como una especie de alivio físico total. Intenta aferrarse a esta sensación de “ya no soy actriz” porque, según dice, al mismo tiempo siente “una verdadera oleada de alegría”.
No es solo porque ya no tenga que desnudarse ante la cámara, aunque hubo muchas de esas escenas, empezando por Cassie, a quien interpretó a los 17 años en la exitosa serie Skins del canal E4, casi siempre en ropa interior. Tampoco es porque no tenga que lidiar con la atención constante sobre su peso, porque también hubo mucho de eso, acompañado siempre de preguntas de periodistas: ¿era anoréxica en la vida real? ¿A sus padres les preocupaba su peso? Y no es porque no la reconozcan en todas partes, como le ocurrió después de interpretar a Gilly en Juego de Tronos, con hombres adultos montando en cólera si no les firmaba autógrafos o se hacía un selfie con ellos. Tampoco se trata de tener que negociar qué partes de su cuerpo aceptará mostrar por contrato. Ni de lidiar con la euforia de conseguir un gran papel seguida inmediatamente de la decepción de terminar el rodaje solo para volver a la rutina de las audiciones y que le digan: “Por favor, ve bien arreglada. Tienen que creerse que Benedict Cumberbatch podría sentirse atraído por ti”.







