Francisco de Peñalosa, Sebastián de Vivanco, Cristóbal de Morales, Francisco Guerrero, Tomás Luis de Victoria, Alonso Lobo… Todos están hoy de luto por la muerte de Bruno Turner, que falleció el pasado martes en su Inglaterra natal a los 95 años. Nadie ha hecho tanto como él por la edición, la grabación y la difusión de la polifonía española del Renacimiento. Su dedicación a la música no fue nunca profesional, lo que provocaba por igual el recelo de intérpretes y musicólogos cortos de miras, incapaces de entender que lo que movió a Bruno Turner (Londres) durante toda su vida fueron dos virtudes muy difíciles de encontrar reunidas en una misma persona: el entusiasmo y el altruismo. Nunca necesitó la música para vivir y sufragó con su propio dinero con una generosidad asombrosa aventuras editoriales y discográficas movido únicamente por su deseo de dar a conocer la música que más amaba, en la que siempre tuvo un lugar de excepción nuestra polifonía del Siglo de Oro. Publicó decenas de ediciones —sencillas pero infalibles— en Mapa Mundi, cuyo lema, en la primera página de todas sus partituras, es Digniora sunt priora (Las cosas más dignas tienen precedencia), un guiño a la indicación que encontramos en la Missa Grecorum, de Jacob Obrecht, para referirse a que las notas del tenor —longas, breves y semibreves— han de interpretarse conforme a su valor en el orden en que aparecen. Nada había más digno para Bruno Turner que ayudar a que la Edad de Oro de la polifonía estuviera presente habitualmente en la música que suena en iglesias y salas de concierto. Él empezó a poner su granito de arena dirigiendo al coro Pro Musica Sacra, con el que realizó ya en 1962 la primera grabación de la historia de la Missa Gloria tibi Trinitas, de John Taverner. Pero su irrupción internacional llegaría gracias a su dilatada colaboración con Pro Cantione Antiqua, otro coro enteramente masculino del que formaron parte voces legendarias como las de Paul Esswood, James Bowman, Kevin Smith, James Griffett, Ian Partridge, Paul Elliott, Michael George o David Thomas. Su grabación, realizada en la iglesia londinense de St. Alban (en junio de 1978) de músicas —muchas también en primicias discográficas— de las principales luminarias musicales españolas del Renacimiento marcó un antes y un después en el conocimiento internacional de la polifonía española de El Siglo de Oro, que es como se llamó —en español— aquel álbum seminal. Estos discos fueron, sí, la semilla que despertó las vocaciones de grandes hispanistas posteriores como Tess Knighton, Michael Noone, Bernadette Nelson, Owen Rees y tantos otros. Cuando no estaba en primera línea, Bruno estaba en la trastienda, sufragando ediciones y grabaciones, escribiendo textos esclarecedores o aconsejando a todo aquel que llamaba a su puerta. En España han disfrutado de su munificencia y su sabiduría varias generaciones de musicólogos, como Juan Carlos Asensio, Màrius Bernadó, Juan Ruiz Jiménez, Alfonso de Vicente, Jordi Cervelló o Eva Esteve. A todos ayudaba, con todos compartía, a todos enseñaba, al tiempo que trabajaba incansablemente en aquello en lo que más creía. Estuvo años −décadás quizá− preparando una edición de los himnos del Intonarium Toletanum de 1515, que ejercían en él una absoluta fascinación: 60 páginas gestadas durante incontables horas y publicadas en la colección Hispaniæ Cantica Sacra de Mapa Mundi con el título Toledo Hymns. Un día me contó sonriendo que había apuntado en un trozo de papel el número exacto de las personas que estaban realmente interesadas en lo que le había costado tantísimos esfuerzos y desvelos: trece. En la misma editorial, Mapa Mundi, que sostuvo incansablemente durante décadas con Martyn Imrie casi como una empresa de beneficencia, publicó decenas de sus trascripciones a un precio risible con el solo fin de que pudieran interpretarse y difundirse fácilmente por los coros de todo el mundo. La nota que aparece siempre junto al copyright da una idea de su afán de lucro (y de su inquebrantable sentido del humor): “Todos los derechos reservados para el mundo y el sistema solar”. Su edición del Officium Defunctorum de Tomás Luis de Victoria marcó una época, en todos los sentidos. Él mismo dirigió la obra en el Festival de Oroño de 1993 en el Monasterio de la Encarnación de Madrid. Paul Elliott, entonces ya semirretirado en California, viajó a Madrid expresamente porque, según confesión propia, no podía dejar de cantar esta música única dirigida por Bruno en la ciudad en que había muerto el propio Victoria: pocas veces se han visto en un concierto tantas lágrimas. Por cierto, que las secciones en canto llano las interpretó el Grupo Alfonso X el Sabio dirigido por Luis Lozano, también fallecido recientemente. Jamás olvidaré la reunión a tres que tuvimos en el Parador de Úbeda (Bruno vivía entonces en Turre, Almería, en un clima más benigno que aliviara los achaques de su mujer) con el fin de preparar meses antes la estructura litúrgica de la interpretación. Aquel concierto, celebrado el 28 de noviembre, fue transmitido en directo a toda Europa por la Unión Europea de Radiodifusión. Y causó sensación: por fin exportábamos al mundo lo mejor de nuestro patrimonio musical. Bruno contaba con una alegría y una inocencia infantiles el placer que le había procurado editar (en la sombra) la Missa Philippus Rex Hispaniae, de Bartolomé de Escobedo, que él mismo dirigió en Madrid en 1998, o recuperar las obras del cuasidesconocido Bernardino de Ribera, una de sus grandes pasiones postreras. Ya en este siglo ha colaborado estrechamente con el grupo británico De Profundis, cuya dedicación a la música española es de una inequívoca estirpe turneriana. En 2016 les dirigió en el Jesus College de Cambridge un memorable concierto monográfico dedicado a Sebastián de Vivanco. Y Bruno firmó también en 2020, a punto de ser nonagenario, las notas de su grabación dedicada a Juan Esquivel en el sello Hyperion. Los reconocimientos tardaron en llegar, pero llegaron. Cuando cumplió 80 años, en Barcelona, durante un congreso internacional de música medieval y renacentista, varios amigos le hicimos entrega de un libro de homenaje titulado Pure Gold, en referencia tanto a su período histórico predilecto y más frecuentado como a su propia personalidad, radiante y generosa en igual medida. Allí escribieron, entre otros, Ivan Moody (otro ausente muy añorado), Michael Noone, Douglas Kirk, Kenneth Kreitner, Cristina Diego Pacheco, Emilio Ros-Fábregas, Tess Knighton y Bernadette Nelson (coeditoras) o el histórico Robert Stevenson, y el volumen se cerraba con una larga conversación que mantuve con él en su casa de Worthing, al sur de Inglaterra, en 2010, aunque tuve que mentirle piadosamente sobre cuál sería el destino final de su transcripción. En Barcelona, recibió el volumen emocionado y un par de días después nos escribió a los amigos que habíamos pergeñado el libro a hurtadillas: “Tuve que sentarme y secarme los ojos. ¿Podía acaso creer que yo, el archiaficionado, el que no encaja en ninguna parte, el no académico, había de recibir semejante honor? ¿Y con tanto cariño? Tengo que creerlo, pero estoy abrumado, e increíblemente agradecido. ¡Y habéis mantenido todo esto en secreto!”. Cerraba el mensaje citando dos versos de Robert Frost: “But I have promises to keep, / And miles to go before I sleep” (“Pero tengo promesas que cumplir / y millas que recorrer antes de dormir”). Bruno ha vivido aún quince años más y ha muerto en paz, con todas sus promesas cumplidas y un larguísimo camino recorrido. Algún tipo de agradecimiento expresado oficialmente por parte del Estado español también se demoró mucho más de lo debido, pero finalmente llegó en forma de concesión de la Medalla de Oro al Mérito a las Bellas Artes, que le entregó Felipe VI en el Museo de Bellas Artes de Sevilla el 2 de diciembre de 2015. En su discurso, el Rey dijo, y dio en el clavo: “Nuestro país tiene contraída una deuda de gratitud con este británico amante de España y esta Medalla es la muestra de nuestro reconocimiento”. Bruno viajó feliz a Sevilla con su mujer, Doreen, fallecida el pasado mes de enero, su compañera de vida durante 65 años: le ha sobrevivido apenas cinco meses. Y ahora que nos ha dejado, el Estado español haría bien en contactar con sus hijos e interesarse por su biblioteca y su archivo de partituras, un tesoro invaluable que no debería dispersarse. Repasando decenas y decenas de cartas, faxes, felicitaciones navideñas y correos electrónicos suyos a lo largo de casi cuarenta años de amistad, encuentro la edición de In paradisum, una antífona procesional a seis voces de Juan Esquivel que Bruno transcribió y editó en 1996. Sabía que mi padre acababa de morir y en la primera página escribió con su impecable caligrafía, tras la dedicatoria, un “In memoriam” en su recuerdo. Exactamente 30 años después, con una extraña mezcla de alegría y tristeza, estas breves líneas le devuelven aquel mismo gesto: pocas personas como él son tan merecedoras de un descanso en el paraíso y de ser recibido con todos los honores por “el coro de los ángeles”. “Aeternam habeas requiem”, Bruno, a quien me gustaba llamar Lynx en nuestra correspondencia, porque, observando un antiguo manuscrito musical, jamás hubo ojos tan sagaces y escudriñadores como los suyos.