El Papa puso ayer desde la Sagrada Família, tras un espectáculo visual gaudiniano impresionante y propio de nuestro tiempo, con drones, el broche a la breve e intensa etapa catalana de su viaje, en la que en apenas 48 horas ha podido imbuirse de las raíces cristianas de Catalunya; en la catedral, en la abadía de Montserrat y en la basílica de Antoni Gaudí, que suma ya la tercera visita papal. Ahí es nada.Si Madrid puso las grandes multitudes aprovechando el fin de semana y los espacios abiertos, Catalunya ha exhibido músculo en otro aspecto, en lo litúrgico y en lo espiritual, con una escenografía cuidada al detalle que ponía los pelos de punta. Pero había más, también historia y tradición. Se contabilizaba ayer por la mañana que el Pontífice ya había bendecido en suelo catalán en apenas unas horas a más de 100 bebés... Pero ahí va otro dato: de los seis actos que ha presidido, tres han concluido con el Virolai. Una de las características de los agustinos, la orden a la que pertenece el Papa, es que tienen querencia por el cuidado litúrgico –son históricamente los encargados de ello en el Vaticano y de la sacristía de San Pedro–, de modo que Robert Prevost, visiblemente emocionado e impresionado en algunos momentos dotados de cierto misticismo, habrá podido disfrutar de ello. ¿Quién no lo ha hecho? Estas jornadas han sido mucho más estéticas que los días previos en Madrid, donde el cariz pastoral de la visita se combinó con el rostro más político e institucional de la cabeza visible de la Iglesia. Ya lo decían los organizadores del viaje: “Barcelona pondrá la belleza”. Y de qué manera lo ha hecho.La diplomacia vaticana afina al milímetro; el Papa se va de Barcelona sin ruido y sin polémicaPero además, en estos dos días, quizá, se ha llegado a cotas más profundas, puesto que los jóvenes en la vigilia de oración le plantearon cuestiones espinosas como el maltrato o las tentativas de suicidio. Prevost cogió el toro por los cuernos: pidió más recursos sanitarios y condenó los feminicidios y la violencia contra la mujer, un asunto del que pidió –a los creyentes– no responsabilizar a Dios.Hoy, el Pontífice encara la recta final de su viaje y pone rumbo a Canarias, donde la dimensión social, presente también ayer tanto en la prisión de Brians como en la parroquia de Sant Agustí, en el Raval barcelonés, pasa a ser el leitmotiv de las dos jornadas que quedan, en las que habrá contacto con los migrantes que llegan a las costas canarias en cayuco.La Sagrada Familia iluminada en el tramo final del montaje visual y pirotécnico que culminó el acto de bendición de la torre de Jesús por el papa León XIVEmilio Morenatti / Ap-LaPresse“El tono en la cárcel me parece muy adecuado”, remarcaba ayer el capellán de otro centro penitenciario catalán, que por la noche estuvo presente en la basílica. Resaltó del Papa su capacidad de hablar al conjunto de la sociedad y de dirigirse a todos los públicos, también a las clases dirigentes, sin perder por ello la profundidad. Explicó que le sorprendió la respuesta y la acogida de su discurso en el Congreso –casi siete minutos de ovación– y opinó que aunque de momento parece que las palabras de León XIV han caído en saco roto –ayer se volvió a la trifulca–, puede que a la larga se vean los frutos. Sin duda, es más optimista que los políticos.Aunque la etapa política del viaje quedó atrás al cruzar el Ebro, en la homilía del Papa hubo una síntesis de su mensaje, con algunos matices. El discurso de la Iglesia es el mismo y cada papa pone su acento. Si del Congreso ningún político pudo salir completamente satisfecho, en la Sagrada Família, donde Pedro Sánchez acudió por primera vez a una ceremonia religiosa desde que es presidente del Gobierno, pasó lo mismo, ya que el Papa reiteró su mensaje: “No podemos creer en Jesús y promover la guerra. No podemos creer en Jesús y matar al inocente. No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria”.En la Santa Sede, las antenas captan los matices de cada coordenada casi en directo. El lápiz con el que se han escrito estos días los discursos es de trazo fino. Todos han sido calibrados al milímetro porque en el Vaticano son conscientes de que cada palabra tiene consecuencias. Por ello, se realizaron ajustes de última hora para no herir sensibilidades ni alimentar nuevas controversias.De hecho, algunos fragmentos de las ceremonias de estos días fueron modificados para incluir referencias más explícitas a Catalunya y suavizar el rechazo al aborto. En la Iglesia, resume una voz autorizada, hay dos formas de abordar este último asunto: unos hablan de la condena, otros de cómo acompañar y ayudar a las personas que han pasado por ahí. En esas aguas parece que nada el Papa; los tiempos en que la Iglesia encabezaba manifestaciones, los de Rouco Varela –presente estos días–, quedan atrás.Pese a ese cálculo de ingeniería, el Papa no ha perdido la espontaneidad que había mostrado en Madrid. Se vio en Montserrat... y en Sant Agustí, cuando respondía a las preguntas de un niño. Acabó hablando de fútbol: “Todo el mundo sabe que ahora juego al tenis. Jugaba al fútbol cuando era joven; el fútbol americano es un poco más violento. También jugaba con los seminaristas cuando estuve en Trujillo. Era defensa, por si quieren saberlo; no era un gran goleador”, contó entre risas. Y añadió un recuerdo personal: “Mi primera experiencia de un Mundial fue en Roma, en 1982, cuando se celebró aquí, en España. Después, en Perú, seguía mucho tanto a los equipos locales como el fútbol internacional, y también jugaba con los seminaristas”, detalló. Que el Papa pueda hablar castellano ayuda a la soltura y la improvisación. De la polémica por el catalán, diplomacia vaticana mediante, no hubo rastro.Redactor de La Vanguardia y colaborador de la revista cultural El Ciervo. Cubre la actualidad política catalana desde 2017
El Papa pasa 48 horas en Catalunya imbuido del espíritu de Gaudí y el misticismo de Montserrat
La diplomacia vaticana afina al milímetro; el Papa se va de Barcelona sin ruido y sin polémica










