Aunque no aparezca en ninguna agenda ni calendario, la cita se respeta con fervor religioso cada cuatro años, como un rito asociado a la fiesta global del Mundial de Fútbol. En escuelas y clubes, en parques y plazas, en calles y casas, niños y adultos se afanan por coleccionar esos pequeños rectángulos de papel que exhiben la imagen de los futbolistas y que, en los distintos países de habla castellana, se conocen como figuritas, cromos, láminas, estampas, estampitas, stickers o incluso, entre otras opciones, caramelos. En Argentina, cuyo seleccionado defenderá desde este jueves el título de campeón obtenido en Qatar 2022, el tradicional furor por completar el álbum del Mundial enfrenta hoy una crisis de consumo y de bajos ingresos que ha multiplicado las convocatorias al trueque, la reventa, la colección en formato virtual, también el contrabando y las falsificaciones.Arraigado como un fenómeno popular que atraviesa generaciones y clases sociales, el coleccionismo de las figuritas que produce Panini puede funcionar como un lente para mirar la economía argentina. En 2014, cuando se disputó el Mundial de Brasil, cada sobre con cromos costaba 5 pesos. Para Rusia 2018 costaba 15 pesos y 150 en 2022. Hoy cuesta 2.000 pesos. Si un salario mínimo permitía comprar 720 paquetes hace 12 años y 319 hace 4 años, hoy apenas basta para adquirir 184. Es cierto que el tamaño del álbum y la cantidad de figuritas han crecido, pero no en esa proporción. En cualquier caso, conseguir los 980 cromos para completar las 112 páginas de la edición actual requiere un gasto importante para un argentino medio: son al menos 295.000 pesos, incluyendo el álbum. Pero como siempre hay figuritas repetidas y no todas se pueden canjear, el gasto puede alcanzar bastante más. El ingreso mínimo fijado por el Gobierno de Javier Milei es de 367.800 pesos mensuales (unos 255 dólares).Un coleccionista con su álbum del mundial.Ella FernándezFamilias se reúnen todos los sábados, domingos y días feriados para intercambiar figuritas en el Parque Rivadavia.Ella FernándezCientos de personas en el Parque Rivadavia, en la Ciudad de Buenos Aires, para intercambiar figuritas.Ella FernándezEl álbum mantiene viva una tradición que ha pasado por generaciones.Ella FernándezFiguritas del álbum del Mundial, el 31 de mayo.Ella FernándezNola y late están entre las palabras más repetidas en los parques de Buenos Aires, cada fin de semana. Son las abreviaturas de las frases esperanzadas (“no la tengo”) o desilusionadas (“la tengo”) de chicos, jóvenes y adultos coleccionistas que comparan sus tesoros con los ajenos, en busca de intercambiar las figuritas que faltan. Además de los llamados al trueque que reúnen a multitudes los sábados y los domingos, proliferan los puestos —más o menos improvisados— de venta de cromos en paquetes cerrados o sueltos y a elección. José María Pena, de 50 años, atiende uno de esos puestos en el Parque Centenario. El suyo funciona todo el año. “Somos unos cinco puestos fijos y los demás se suman para la época del Mundial, cuando las ventas aumentan muchísimo”, dice. “Empecé en este negocio en 2010, cuando mi hija me pidió que compráramos las figuritas del Mundial”, cuenta. Primero vendió desde una plataforma web. “Pero me di cuenta que se vendía mucho más en el parque, sobre todo figuritas sueltas”, agrega. ¿Qué cambió en estos años? “Ahora se ve más gente grande que colecciona”, dice. “También me parece que ahora se volvió algo más comercial, entre los mismos coleccionistas. Todos quieren vender las figuritas que les sobran”.Aunque Panini asegura que no hay cromos más difíciles de conseguir que otros, muchos explotan la ansiedad por tener las imágenes más codiciadas. La figurita de Lionel Messi, por ejemplo, se ofrece en plataformas de ventas a 50.000 pesos o más. Por otro lado, si en 2022 faltaban figuritas, este año hubo un faltante de álbumes, que recién en los últimos días comenzó a subsanarse. La escasez fomentó aumentos arbitrarios de precios y también la aparición de productos falsificados y de otros traídos de contrabando: cuando el álbum original no se conseguía en Buenos Aires, circuló mucho la edición brasileña.Quizá por las dificultades para comprar, reaparecieron antiguos juegos infantiles para competir por ganar figuritas, como la tapadita: los jugadores apuestan la misma cantidad de cromos sobre la mesa o el suelo; el que logre darlas vuelta golpeando con la palma de su mano se lleva el pozo. “Mi hijo está todo el día golpeando la pared, la mesa, el piso. Lo que sea que encuentre, él golpea, practica como para ir al colegio y jugar”, dice Erika, de 33 años. Habla de Elías, de 11. “Él ama a Messi, lo ama, es el amor de su vida”, sonríe. “La verdad, se me complica comprarle los paquetes de figuritas”, lamenta. “Cuando puedo y me sobra, le doy. El abuelo le manda plata para que se compre y una amiga le regaló el álbum. Así empezamos”, cuenta. Erika tiene además una hijita de 3 años y mantiene a su familia con empleos informales y la asistencia del Estado.El álbum virtual, también desarrollado por Panini, es otra opción para quienes no pueden acceder a su versión física. “Hay chicos que quizás por cuestiones económicas no tienen las figuritas en físico, pero les tocó Messi en el álbum digital y están más felices que perro con dos colas”, dice Santiago Ledesma, 24 años, docente de economía e informática en escuelas primarias y secundarias. De todas maneras, destaca una ventaja de los cromos impresos: “En una época en que los chicos están tan pendientes del teléfono, las figuritas los hacen interactuar entre ellos, se conectan un poco más con los otros, los lleva a charlar con chicos de otros cursos, aunque sea para regatear”. El fervor por el álbum mundialista le sirvió a Ledesma en sus clases, como una forma de abordar contenidos curriculares. Por ejemplo, lo usó para explicar temas como oferta y demanda de mercaderías. Pero tuvo más éxito todavía cuando imprimió figuritas con imágenes de próceres de la historia argentina. “A los chicos muchas veces les cuesta relacionar la historia con el presente, pero así se engancharon. Hice algunas, con la idea de armar una ficha para cada figurita, contando quién era el personaje y demás. Pero tuve que imprimir varias planchas porque después querían intercambiarlas. Y también me las vinieron a pedir de otros cursos”.Stands venden álbumes, figuritas y artículos relacionados con el Mundial en Parque Rivadavia, el 31 de mayo.Ella FernándezErika, vecina de Lanús, Buenos Aires, muestra el álbum que intenta completar junto a sus hijos.Ella FernándezEl álbum del tiene un total de 980 figuritas.Ella FernándezSantiago Ledesma muestra el matrerial que utilizó en clases.Ella FernándezFiguritas usadas en clase para trabajar el 25 de mayo, fecha patria.Ella FernándezTienda de alimentos en Lomas de Zamora, Buenos Aires, anuncia la venta de figuritas para completar el álbum del Mundial.Ella FernándezEl auge de las figuritas es, por supuesto, indisociable de las pasiones que despiertan el fútbol y, en particular, la Copa Mundial. “En un mundo tan fragmentado como el actual, el fútbol ocupa el lugar de una narrativa global compartida. Es una especie de religión secular contemporánea. Tienes sus héroes, sus templos, sus liturgias, sus relatos épicos”, reflexiona el psicólogo y sociólogo Martín Wainstein, profesor consulto de la UBA. “El Mundial es uno de los pocos eventos capaces de sincronizar emocionalmente a millones de personas en el planeta en una experiencia común”.En ese marco, el coleccionismo de figuritas “no se puede entender solo como un fenómeno comercial”, agrega Wainstein. “Desde un punto de vista psicológico, el coleccionismo ofrece una ilusión de completud y control. En Argentina, en un contexto social atravesado por mucha incertidumbre, completar el álbum produce una sensación concreta de orden y de cierre”, observa. Aunque en la práctica se podrían identificar conductas vinculadas con el consumismo y la adicción, Wainstein destaca también “el intercambio cara a cara, la negociación, el trueque, la espera”, como experiencias disruptivas “en una era crecientemente virtual”, “dominada por la satisfacción digital inmediata”. Y añade otro aspecto: “El fenómeno activa una regresión lúdica transgeneracional. No es simplemente un juego infantil. En espacios como los parques, convergen niños con padres, madres, abuelos que vuelven a autorizarse a jugar y comparten una lógica emocional. Los adultos recuperan ciertas experiencias afectivas de la infancia y las van transmitiendo. Hay un legado cultural y emocional en cada juego de figuritas que va pasando de Mundial en Mundial”.
Trueque, reventa y colección virtual: la crisis no detiene el furor de los argentinos por el álbum del Mundial
La tradición de coleccionar figuritas o cromos de la Copa del Mundo convoca a todos los sectores sociales














