Al día siguiente de las elecciones de diputados locales en Coahuila platiqué con un operador priista y coincidimos en una paradoja: el PRI le había puesto a Morena la misma paliza que Morena le puso al PRI a nivel nacional hace dos años. Es decir, a nivel local los tricolores tenían la misma hegemonía que reclaman a los guindas.Esa paradoja encerraba una advertencia muy oportuna en un momento en que priistas se emocionaban con la posibilidad de que una ola así se repitiera el próximo año: esta elección tuvo rasgos muy particulares que no son representativos del país. Por lo mismo, Coahuila puede ser un cáliz envenenado para el PRI, y para Morena una maldición disfrazada.Hay que hacer un poco de historia. El carro completo en las elecciones locales del domingo no es nuevo, de hecho, es rutinario. Pasó en 2008 y 2014, y la última vez que ocurrió esta “elección huérfana”, en 2020, ya Morena estaba en el poder. El PRI ganó los 16 distritos locales, pero al año siguiente, en la elección federal de 2021 batalló para ganar diputaciones federales y alcaldías. En 2023, el gobernador Manolo Jiménez Salinas arrasó su elección y empujó un carro completo para la alianza PRI-PAN-PRD en el congreso local, pero al año siguiente Morena ganó las dos senadurías y cinco de ocho diputaciones locales.Los políticos a veces olvidan lo que los futbolistas repiten cada vez que quieren profesar humildad: ni victorias ni derrotas son eternas.¿Qué pasó en Coahuila? Hay mucho detrás del resultado que debe moderar los ánimos de triunfo o las protestas de fraude.Lo primero a destacar es un gobierno estatal bien evaluado en seguridad y economía. Eso le permitió a Jiménez Salinas y al PRI impulsar una narrativa que, simplificada, básicamente decía que el estado goza de una estabilidad que estaría amenazada si Morena toma control político, y Coahuila se volvería Sinaloa. Esta narrativa sacó a votar a miles de personas que normalmente no lo hacen en elecciones huérfanas, porque uno de los aspectos más interesantes fue un 51% de participación, algo sin precedentes.La vez anterior que se eligieron únicamente diputados locales en Coahuila, en 2020, votó el 39% del padrón. Fue lo que se llama también una elección de estructura, en donde la gran mayoría de los votantes son movilizados por los partidos. Esa estructura representa alrededor del 35% del padrón. Pero el resto de los votantes que antes no salía y ahora salió significa casi 300.000 personas que no necesitan ser movilizadas ni incentivadas con un programa social o la compra de sus votos.Esos 300.000 votantes pertenecen sobre todo a la clase media, votan en casillas donde en otras elecciones solitarias se recibían 200 votos y ahora se recibieron 600, y aunque hace una década en su mayoría votaban por el PAN, ahora lo hacen por el PRI para ponerle un freno a Morena.Porque esa es una de las principales lecciones que deja la votación de Coahuila: muestra cómo se ha fraguado en el país una diversidad de bipartidismos regionales entre Morena y una fuerza opositora dominante. En Coahuila es el PRI, pero en Chihuahua o Guanajuato es el PAN, o Movimiento Ciudadano en Jalisco. Esto significa que, si la oposición se fractura, aplicará el voto útil que vuelve irrelevantes a los otros partidos. Así le pasó al PAN, hasta hace unos años la segunda fuerza de Coahuila, y que ahora no tendrá diputados locales por primera vez en medio siglo.Es también una advertencia para el PRI, porque aun cuando su dirigencia presume que un resultado como el del domingo es producto de buenos gobiernos, el de Coahuila es el último que les queda (en Durango el gobernador es priista, pero el PAN y Morena tienen los dos principales municipios). El PRI tendrá que darse cuenta de que Coahuila es el único estado donde todavía son capaces de una operación electoral como la del 7 de junio y que esta no es replicable fácilmente.Para Morena, Coahuila también es un foco rojo sobre los peligros de la soberbia. Operadores locales atribuyen gran parte de la derrota a que desde el centro se les buscó imponer una estrategia electoral que no respondía a dinámicas locales. La “operación” que se autoasignó Andrés López Beltrán, el hijo del expresidente López Obrador, fue un fracaso, apelando más a la “mística” del partido que a un programa concreto. Por eso, morenistas locales no han comprado las denuncias de fraude que hace su dirigencia nacional. Ellos saben lo que pasó realmente.Los problemas de Morena en Coahuila son variados. Uno es que, ante la ausencia de liderazgos fuertes, no hay unidad y que las fracturas se buscaron arreglar repartiendo candidaturas a distintos grupos, pero sin hacer frente común. Otro es que no podían ofrecer una alternativa válida o un discurso eficaz a la narrativa del PRI sobre la estabilidad y seguridad del Estado.Pero quizá el principal problema es uno que no pueden permitir que se replique a nivel nacional: la incapacidad para que el aparato del gobierno federal apalanque una estrategia electoral. En Coahuila, el PRI maneja una serie de programas sociales para hacer frente a los federales y ha sabido aprovechar la operación territorial. Morena no ha sido capaz de hacerlo en Coahuila de la manera en que lo ha logrado en otras partes del país, como el Estado de México.Incluso candidatos que han operado programas sociales tuvieron una votación bajísima. En Torreón, Fernando Hernández, sacó 21% de los votos, aun cuando fue operador de programas del Bienestar el sexenio pasado y su esposa, la hoy diputada federal Cintia Cuevas, era la coordinadora en zona de La Laguna. En Saltillo, otro candidato, Alberto Hurtado, del grupo político de Américo Villarreal (el hijo del gobernador de Tamaulipas del mismo nombre) y delegado del Bienestar en Coahuila, sacó 28% de los votos.El PRI tendrá que concluir pronto su festejo para ver qué lecciones puede sacar de Coahuila, y por qué los rasgos tan particulares de la elección del domingo no anticipan el 2027. Morena tendrá que abandonar sus denuncias de fraude, inverosímiles ante lo desbalanceado de la votación, y cómo las causas de la derrota pueden amenazarlos a nivel nacional. Todos podrán sacar lecciones.
Lecciones de Coahuila
Para el PRI, la victoria en Coahuila puede ser un cáliz envenenado, y para Morena la derrota puede ser una maldición disfrazada











