¿Cómo explicar la pasión que despierta el fútbol? En Fiebre en las gradas, Nick Hornby lo expresa conmovedoramente: “He medido mi vida en función de los partidos del Arsenal… ¿Cuándo terminó mi primer romance? Al día siguiente del decepcionante empate 2-2 contra el Coventry, en 1981”. El fútbol es un acto lúdico que sublima pulsiones, una devoción que organiza emociones y neurosis. En un mundo hecho para la mano, se juega con los pies, las partes menos aptas para comprenderlo y transformarlo. Ahí reside parte de su misterio. El terreno de juego, como el diván del psicoanalista, es escenario de deseo, repetición y transferencia, con objetos de amor y odio que fijan identificaciones primarias. Carlos Monsiváis, cronista epigramático de México, lanzaba una pregunta sarcástica: “¿En cuántos códigos genéticos se ha inscrito la ecuación entre fútbol y sentimiento patriótico?”. Y no exageraba cuando advirtió que “una pelota puede cambiar a todo un país”.El apego al equipo responde a una lógica tribal que, como explica el antropólogo David R. Samson en Our Tribal Future, opera de forma inconsciente. “Nuestro impulso de pertenencia es instintivo, pero debemos aprender a gestionarlo”. También nos alerta: el tribalismo político podría convertirse en la gran amenaza del siglo XXI. Esa búsqueda de seguridad hunde sus raíces en lo ancestral. Freud la rastreó hasta los rituales más antiguos en Tótem y tabú y vinculó las celebraciones del Carnaval que precede a la Cuaresma con la frase “carne vale” (adiós a la carne), como penitencia. Dedujo que el tótem simbolizaba a un padre primigenio asesinado por sus hijos. En el mito del fútbol, la camiseta es el emblema que organiza el deseo y la adhesión. No sorprende que la pelota esté ligada a lo sagrado: en culturas prehispánicas, el juego ritual —del tlachtli azteca al juego de pelota del mundo totonaca— llevaba la competición al sacrificio del ganador, única forma de colmar el deseo.La camiseta refuerza la pertenencia, pero también puede alimentar el etnocentrismo y la xenofobia. En la Universidad de Coimbra, Isabel C. Duarte y colaboradores estudiaron mediante resonancia magnética funcional el cerebro de 54 aficionados, entre ellos dos mujeres, mientras observaban imágenes relacionadas con su equipo favorito: el FC Porto o el Académica. Las victorias activaban la amígdala y el sistema dopaminérgico, circuitos asociados al placer y al apego romántico. En cambio, las derrotas disminuían la actividad en la corteza cingulada anterior, clave para el control emocional. “Nuestros resultados muestran sorprendentes similitudes entre la pasión por el fútbol y los fundamentos neuronales del amor maternal y romántico”, concluyen los autores, lo que explica por qué puede sentirse como un vínculo afectivo intenso. Sin embargo, este pacto amoroso tiene un reverso: la misma activación que sostiene la devoción puede derivar en un “amor tóxico”, con conductas obsesivas e incluso violentas. Durante unos segundos, el marcador redefine la identidad tribal.El estadio moderno es baluarte de la catarsis colectiva. Una manera de entender el goce, según plantea el psicoanalista Néstor Braunstein, va “más allá del principio del placer”, allí donde el sujeto se confronta con lo real, con lo que no puede simbolizar. Es un exceso que desborda la satisfacción, invade el cuerpo, fascina y duele. En el éxtasis del gol, la regla se suspende, el deseo se corporiza y la grada estalla. Pero esa euforia también conlleva sus calamidades. El sociólogo argentino Pablo Alabarces —voz crítica en el estudio del fútbol y sus rituales— lo resume con crudeza: “El momento clave es el enfrentamiento, donde se demuestra ‘tener lo que hay que tener’ y ‘poner lo que hay que poner’. Son metáforas genitales; cuando el coraje se mide por ellas, estamos jodidos”. Añade: “En Argentina, la cultura del aguante alude a soportar dolores, tanto físicos como psicológicos, para apoyar a tu equipo”. Y concluye: el fútbol “es el último bastión del machismo más extremo”, contradicción en una nación que se enorgullece de haber sido campeona del mundo en la categoría masculina, pero tardó en profesionalizar la división femenina.La lógica tribal se aferra a lo predecible —rituales, jerarquías, códigos—, pero el fútbol es impredecible: el gol inesperado, la caída del favorito. Bajo el césped, las placas tectónicas se están desplazando. Es pertinente invocar al recientemente fallecido Edgar Morin, filósofo francés y teórico del pensamiento complejo, cuya reflexión sobre los sistemas vivos ha contribuido a entender el fútbol como un sistema abierto sensible a las sorpresas. Morin afirmaba que la vida, al igual que el fútbol, entrelaza lo aleatorio y lo sistemático. Esa tensión es la que mantiene vivo al fútbol, como laboratorio de incertidumbre capaz de transformar el gen tribal sin abolirlo. Y ahí radica su hechizo, en palabras de Pablo Alabarces: “El pacto amoroso persiste: todos empezamos cero a cero y los más humildes pueden derrotar a los más poderosos”.
¿Por qué nos apasiona tanto el fútbol? El psicoanálisis lo explica
Este deporte, como la vida, enlaza lo aleatorio con lo sistemático. Pero también es un ritual que refuerza la pertenencia y moldea nuestro cerebro con las victorias y derrotas de nuestro equipo.














