El Mundial más norteamericano empezó con un zumbido prehispánico y terminó con el gringísimo Let’s go. Como una premonición, la caracola marina que servía igual para llamar a la lluvia que a la guerra, sonó esta vez para dar arranque a la primera Copa repartida en los tres vecinos, Estados Unidos, México y Canadá. Los Tres Amigos, que no atraviesan precisamente el mejor momento de su amistad, tendrán cada uno su propia ceremonia de inauguración. La mexicana, en la que no estuvieron presentes ninguno de los presidentes de los países anfitriones, tuvo guiños decorativos prehispánicos, mucho español y bastante de inglés. Una ceremonia neutra para tiempos revueltos. En este tipo de eventos, medidos al milímetro, siempre se busca alguna señal oculta, un mensaje de época. Lo de la última Super Bowl y la defensa de Bad Bunny de lo americano más allá de Estados Unidos fue rara excepción por lo explícito del mensaje. Si el Conejo se puso a enumerar los 35 países de la región —en un guiño más que consciente a un recado anterior de Rubén Blades al vecino del norte— este jueves en el antiguo Estadio Azteca —ahora lleva el nombre de un banco—, la fórmula se repitió con un aroma entre descafeinado y exótico. Jay Balvin prefirió hacer la cuenta, pero hablando de mujeres: brasileñas, colombianas, dominicanas. Mientras que Shakira, que lleva casi los mismos mundiales que Messi, optó en su canción oficial por el recurso fácil de la lista de jugadores: Pelé, Maradona, Maldini, Romario Cristiano Ronaldo. La ceremonia fue tan blanca como el vestido de Lila Downs. La cantante oaxaqueña, con un pie también en California, ofició de maestra de ceremonias. Tras el zumbido inaugural, dio la bienvenida en mixteco (uno de los pueblos originarios de Oaxaca), en español y en inglés. A su alrededor pululaban bailarines, algunos con plumas en la cabeza y otros envueltos en un pegajoso traje dorado, una especie de hombres-trofeo con la cabeza como una bola de oro, quién sabe si eso fue un guiño al esférico de Infantino o a los ritos sacrificales prehispánicos. Todo giraba alrededor de un escenario escalonado en el centro del campo. Este sí, un homenaje a las pirámides, pero con un aire medio espacial, entre brutalista y cyberpunk. Por ahí se repartieron raciones de nostalgia boomer con Maná o dosis de reguetón versión TikTok con el venezolano Dany Ocean o el propio Balvin, maestro en el arte de no mojarse, que eligió como parte de su popurrí una de sus colaboraciones en inglés: I Like it like that. Todo un detalle con los otros dos anfitriones, que en el cartel de sus respectivas ceremonias de inauguración, en Los Ángeles y en Toronto, lo más latino que ofrecerán serán margaritas y daiquiris. Shakira cerró el espectáculo con su cuarta versión de la torre de Babel. Sobre una base facilona de afrobeat y acompañada del artista nigeriano Burna Boy, pasó el Waka waka en Sudáfrica al Dai dai de Ciudad de México. Las gradas recibieron con más emoción el himno mexicano antes del partido inaugural, interpretado por Alejandro Fernández, miembro de la aristocracia de las rancheras. El antiguo Azteca, el único estadio que ha acogido tres Mundiales, el de la tercera copa de Pelé, el de la mano divina de Maradona y, de momento, el del previsible adiós mundialista de Messi y Cristiano. Un estadio acostumbrado a las mezclas norteamericanas. Aquí nació la famosa ola, la celebración en la que las gradas se mueven como el vaivén del oleaje. Se inventó en Los Ángeles, pero se patentó globalmente aquí en el partido inaugural de México 86. Aquí Maradona vengó el orgullo argentino tras la derrota de las Malvinas con aquel histórico gol contra Inglaterra. Está por ver si este año habrá alguna revancha simbólica en medio de un mundo en llamas por las ansias imperiales de Donald Trump.
Una ceremonia neutra para un Mundial revuelto
Todo fue tan blanco como el vestido de Lila Downs. Si Bad Bunny enumeró con orgullo los países latinos en la Super Bowl, aquí J Balvin prefirió hacer la cuenta pero con mujeres y Shakira, con jugadores retirados
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