Es 2024 y una mujer sale a pasear. Va acompañada de otra mujer, aunque no le veremos la cara, que empuja su silla de ruedas. Ambas son sorprendidas por un reportero de televisión, al que escucharemos durante un minuto. Esos 60 segundos pueden pasar en un suspiro o hacérsenos eternos, como fue mi caso. Fueron emitidos por el programa El tiempo justo, de Telecinco, para hablarnos de la muerte de Cristina Blanco a los 61 años, a la que conocimos durante un tiempo por ser la vidente de los famosos y por sus colaboraciones en televisión. En 2024, Cristina Blanco iba en silla de ruedas y vivía en una residencia. El reportero le pregunta cómo está y ella responde poniéndose a llorar, con una mezcla de tristeza y quizá también un poco de vergüenza porque alguien haya invadido su intimidad. “¿Qué tal estos cinco meses de evolución?”, insiste el reportero, en busca de respuestas. “¿Están siendo duros estos meses?”, reitera, no vaya a ser que no nos hayamos dado cuenta de que tenemos delante a una mujer enferma que no tiene ganas de hablar. “Todo está bien”, susurra Cristina. “¿Recibes la visita de tus hijos? Me imagino, ¿no?”, persiste el amable reportero en todo un juicio sumarísimo. “Sí, todos los días”, vuelve a susurrar Blanco. “¿Hay gente que te apoya, que te llama por teléfono?“, “¿cómo es tu día a día?”, “¿te apoyan, te ayudan?”, y dale que te pego. Hasta que llega el momento, otro más, en el que me convierto en lanzallamas. “¿Por qué no resides en tu casa?”, cuestiona el periodista. “Por esto”, dice Cristina, y señala el tercio inferior de su cuerpo, al que le falta una pierna, amputada por una diabetes. Es entonces cuando el que susurra es el preguntador, que se despide diciendo: “Bueno, que te mejores”. Empezará ahí un debate entre los colaboradores plagado de lugares comunes, donde se dirán tonterías como que “una madre es una madre”. Como si todas las madres del mundo fueran seres de luz y se insistirá machaconamente en que el hijo de Cristina, el actor Miguel Ángel Muñoz, se ha portado de diez y se ha entregado y ha sufragado los gastos de todo. Como si todos los hijos pudieran, como si debieran por imperativo legal. Es 2026 y sigue habiendo esa condena silenciosa (a veces no tanto) sobre estar en una residencia. Sobre lo que hacen las madres y sobre lo que hacen los hijos. Un beso, Miguel Ángel.