La diplomacia de Estados Unidos ha entrado en un declive autoinfligido. El otrora poderoso Departamento de Estado está siendo vaciado y apartado; muchas de sus tareas, por lo general complejas y necesitadas de una profunda memoria institucional, han sido encomendadas a personas cercanas al presidente que no tienen experiencia diplomática, pero sí intereses privados. Este argumento se puede reflejar en números. Desde que Donald Trump regresó a la presidencia, más de 2.000 diplomáticos han sido despedidos u obligados a jubilarse. Cerca del 15% del total. De las 195 embajadas que Estados Unidos tiene en el mundo, 115 carecen, en estos momentos, de embajador. Una proporción sin precedentes. Muchos de los embajadores que sí han sido nombrados, el 90%, proceden de fuera del Servicio Exterior (más del doble que los nominados en su primer mandato). La mayoría, 38 de 50, había donado dinero a la campaña presidencial de Trump. La falta de expertos a los mandos tiene consecuencias directas en la proyección del poder estadounidense. La lenta respuesta al ébola y al hantavirus ha sido lastrada por el despido de expertos, por el desmantelamiento de la agencia humanitaria USAID y por la salida de EEUU de la Organización Mundial de la Salud, entre otras organizaciones, una treintena, ligadas a Naciones Unidas. La malherida arquitectura de seguridad en Oriente Medio y, en un plano anecdótico, la puesta en escena de la visita de Trump a China, hundido en un sofá frente al erguido y elevado Xi Jinping, son otros ejemplos de la ausencia de saber diplomático. El presidente de la American Foreign Service Association (ASFA), John W. Dinkelman, explica el nuevo orden de cosas con un ejemplo madrileño. "Si el Real Madrid retirara del campo de juego a cuatro o cinco de sus jugadores, podría seguir compitiendo, pero le sería mucho más difícil y tendría menos probabilidades de ganar", dice por teléfono. "Eso es precisamente lo que está ocurriendo con el cuerpo diplomático estadounidense. O bien están apartando activamente a muchos de nosotros, o bien, debido al miedo y la inquietud que se han inculcado en la profesión, la gente está prácticamente paralizada por puro instinto de conservación: evitan cualquier crítica por temor a que se interprete como disidencia". Dinkelman, que se describe como un army brat, una persona que se crió bajo el ala de un padre militar al que destinaron a diferentes lugares, trabajó durante 37 años en varias ramas del Servicio Exterior. En julio de 2025 fue despedido junto a centenares de colegas; días después, inició su mandato como presidente de AFSA. Un mandato que, como él dice, sucks. Está siendo muy complicado. "Desde mediados de la década de 1970, tras el desastre de Vietnam, AFSA ha sido la unidad de negociación colectiva legalmente designada para el Servicio Exterior", cuenta Dinkelman. "Esto significa que somos, en esencia, un sindicato del Gobierno federal. No podemos declararnos en huelga, pero hemos sido históricamente el ente negociador para aproximadamente 17.000 empleados. Por desgracia, el decreto del presidente de marzo de 2025 suprimió el componente de negociación colectiva de nuestra labor. Ahora litigamos este asunto en los tribunales, ya que sostenemos que la Ley del Servicio Exterior aprobada por el Congreso, que exige la negociación colectiva, y la orden ejecutiva presidencial, que la elimina, son incompatibles". Dinkelman añade que la Administración Trump ni siquiera los reconoce como asociación profesional, como interlocutores. "Estamos aquí para respaldar el profesionalismo del cuerpo diplomático, pero aunque muchos de ellos son miembros de nuestra organización, no pueden ni quieren hablar con nosotros. Porque creo que sufrirían represalias por parte de la Casa Blanca". Las diferencias entre el cuerpo diplomático y la Administración Trump se han ensanchado a raíz de la guerra de Irán, que ha puesto de manifiesto todos estos problemas. "Teníamos la flota desplegada, habíamos estado negociando y realizando maniobras de posicionamiento", dice Dinkelman. "Sin embargo, todo nuestro personal diplomático permaneció en lo que se convirtió en una zona de guerra provocada por nosotros mismos. He tenido en mi oficina a hijos de diplomáticos destinados en Oriente Medio y he escuchado sus relatos: cómo estaban en sus casas, dentro de los complejos diplomáticos, una tarde cualquiera, cuando de repente comenzaron a caer las bombas y los misiles", insiste. Dinkelman dice que los diplomáticos estadounidenses, en una región como Oriente Medio, son conscientes de que hay actores que buscan hacerles daño; por eso hay protocolos de seguridad. "Lógicamente, cabría esperar que se evacuara a los diplomáticos, o, al menos, a sus cónyuges e hijos, antes de emprender una guerra que los afectaría directamente", continúa. "Por eso persiste en la profesión una sensación de abandono y traición, ya que, a juzgar por esta y otras experiencias, parece que el personal diplomático no está en la lista de prioridades". Según una docena de miembros o antiguos miembros del Servicio Exterior entrevistados, de forma anónima, por NBC News, las negociaciones de alto nivel con Ucrania y Rusia, o con Irán, carecen de diplomáticos senior. EEUU ni siquiera tiene un embajador o embajadora en Kiev. Ni tampoco en Moscú. Dos naciones cuya guerra, que se acerca a los cuatro años y medio de duración, está redefiniendo a marchas forzadas las dinámicas de seguridad en Eurasia. Dado que el Real Madrid jamás jugaría voluntariamente con seis o siete jugadores, ya que dejaría de ganar partidos y todo el negocio se iría a pique, le pregunto a Dinkelman por qué motivo querría un gobierno estadounidense sabotear a sus propios expertos, sus instituciones y su poder exterior. "No puedo especular sobre el propósito de la marginación del Servicio Exterior. Solo puedo decir que este está siendo marginado y que el efecto en sus empleados es considerable. Quienes pudieron irse, se fueron, y quienes no pudieron, cuentan los días para hacerlo". Otros expertos sí han aventurado distintas hipótesis. Como nos decía en otro artículo el profesor Alexander Cooley, especializado en gobernanza y corrupción transnacional, el vaciado de las instituciones estadounidenses tiene como objetivo abrir un espacio para la cleptocracia. "El propósito de ejercer el cargo público es, en realidad, enriquecer al gobernante, a su familia y a su círculo íntimo; al mismo tiempo, las regulaciones, los aranceles, la diplomacia e incluso la gobernanza global se convierten en meros instrumentos para el beneficio propio", dijo Cooley. Por ejemplo, Trump ha encomendado a Jared Kushner y Steve Witkoff, su yerno y su amigo del sector inmobiliario, respectivamente, carteras tan complejas como la guerra de Irán, la guerra ruso-ucraniana y el conflicto palestino-israelí. Kushner y Witkoff ni siquiera ostentan un cargo oficial porque eso los obligaría a comparecer ante los comités pertinentes del Congreso de EEUU y a tener que hablar de sus conflictos de interés. La firma de capital privado de Kushner, Affinity Partners, cuenta con inversiones de Arabia Saudí (2.000 millones de dólares), Catar y Emiratos Árabes Unidos. Casi todos sus fondos proceden de inversores extranjeros. Los aranceles de Trump, que afectan tanto a las empresas estadounidenses como a los gobiernos de naciones más vulnerables, también son una excelente herramienta de corrupción: fuerzan concesiones. Según Cooley, los acuerdos comerciales que cierra la Administración suelen venir con todo tipo de prebendas para sus allegados: cláusulas de explotación de recursos y otros tratos que difuminan la distinción entre lo público y lo privado y que, además, carecen de mecanismos de supervisión transparentes. Cooley los ha llamado "agrupamientos transaccionales": negocios privados mezclados con o camuflados como acuerdos entre países. Otra hipótesis complementaria, presentada por estudiosos del autoritarismo como la italianista Ruth Ben-Giat, es la de la "incompetencia por diseño". Al quitar de en medio a los profesionales más competentes y experimentados, Trump deshace otro de los contrapesos a su poder. Un diplomático con 30 años de servicio tendría probablemente la autoridad, el olfato y los contactos para frenar o reconducir las decisiones ilegales de Trump. Un acólito o un donante que le debe un favor y que nunca ha pisado una embajada, en cambio, no tendría mucho que decir. Una tercera hipótesis es la que plantean la Administración Trump y el mundo MAGA. La idea de que, como los expertos de un gobierno no han sido votados por el pueblo, sus cargos están a disposición de quien sí lo ha sido: el presidente de Estados Unidos. Desde este punto de vista, las purgas, aunque sean realizadas de golpe y sin explicación, sirven para que la voluntad democrática, encarnada en el presidente, pueda ser ejercida sin los obstáculos del cuerpo funcionarial; aunque el precio sea cortocircuitar el saber acumulado de un sector profesional y, sobre todo, demoler las mismas estructuras de poder creadas por los propios EEUU desde 1945.