�Quia!El asesinato de Balmes recuerda la elemental y sojuzgada verdad de que la sociedad contempor�nea no est� organizada alrededor del control, sino de la confianzaLa v�ctima del asesinato registrado ayer en Barcelona yace tendida en el lugar del homicidio, en la calle Balmes.MUNDOActualizado Mi�rcoles,
junio
23:01Audio generado con IAHacia las 10 de la ma�ana de este martes un hombre mata a otro de un tiro en la calle Balmes de Barcelona, entre Travesera de Gracia y la Diagonal. A esa hora y all� incluso para salir corriendo con un arma en la mano hay que abrirse paso pidiendo perd�n, d�jeme pasar, llevo prisa. La v�ctima cae muerta, adem�s, junto a una comisar�a de la Polic�a Nacional. Es una oficina puramente burocr�tica, donde expenden dnis y pasaportes, pero dentro hay agentes armados. Y una apoteosis de c�maras por los alrededores. Es martes 10 de junio, el segundo d�a de la visita de Robert Prevost a Barcelona. A la hora del asesinato est� a punto de salir hacia la c�rcel. Luego ir� a Montserrat, a chapurrear en catalanglish. Y a la tarde pasar� cerca de aqu�, camino de la Sagrada Familia. Hace a�os que Barcelona no organiza un dispositivo de seguridad semejante. Hay polic�as en la calle, en la alcantarilla y en el c�liz. Pero el asesino huye corriendo no menos de 300 metros, hasta una parada de autob�s donde abandona el arma y su casco de ciclista.No han dado con �l.Impresiona la indiferencia absoluta del pistolero ante el cargado escenario. Hasta tal punto que sospecho que desconoce los eventos consuetudinarios que acontecen a esa hora en la r�a de Balmes. Ni que haya una comisar�a de Polic�a justo en el lugar donde ha decidido disparar. Ni que Mr. Prevost est� en la ciudad. El asesino vive en una ciudad donde hay un hombre al que debe matar. Y desde hace d�as solo ve su nuca. No creo que haya una descripci�n comparable de lo que es una c�mara de eco. Ni de lo que es una ciudad. Solo Isabel D�az Ayuso se le aproxim� cuando defini� Madrid como el lugar donde no pod�as encontrarte con tu ex. El asesino pudo permitirse ignorar con aparente imprudencia las caracter�sticas del escenario —polic�as, c�maras, gente, atascos—, porque la propiedad esencial de la ciudad es la de vivir sin ser visto. El asesinato de Balmes desmonta a pleno sol una de las principales supersticiones contempor�neas: la de una vida tomada por una red de sensores, c�maras, bases de datos, geolocalizaciones y algoritmos. Su resonancia va mucho m�s all� de la cr�nica negra y recuerda la elemental y sojuzgada verdad de que la sociedad contempor�nea no est� organizada alrededor del control, sino de la confianza. La confianza gigantesca, constante y obligatoria de que cada hombre har� lo correcto. La confianza que, desde Babel, y contra los cr�menes humanos y divinos, levant� las ciudades.












