El 11 de junio de 2026 arranca el Mundial organizado por Estados Unidos, México y Canadá en conjunto con la FIFA y millones de personas llegarán a nuestro país. Habrá dinero, cámaras, turistas de todos los continentes y una exposición internacional que el país no había tenido en décadas.Detrás de esta celebración deportiva se asoma una realidad que muchos prefieren ignorar: una alerta que especialistas, legisladores y organismos internacionales llevan tiempo señalando: el turismo sexual. En México, no es un fenómeno aislado ni una distorsión marginal del sector turístico. Es una forma de explotación que se alimenta de la impunidad, de la vulnerabilidad social, la debilidad institucional y de redes criminales que operan en algunos de los destinos más visitados del país. Frente a un megaevento como la Copa del Mundo, el riesgo no es hipotético: la experiencia internacional muestra que este tipo de concentraciones masivas suelen detonar mercados ilícitos ya existentes.Hablar de turismo sexual implica hablar de quiénes lo sostienen, cómo se organiza, quiénes son sus víctimas y por qué México llega al Mundial 2026 desde una posición especialmente delicada.¿Qué es el turismo sexual y por qué existe?La Organizaciòn Mundial de Turismo (OMT) en la Declaración del Congreso Mundial contra la Explotación Sexual Comercial de los Niños, junio de 1996, define al turismo sexual como una modalidad de explotación en la que una persona se desplaza —dentro o fuera de su país— con el propósito de sostener actividades sexuales en contextos donde percibe menor vigilancia, mayor impunidad o mayor vulnerabilidad social de las posibles víctimas a cambio de un remuneracion economica.Cuando eso involucra a personas menores de edad, el nombre cambia a: turismo sexual infantil. Y deja de ser una conducta moralmente cuestionable para convertirse en un crimen que viola los derechos humanos más fundamentales.Pero si queremos ir más a detalle, el turismo sexual no puede reducirse a la idea de “viajar para tener sexo”, porque esa definición minimiza un fenómeno mucho más profundo y estructurado. Sobre todo cuando hablamos de personas el situación de vulnerabilidad y más aún si las víctimas son niños.La pregunta de fondo es por qué existe y qué lleva a un agresor a cruzar una frontera para abusar de un menor. Estudios de organismos como ECPAT International, INTERPOL y el Departamento de Justicia de Estados Unidos han identificado diversos factores. Uno de los principales es la percepción de anonimato: al encontrarse fuera de su país, algunos ofensores consideran que tienen menos probabilidades de ser identificados, denunciados o castigados.Por otro lado, también se le suma la distorsión cultural: muchos ofensores se convencen de que en ciertos países las relaciones con menores son “más toleradas” o “menos estigmatizadas”, aunque esa idea sea falsa. También aparece una racionalización económica: creen que el dinero que entregan “ayuda” a la víctima o a su familia, como si el pago pudiera borrar la violencia y el daño.ECPAT International, una de las organizaciones que más tiempo lleva documentando este fenómeno, distingue dos perfiles frecuentes: el primero es el agresor vinculado a la pedofilia clínica, con una atracción específica hacia niños y niñas prepubescentes. El segundo es el que el Departamento de Justicia de Estados Unidos ha descrito como abusador transicional o situacional: alguien que no necesariamente se identifica como pedófilo, que puede tener trabajo, familia y una vida social aparentemente normal, pero que actúa cuando detecta oportunidad, anonimato y una baja probabilidad de castigo.Investigaciones de ECPAT International y autoridades especializadas han documentado que los ofensores vinculados al turismo sexual infantil suelen ser mayoritariamente hombres y no responden a un único perfil económico o profesional. Involucran a personas con capacidad para viajar internacionalmente, procedentes de distintas regiones del mundo, incluidos países de Europa Occidental y Estados Unidos. Viajan con dinero, con documentos en regla y con la convicción de que en ciertos destinos las normas no se aplican con la misma fuerza. El problema es que, durante demasiado tiempo, esa percepción ha encontrado condiciones reales para sostenerse.México, un lugar en la estadística que nadie querría ocuparDesde hace más de una década, organizaciones civiles, legisladores y especialistas han insistido en lo mismo. En 2012, la propia Cámara de Diputados asentó en un comunicado que México ocupaba el segundo lugar a nivel mundial en incidencia de turismo sexual infantil. Más de diez años después, las alertas no se han disipado de manera significativa.Entre enero de 2015 y febrero de 2025, el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública registró 2 mil 835 víctimas menores de edad en casos de trata de personas: 2 mil 119 mujeres y 716 hombres. La cifra, por sí sola, ya resulta alarmante, pero además representa únicamente la parte visible de un delito caracterizado por su enorme subregistro.La dimensión de la impunidad ayuda a entender el tamaño del problema. Menos del uno por ciento de los casos de abuso sexual infantil en México concluye en una sentencia condenatoria. Eso significa que la impunidad no es parcial ni excepcional: alcanza niveles cercanos al 99 por ciento.La organización Reinserta ha estimado que al menos 20 mil niñas, niños y adolescentes son víctimas de trata cada año en el país. Tres de cada diez víctimas de trata en México son menores de edad, y dentro de ese grupo, siete de cada diez son niñas y adolescentes mujeres. Los números no describen hechos aislados, sino una crisis persistente.Hay además otro dato que agrava el panorama. México concentra cerca del 60 por ciento de la producción de material de abuso sexual infantil en el continente americano. No se trata de una percepción ni de un problema de imagen internacional, sino de una realidad documentada por organizaciones y observatorios que han seguido la expansión de estos delitos en entornos físicos y digitales.En la Ciudad de México, el Consejo Ciudadano para la Seguridad y Justicia ha señalado que 62 por ciento de los casos clasificados como trata de personas corresponde a lo que antes se llamaba pornografía infantil y que hoy se denomina correctamente como material de abuso sexual infantil. El resto se distribuye entre prostitución forzada, explotación laboral y trabajo forzado.Mientras tanto, el número de visitantes que ingresan al país sigue creciendo. Tan solo en 2025 entraron a México 98.2 millones de visitantes extranjeros. En paralelo, la Organización Internacional para las Migraciones ha advertido que una proporción de ciertos desplazamientos internacionales puede estar vinculada al turismo sexual y que existe un porcentaje, pequeño pero alarmante, de viajeros con tendencias pedófilas o comportamientos de riesgo asociados con este fenómeno.
Turismo sexual en México: la alerta rumbo al Mundial 2026
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