Madonna no lo sabe. Pero está haciendo un homenaje a nuestra Leticia Sabater. La intérprete del Leti-Rap, Mi vecina favorita, La salchipapa o Mr Policeman es la artista que más bolos de bar, discoteca y verbena popular realiza en España. Y no solo canta, se fotografía con el mundo entero. Porque sabe lo que quiere el público de ella: reencontrarse con la presentadora infantil con la que creció y reírse de su reconversión al burlesque más tremendo.El bufoneo ha sido la forma de Leticia para mantenerse en un oficio complicado. Leyó la necesidad de una audiencia que demanda memes de carne y hueso en sus fiestas de guardar. Y se los da, vamos que si se los da, con propuestas musicales repletas de alegorías dialécticas que no siempre distinguen sensual con sórdido.Pero quién nos iba a decir que, con paso de los años, la iconografía de Madonna se iba a terminar pareciendo a la estética de Leticia Sabater. Y no al revés. Su vestimenta. Sus botas altas. Su rosa chicle. Las coreografías de la reina del pop y la diva del ‘okey, makey’ empiezan a tocarse. La primera, representa la modernidad liberada de las opresiones del qué dirán. Es defendida por lo que ha sido y eternamente será. La segunda, la chica que conocimos en programas infantiles donde nos llamaba "tronquis" mientras coreaba coletillas random "¡A mediodía, alegría! ¡Con mucha, marcha! ". Desde entonces, no ha dejado de conquistar la conversación social.Porque Leticia siempre fue una comunicadora que no se parecía demasiado a otras comunicadoras. No cumplía el canon perfecto. Quería ser sexy, pero le salía regular. Quería ser cantante, pero le salía regular. Quería ser actriz, pero le salía regular. Quería ser una estrella. Y conquistó el firmamento del imaginario colectivo. En España, igual que Madonna. Aunque, en su caso, porque era terrenalmente como nosotros. Nosotros, que queríamos ser sexis y nunca nos quedaba la ropa como en el póster de Superpop. Nosotros, que queríamos ser populares y éramos incapaces de saltar el potro del colegio. Leticia éramos todos. No le salía nada del todo bien, pero lo intentaba. Siempre lo intentaba. Lo sigue intentando. Es su éxito. Es su triunfo. Es su libertad conquistada. Y la de Madonna: conseguir que gasten mucha energía en ellas hasta aquellos que creen que se están riendo de ti. Pobres ingenuos.
Madonna y Leticia Sabater: el arte que empieza a tocarse
Dos ídolos desde los ochenta. Cada una en su estilo.














