Hace unas semanas escribí en estas páginas sobre lo importante que es para la centroderecha chilena reflexionar sobre las causas de la derrota presidencial de noviembre de 2025. Hoy ofrezco ideas sobre qué fue lo que falló y cuáles podrían ser algunas enseñanzas para el futuro. Lo hago desde adentro, es decir, como una persona que participó activamente de la campaña de Evelyn Matthei y con el ánimo de abrir el debate, no para clausurarlo. 1.- Lo primero es resistir la tentación de buscar culpables fáciles. La derrota fue el resultado de una mezcla entre cuestiones contingentes y estructurales, entre la política y lo político. De acuerdo con Pierre Rosanvallon, la política es lo visible: las elecciones, los partidos, los gobiernos. Lo político es la relación más profunda entre la sociedad y el poder: si las personas se sienten representadas, escuchadas y tratadas con justicia. En mi opinión, el desconocimiento de lo que ocurría en las profundidades de lo político afectó nuestra comprensión de la política. Pensábamos que las prácticas tradicionales serían suficientes para acometer las urgencias de los chilenos, pero los jóvenes, los sectores populares, los votantes obligados y las redes sociales nos pasaron por encima. 2.- Es evidente que no estaban los tiempos para proyectos moderados. Algo se ha movido en el mundo. Lo vimos en Estados Unidos con Trump, en Argentina con Milei, en Europa donde los partidos de centro han ido perdiendo terreno frente a fuerzas que ofrecen diagnósticos y soluciones más simples. No supimos leer ese movimiento a tiempo, o si lo leímos, no fuimos capaces de traducirlo en una propuesta creíble y oportuna. Cuando quisimos hacerlo, José Antonio Kast ya se nos había adelantado. 3.- Eso no quiere decir que nuestro trabajo haya sido menor o insignificante. Se construyó un programa sólido, respaldado por cientos de profesionales y por el compromiso genuino de los partidos. Pero bien sabemos que los programas no ganan elecciones. En el comando de Matthei se apostó por una estrategia que, en realidad, estaba pensada para la segunda vuelta: ampliar el espacio hacia el centro y construir una imagen de candidata transversal. Era una lógica comprensible, pero tuvo un costo alto: descuidar al electorado de derecha de primera vuelta. Tal como había sucedido con Sebastián Sichel cuatro años antes, dimos por descontado que esas fuerzas se decantarían por nosotros al ver que las encuestas nos daban por ganadores. No fue así. 4.- Por otro lado, no comprendimos bien al votante obligado. La incorporación del voto obligatorio en 2022 cambió el mapa electoral de manera relevante: entraron al juego millones de ciudadanos con desconfianzas profundas hacia la política tradicional y con demandas que no siempre se articulan en los términos en que los partidos están acostumbrados a procesarlas. En lugar de ir a buscarlos con propuestas concretas y un lenguaje cercano, seguimos hablándole al votante de siempre. 5.- A eso se suma la dificultad de reemplazar la ausencia de Sebastián Piñera. Matthei hizo todo lo que estuvo a su alcance, pero conducir a Chile Vamos es un trabajo que toma años. Piñera conocía los nombres de los dirigentes locales de todas las regiones y mantenía relaciones personales con los parlamentarios de los tres partidos. Era un centro de gravedad que ordenaba fuerzas permanentemente centrífugas, y su ausencia dejó un vacío que hasta hoy nadie ha llenado. 6.- Esa es precisamente una de las tensiones de Chile Vamos: su pluralidad es simultáneamente una fortaleza y una fuente de dificultades. Una coalición que reúne a la UDI, a RN y a Evópoli exige un liderazgo capaz de sostener la cohesión sin ahogar las diferencias. Ser candidato presidencial significa ser también árbitro de tensiones internas y garante de equilibrios frágiles. Las directivas fueron leales, y Matthei apoyó a los candidatos con generosidad y sin favoritismos. Y, sin embargo, algo se quebró en la profundidad del país. Al final, muchos de los que deberían haber estado se fueron con Kast, generando una distancia que no fue posible acortar. 7.- Respecto a las redes sociales, es tanto lo que plataformas como Instagram y TikTok afectan la toma de decisiones, que las campañas destinan una gran parte de sus presupuestos a contenido digital. Esto ha democratizado el acceso, pero también ha abierto la puerta a todo tipo de mentiras o verdades a medias, lo que se produce por la escasa –o nula– mediación entre el emisor y el receptor. Es el regreso de una suerte de democracia directa en la que todos participan, pero nadie se hace verdaderamente responsable del resultado final. 8.- Ahora bien, ya que las redes sociales son el primer vehículo de información de los ciudadanos, la centroderecha debería acometer un trabajo profundo de inmersión digital. No se trata de estar por estar, sino de saber cuándo estar, para quién y para qué. Chile Vamos podría hacer esto como una coalición o como una sumatoria de partidos —en mi opinión, sería recomendable fusionarse en uno solo, al estilo del Partido Popular español, aunque soy consciente de que en el corto plazo eso es poco realista—. Lo que no puede ocurrir es que esa reflexión se quede en el tintero; que nos contentemos con uno u otro estudio de comportamiento electoral. 9.- No hay duda de que la centroderecha está preparada para volver a gobernar y que tiene los mejores cuadros técnicos. Sus militantes conocen bien el Estado y saben dónde están los cuellos de botella para la concreción de buenas políticas públicas. Pero nada de eso es suficiente. Se requiere plasmar en acciones tangibles las ideas de un conglomerado que en muchos sentidos sigue anclado en el siglo XX. Entender todo eso sin autocomplacencia, pero también sin exagerar los errores propios hasta convertirlos en la única explicación, es el trabajo que la centroderecha tiene por delante. La derrota no fue inevitable, pero tampoco fue accidental. Tuvo causas concretas, e identificarlas con precisión es el único camino para no repetirlas.