El mayor burdel de Espa�a en tiempos de Felipe II estaba en Valencia. Hendrick Cock, un holand�s que sirvi� como arquero y cronista en su Guardia Real, lo describi� as�: �La puter�a p�blica, que tan com�n es en Espa�a, que muchos primero ir�n a ella que a la iglesia, entrando en una ciudad, no se ha de callar en este lugar. Es ella la mayor, seg�n los curiosos desta materia dicen, de toda Espa�a, y est� cercada en derredor con un muro, de suerte que paresce una villeta, ans� por la divisi�n de las calles como por la multitud de la gente que en ella hay. Dicen que hay no s� cu�ntas tabernas o bodegones y casas p�blicas de mujeres en �l�. De las valencianas dice que �aunque son las m�s reto�onas y lascivas de toda Espa�a, son amigas de polideza, y con su br�o tienen una cierta hermosura�.Hay m�s testimonios hist�ricos en relaci�n al Marina D'Or de la prostituci�n. A principios del siglo XVI, el chambel�n franc�s Antonio de Lalaing aport� algunos detalles adicionales. Por ejemplo, sobre su buena organizaci�n en materia de seguridad y sanidad. �Ante esa puerta se haya levantada una horca para aquellos que cometiesen alguna fechor�a en el interior. Y en dicho lugar hay tres o cuatro calles llenas de casitas [...] Dichas mozas ser�n en conjunto unas trescientas [...] Dos m�dicos, diputados y pagados por la ciudad, visitan una vez a la semana a las mozuelas�.En aquella manceb�a con dise�o urban�stico de aldea de Los Sims mandaban los reales de un tipo peculiar y un poco malaje. Era conocido como el rey Arlot. Hab�a creado un se�or�o independiente y se hab�a otorgado a s� mismo poderes absolutos sobre las personas que por all� pasaban y viv�an. Alquilaba las casas a celestinas y hostalers y se embolsaba una parte proporcional de sus ganancias. Tambi�n sacaba a concurso los puestos. Los reglamentos y controles en semejante feria de la carne crearon escuela: las dem�s del reino adaptaron sus normas.Han pasado cinco siglos, y sin embargo el inter�s por la prostituci�n sigue muy vivo y coleando. �Produce una mezcla de fascinaci�n y rechazo�, analiza el periodista y escritor Javier Rioyo. Acaba de publicar Burdeles, picaderos y lupanares. La historia secreta del deseo, el negocio y la doble moral (Almuzara), un acercamiento hist�rico a la profesi�n m�s vieja del mundo a trav�s de los lugares donde m�s se ejerci� dentro y fuera de nuestro pa�s y a las gentes que la practicaron.�Me acuerdo de cuando trabajaba en Gran V�a, en la Ser�, comenta el autor. �En las calles de detr�s, Ballesta y Desenga�o, hab�a todo tipo de chicas con todo tipo de clientes. Tengo tambi�n el recuerdo de un burdel famoso que era un hotel donde hab�a encuentros de mucha gente. Fascina porque no se trata de la historia oficial; es la historia no oficial, que siempre ejerce poder de atracci�n�.Para saber m�sRioyo ha fileteado con paciencia la prostituci�n a lo largo de los siglos. A veces centr�ndose en Madrid como n�cleo irradiador de vicios, que dir�a el otro; a veces, vagabundeando por territorios lejanos y �pocas remotas. �Los maridos romanos, incluso los m�s exquisitos poetas, eran frecuentadores del lupanar, gozadores de las meretrices. As�, la mujer que quisiera conservar la armon�a familiar, se ve�a impelida a imitar a la prostituta; incluso las m�s enamoradas asist�an al prost�bulo para aprender las refinadas artes del goce sensual�, se puede leer sobre las costumbres romanas en la Pen�nsula Ib�rica.�Te vas metiendo en la Historia. Al principio, te sorprenden cosas que podr�as saber superficialmente de los comportamientos de los poderosos�, cuenta Rioyo sobre su aproximaci�n al tema. �Sorprende la importancia hist�rica de la prostituci�n. Por ejemplo: los Reyes Cat�licos conced�an como gran premio en la Guerra de la Reconquista, la guerra de la expulsi�n del islam, una concesi�n de burdeles. A los mejores guerreros se les daba una licencia. Era un premio de honor. Luego el franquismo daba un estanco. En otra dimensi�n, se trataba de algo parecido�.Rioyo ha ido salseando cotilleos con las fuentes hist�ricas y le ha salido un manual del perfecto voyeur. Llama relaciones peligrosas a los escarceos de Isabel II cuando era infanta. �Entre tocamientos en el jard�n, Salustiano de Ol�zaga le hace leer en franc�s el muy atrevido libro de Pierre Choderlos de Laclos Las relaciones peligrosas. A la joven se le avivan los sentidos, se despierta el sexo y se convierte en un volc�n�, revela. �Pocas pueden presumir de una lista de amantes tan p�blicos; los nombra favoritos, los invita a La Granja o se deja invitar en los reservados del restaurante de moda en Madrid: el Lhardy. Les hace un hueco en palacio o se escapan a discretos palacios�.El autor reconoce su fascinaci�n por el uso que dan los poderosos al sexo. �La monarqu�a y sus alrededores han tenido esa doble historia de disimular y prohibir, de usar y abusar. En la portada del libro aparece Isabel II con Carlos Marfiori, el gobernador de Madrid. Blasco Ib��ez dec�a de la reina que era muy dada a tener amores extramatrimoniales. Los poderosos han dado premios por servicio de placer a sus validos, a sus cercanos�, detalla Rioyo.Para escribir este manual de la carne comprada, el periodista ha combinado dos clases de documentaci�n. Por un lado, la literaria. �Hay muchas referencias desde el Barroco hasta nuestros d�as que dan cuenta de la prostituci�n en nuestro pa�s. Desde el dramaturgo Leandro Fern�ndez de Morat�n hasta Camilo Jos� Cela�, apunta. Al mismo tiempo, ha hecho uso de fuentes hist�ricas acerca de los espacios de placer no ortodoxos, la gente de malvivir, los negocios, las ofertantes y sus clientes.La prostituci�n, a sus ojos, se presenta como un lugar colmado de sobreentendidos y tab�es en pa�os menores. �Tiene una leyenda oscura, negra. Siempre ha sido de lo que no se quer�a hablar tanto. De alguna manera es un asunto paralegal, medio prohibido, que hace sonrojar. Siempre ha sido un poco ese lugar situado en el lado no correcto de la historia. Yo he llegado hasta los a�os 60 del siglo pasado, coincidiendo con mi Primera Comuni�n. No quiero meterme en berenjenales de la actualidad. Cuando Espa�a era Hispania, la prostituci�n se ejerc�a en un lugar p�blico reconocido. Ten�a m�s o menos lujo, pero cumpl�a una funci�n social, m�s all� de que fuera perseguida por lo que tambi�n tiene de humillante�, reconoce el autor.Para varias generaciones de varones, las putas han formado parte del paisaje habitual. Es as� de crudo y de terrible. �Yo soy curioso desde que tengo uso de raz�n. Viv�a en Alcal� de Henares, donde hab�a un gran burdel. Fui a su barra con 15 o 16 a�os, pero nunca sub�. Me sorprendi� mucho. Algunos amigos se atrev�an a ir con se�oras muy mayores. Es un mundo prohibido. Despu�s, las bases americanas modernizaron Costa Fleming. Las chicas dedicadas a la prostituci�n se pon�an m�s modernas y hac�an una oferta diferente�.Rioyo se convirti� luego en reportero de guerras m�s a mano, de luchas cotidianas a la vuelta de la esquina. �Hice reportajes en c�rceles, manicomios, prost�bulos... De muchos de ellos tuvimos que salir escopeteados. Llegaba el chulo y te amenazaba seriamente, eh. Lo he vivido en primera persona, como cuando fui al Barrio Chino de Barcelona, donde hab�a muchos peligros�.Con su libro ha pretendido cambiar el relato de la infancia asomado a la ventana de la manceb�a por un repaso hist�rico repleto de fuegos artificiales. Los adjetivos y los sin�nimos estallan en medio de las fechas y los nombres con un punto org�smico. �Conozco a gente que ha tenido esto como rito de paso: iba a desvirgarse. Por suerte, nuestra generaci�n empez� a cambiarlo. Tuvimos libertad y no hac�a falta ir a un prost�bulo para vivir una sexualidad abierta. Por aqu� han pasado todos. Borges siempre dijo que ten�a una sexualidad complicada. El motivo es que su padre le llev� a un sitio con 18 a�os para que le desvirgaran. Se dio cuenta de que era la misma mujer con la que su padre se ve�a�, ataja.Burdeles, picaderos y lupanares. La historia secreta del deseo, el negocio y la doble moral no es un as�ptico libro de laboratorio, sino que su interior lleva el ajetreo de la calle y el vicio. �Creo que a Camilo Jos� Cela le habr�a divertido�, especula Rioyo. �El poeta �ngel Gonz�lez me contaba c�mo iba a la calle Ballesta, al burdel, y all� dentro estaba el compositor Manuel Alejandro tocando el piano. Era un burdel con piano y barra americana�.El mapa que esboza hasta los a�os 60 muestra algunos de esos vestigios. �Hay cosas que cuento sobre Chicote o Cock muy interesantes. Por ejemplo, Chicote ten�a un dec�logo de comportamiento de se�oritas prostitutas�. Y tambi�n un t�nel que lo conectaba con el Cock. Por ah� se burlaban los besos o los manoseos a las miradas del resto de clientes. �Cuando conoc� Chicote era el Chicote de se�oras ajadas. Cock es anterior. Es el primer bar ingl�s y el primer bar de Espa�a considerado como tal. Hab�a cafeter�as, parrillas de hoteles, tabernas, pero bares no. El primero es Cock y en 1929 abre Chicote�. Lo dicho: uno y otro local acabaron unidos por el cord�n umbilical del folleteo.De toda la historia radiografiada como una habitaci�n con bid� que atraviesa los siglos, Rioyo se queda con algunas contradicciones en relaci�n al estatus social. �Mi favorita es la que tiene lugar en la primera posguerra. Los bares elegantes y de se�oritos luego ten�an otros usos. Se hab�a instalado una moralidad muy r�gida, pero extraoficialmente eran otra cosa�.Dicen que la Casa de las siete chimeneas, situada en la plaza del Rey de Madrid (barrio de Chueca)y actual sede del Ministerio de Cultura, est� encantada. Pero es probable que unos cazafantasmas que acudieran a neutralizar ectoplasmas confundiesen los gemidos. �Era un enorme burdel. All� fichaban todos los poderosos de Madrid. Les gustaba el juego y el encuentro furtivo entre hombres y mujeres. La Historia nos sorprende: la vida de Alfonso XIII es pornograf�a pura y dura. Como los escritores del Romanticismo, que ten�an una doble vida�, recuerda Rioyo.El lector sale de su ensayo picant�n con un buen guantazo de realidad en la cara. �La Historia se repite, no hay quien la pare. Siempre habr� rufianes y explotadas, dobles morales, usos y abusos. El espacio y las maneras han cambiado mucho. Y, aun as�, acaban por repetirse. La fenicia, con la que empieza el libro, fue de las primeras civilizaciones que regulan la prostituci�n. Y los romanos la integran dentro de los servicios que ofrece la ciudad. Podemos darle mil vueltas, pero....�, concluye.